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Capítulo 11 - El tío que vendió a su hermano

Thomas Hart fue arrestado en un aeropuerto de Panamá seis días después.

Utilizaba un pasaporte falso y llevaba un reloj de Richard Hart en la muñeca.

Cuando Isabella vio la fotografía de la detención, aquello fue lo que más le dolió.

No los millones.

No la fuga.

El reloj.

Su padre se lo había regalado a Thomas cuando este cumplió cuarenta años.

En la parte posterior estaba grabado:

“Hermanos antes que negocios.”

La ironía era casi insoportable.

Thomas aceptó extradición rápida esperando negociar.

La fiscalía no le ofreció inmunidad total.

Sí le permitió una declaración formal.

Isabella decidió escuchar desde otra sala.

Thomas comenzó culpando a Victoria.

Luego a Cross.

Después a la presión financiera.

Finalmente, cuando la fiscal le mostró los registros bancarios, dejó de fingir.

—Richard siempre fue el elegido —dijo.

La fiscal preguntó:

—¿Elegido por quién?

—Por todos. Nuestro padre. Los inversores. Los empleados. Yo era el hermano que arreglaba números mientras Richard daba discursos.

Isabella cerró los ojos.

Celos.

Después de todo el dinero, los contratos y los asesinatos, parte de aquello se reducía a algo tan pequeño y humano como sentirse menos importante.

Thomas continuó.

—Cuando Victoria me ofreció participación en sus empresas, pensé que por fin tendría algo propio.

—Robando a Hart Biomedical.

—Recuperando lo que me correspondía.

La fiscal colocó una fotografía de Richard sobre la mesa.

—¿También te correspondía su vida?

Thomas bajó la mirada.

—Yo no quería matarlo.

—Entraste a su despacho y cambiaste su medicación.

—Victoria dijo que solo tendría una arritmia. Que lo hospitalizarían. Que se retiraría.

Isabella sintió rabia.

Otra vez la misma mentira.

“Solo asustarla.”

“Solo retrasarlo.”

“Solo una arritmia.”

Personas cobardes intentando reducir sus decisiones después de que el daño ya estaba hecho.

La fiscal preguntó por Isabella.

Thomas tardó más en responder.

—No sabía que el accidente sería tan grave.

—Pero conocías el plan.

—Sabía que querían detenerla antes de la votación.

—¿Por qué no advertiste a tu sobrina?

Thomas se quedó callado.

Isabella se levantó de su silla en la sala contigua.

Necesitaba caminar.

Claire intentó ayudarla.

—Puedo sola.

Dio varios pasos por el pasillo.

Dolía.

Pero necesitaba sentir el suelo.

Cuando Thomas terminó, pidió hablar con Isabella.

Ella aceptó solo porque quería cerrar una pregunta.

Entró con su bastón.

Thomas la miró y empezó a llorar.

—Isa.

—No me llames así.

Él asintió.

—Lo siento.

—¿Por cuál parte?

Thomas no respondió.

—¿Por matar a mi padre? ¿Por ayudar a organizar mi accidente? ¿Por dejar que un médico limitara mi recuperación? ¿Por intentar robar la empresa mientras yo aprendía a mover las piernas otra vez?

—Nunca quise que terminara así.

Isabella lo miró fijamente.

—Eso es lo que todos dicen cuando las consecuencias llegan.

Thomas lloró.

—Tu padre iba a denunciarme.

—Debió hacerlo.

—Habría ido a prisión.

—Ahora irás por algo peor.

Thomas levantó los ojos.

—Él me humillaba.

Isabella sintió una claridad casi dolorosa.

—No. Tú te sentías pequeño a su lado. Y en vez de crecer, decidiste reducirlo.

Thomas bajó la cabeza.

Ella se dio la vuelta.

—Espera.

Isabella se detuvo.

—Victoria tiene otra copia de los archivos.

—La policía ya encontró sus discos.

—No hablo de eso. Hablo de una lista.

—¿Qué lista?

Thomas tragó saliva.

—Personas que pagaron por favores médicos. Jueces, empresarios, políticos. Cross no trabajaba solo para nosotros.

Isabella lo miró.

—¿Dónde?

—Victoria la llamó “Libro Blanco”.

—¿Dónde está?

—No lo sé. Solo sé que dijo que era su seguro si alguna vez todo se derrumbaba.

La fiscalía registró propiedades, oficinas y almacenes.

No encontraron el Libro Blanco.

Pero durante una revisión de los objetos incautados a Victoria, Isabella vio algo familiar.

Una caja de zapatos.

Dentro había recuerdos de la boda que nunca ocurrió.

Invitaciones.

Muestras de tela.

El segundo zapato blanco de Isabella.

El par del que Mateo había llevado al altar.

Isabella lo sostuvo.

Era imposible que Victoria lo tuviera si, como decía, nunca había estado cerca del coche después del accidente.

En la suela había una pequeña mancha marrón.

Evelyn la envió al laboratorio.

No era barro.

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Era sangre seca.

Y no pertenecía a Isabella.

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