Capítulo 1 - La acusación frente a todos

—¡Nadie salga de esta casa!
La voz de Vivienne Ashcroft atravesó el salón principal de la mansión Hawthorne y consiguió que el cuarteto de cuerda dejara de tocar.
Más de cien invitados se volvieron hacia ella.
Vivienne permanecía bajo una lámpara de cristal, vestida con un ajustado traje negro. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño perfecto y los diamantes de sus pendientes brillaban bajo las luces.
A pocos metros, Emma Collins, una joven empleada doméstica de veintisiete años, sostenía una bandeja vacía.
—Mi collar ha desaparecido —anunció Vivienne—. La Lágrima de Windsor vale más de ocho millones de dólares.
El silencio cayó sobre la sala.
La gala tenía como objetivo recaudar fondos para la Fundación Hawthorne, una organización dirigida por Sebastian Hawthorne, el empresario estadounidense dueño de la mansión.
Emma conocía a la mayoría de los invitados por sus fotografías en revistas financieras. Ejecutivos, jueces, políticos y herederos de antiguas familias de Boston la observaban como si ya hubiera sido declarada culpable.
Vivienne señaló hacia ella.
—Fue la última persona que entró en mi dormitorio.
Emma dejó la bandeja sobre una mesa.
—Entré para dejar las flores que usted pidió. No toqué ninguna joya.
—Por supuesto que dirías eso.
Vivienne llamó con un gesto a dos guardias de seguridad.
—Revisad sus cosas.
—No tienen derecho —respondió Emma.
Vivienne sonrió con frialdad.
—Una mujer inocente no tendría nada que esconder.
La encargada del servicio, Margaret Doyle, trató de intervenir.
—Señora Ashcroft, quizá deberíamos esperar al señor Hawthorne.
—Sebastian está atendiendo a los donantes. No necesitamos molestarlo por un asunto tan evidente.
Uno de los guardias tomó el bolso marrón de Emma, que se encontraba junto a la entrada del personal.
Lo colocó en el centro del salón.
Emma sintió un nudo en el estómago.
Había dejado el bolso dentro del vestuario desde el comienzo de su turno. Cualquiera con acceso al pasillo de servicio podía haberlo tocado.
El guardia abrió la cremallera.
Primero sacó una cartera, unas llaves y un libro.
Después introdujo la mano hasta el fondo.
Cuando volvió a levantarla, sostenía un estuche de terciopelo negro.
Vivienne abrió los ojos como si estuviera sorprendida.
—Ábrelo.
El guardia obedeció.
En el interior había un collar de diamantes con una enorme piedra en forma de lágrima.
Varios invitados comenzaron a murmurar.
Emma sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Eso no estaba en mi bolso.
—Todos lo hemos visto —dijo Vivienne—. ¿Todavía piensas negar que eres una ladrona?
—Alguien lo puso ahí.
Vivienne soltó una risa breve.
—¿Quién arriesgaría una joya de ocho millones para acusar a una criada?
Emma miró los rostros que la rodeaban.
Nadie defendió su palabra.
Para ellos, la historia ya tenía sentido. Una joven empleada había visto una oportunidad y había intentado robar una fortuna.
La puerta principal se abrió.
Sebastian Hawthorne entró acompañado por el jefe de seguridad.
Tenía treinta y nueve años, cabello negro, ojos grises y un traje azul oscuro. Su expresión cambió al ver el bolso abierto y el collar en manos del guardia.
—¿Qué está ocurriendo?
Vivienne caminó hacia él.
—Encontramos mi collar en el bolso de Emma.
Sebastian observó a la joven.
—¿Es cierto?
—Lo encontraron allí —respondió Emma—. Pero yo no lo robé.
Vivienne cruzó los brazos.
—¿A quién vas a creer, Sebastian?
Antes de que él contestara, Emma levantó la mirada hacia una pequeña cámara situada sobre el arco del salón.
Una luz roja parpadeaba.
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—No tiene que creerme a mí —dijo—. Solo tiene que revisar las grabaciones.
La sonrisa de Vivienne desapareció.