Capítulo 3 - La cláusula de Richard Hart

A las ocho de la mañana siguiente, Isabella pidió a Claire que llamara a David Rosen, el abogado que había administrado el patrimonio de Richard Hart.
David llegó a la casa antes del mediodía.
Era un hombre delgado, de sesenta años, con gafas de montura oscura y la costumbre de llevar siempre una carpeta de cuero pegada al pecho como si dentro guardara secretos capaces de incendiar familias enteras.
Ese día, probablemente era cierto.
—No esperaba que me llamaras después de… —miró la silla— después de todo lo ocurrido.
Isabella no tuvo paciencia para delicadezas.
—¿Mi padre dejó alguna instrucción que yo no conozca?
David se quedó quieto.
Demasiado quieto.
—¿Quién te dijo eso?
—Una enfermera que fue despedida después de mi accidente.
David cerró la puerta del estudio.
Claire se sentó cerca.
—Necesito toda la verdad —dijo Isabella.
David dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Tu padre estaba investigando a Cole Strategic Partners antes de morir.
El nombre de la empresa pertenecía a Victoria.
Isabella sintió una presión en el pecho.
—¿Por qué?
—Porque Hart Biomedical estaba considerando una alianza con ellos. Richard descubrió que varias empresas de la cartera de Victoria tenían contratos inflados con hospitales y centros de rehabilitación.
—¿Fraude?
—Posible fraude. Empresas fantasma. Pagos a médicos. Consultorías inexistentes.
Isabella miró la ventana.
Ethan había conocido a su familia poco después de la muerte de Richard.
O eso le había dicho.
—¿Mi padre conocía a Ethan?
David tardó en responder.
—Lo había visto dos veces.
Isabella se giró bruscamente.
—Ethan me dijo que nunca lo conoció.
—Mintió.
La palabra cayó pesada.
David abrió la carpeta.
—Richard desconfiaba de los Cole. Por eso modificó tu fideicomiso seis meses antes de morir.
Sacó varias hojas.
—Tú heredaste el cuarenta y ocho por ciento de Hart Biomedical. El resto está distribuido entre empleados, inversores y una fundación. Pero hay una cláusula especial sobre representación de voto.
—¿Qué cláusula?
—Si sufres una incapacidad médica certificada durante más de doce meses, tu cónyuge legal puede solicitar representación temporal sobre tus acciones.
Isabella sintió náuseas.
—Yo iba a casarme con Ethan hoy.
—Sí.
Claire se inclinó hacia delante.
—¿Eso significa que, después de la boda, Ethan podía controlar casi la mitad de la empresa?
—No automáticamente —dijo David—. Necesitaba una certificación adicional de incapacidad.
Isabella pensó en el doctor Cross.
Pagado por la familia Cole.
Pensó en Ethan diciendo durante meses que ella no debía presionarse, que era mejor aceptar su “nueva realidad”, que quizás jamás volvería a caminar.
—Ya estaban preparando esa certificación —susurró.
David no lo negó.
Sacó otro documento.
—Hace dos semanas, Cross envió una evaluación preliminar a un tribunal patrimonial. Decía que presentabas limitaciones neurológicas permanentes y episodios de confusión por trauma.
—¿Confusión?
—También recomendaba que, una vez casada, algunas decisiones financieras fueran supervisadas por tu esposo.
Claire maldijo en voz baja.
Isabella sintió que las piezas encajaban de una manera monstruosa.
El accidente.
El tratamiento retrasado.
La rehabilitación limitada.
La boda.
La certificación.
—No querían matarme —dijo lentamente.
David la miró.
—No al principio.
Isabella levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
David tomó aire.
—Tu padre dejó una segunda cláusula.
Abrió un sobre sellado que llevaba el nombre de Isabella.
—Si mueres antes de cumplir treinta y dos años sin hijos, tus acciones no pasan a tu esposo. Van a la Fundación Hart.
Isabella sintió un frío distinto.
—Entonces mi muerte no les servía.
—Exactamente. Necesitaban que vivieras, pero vulnerable. Casada. Dependiente. Legalmente incapaz de controlar completamente tus votos.
Claire apretó los puños.
—Eso es enfermizo.
—Es estratégico —dijo Isabella.
Y esa palabra le dio más miedo.
Porque la crueldad impulsiva podía cometer errores.
La estrategia esperaba.
David entregó el sobre.
Dentro había una carta escrita por Richard Hart.
Isabella reconoció la letra inmediatamente.
“Isa,
Si estás leyendo esto porque alguien ha intentado usar tu vulnerabilidad para controlar lo que construimos, quiero que recuerdes una cosa: una empresa se puede perder. Tu libertad no.”
Isabella tuvo que detenerse.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
Continuó.
“Hay una copia de mi investigación fuera de la empresa. No está en mi despacho ni en mis archivos legales. Está donde te enseñé por primera vez que perder el equilibrio no significa caer.”
Isabella frunció el ceño.
Claire preguntó:
—¿Sabes qué significa?
Isabella cerró los ojos.
Tenía once años.
Su padre había intentado enseñarle a patinar sobre hielo en un pequeño lago de Vermont.
Ella cayó siete veces.
Cada vez Richard se reía y le decía que el equilibrio no consistía en no tambalearse, sino en aprender a recuperarlo.
—La casa del lago —dijo.
David asintió.
—Richard compró una cabaña allí con una sociedad privada. Nadie en Hart Biomedical sabe que existe.
—¿Nadie?
—Yo y tu padre.
Isabella miró la carta.
—Entonces tenemos que ir.
David levantó una mano.
—No tan rápido. Si Victoria sabe que esta investigación existe, es posible que también esté buscando la ubicación.
El teléfono de Claire vibró.
Miró la pantalla y palideció.
—Isabella.
—¿Qué?
Claire le mostró una alerta de noticias.
“FAMILIA COLE AFIRMA QUE ISABELLA HART SUFRIÓ UNA CRISIS EMOCIONAL DURANTE LA BODA.”
Debajo había una declaración de Victoria.
“Ethan continúa profundamente preocupado por el estado psicológico de Isabella y espera que reciba la ayuda que necesita.”
Isabella leyó dos veces.
Después sonrió.
No era una sonrisa alegre.
Era la sonrisa de alguien que acababa de comprender el siguiente movimiento del enemigo.
—Ya empezaron.
David frunció el ceño.
—¿Qué?
—Si no pueden controlar mis acciones mediante matrimonio, intentarán hacerlo mediante incapacidad.
Claire miró la silla.
Isabella negó con la cabeza.
—No hablo de mis piernas.
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Señaló el titular.
—Van a intentar demostrar que estoy loca.