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Chapter 2 - La mujer que debía estar muerta

Mara no durmió aquella noche.

Adrian tampoco.

A las cuatro de la madrugada, The Monarch parecía una catedral vacía. La lluvia había disminuido hasta convertirse en un murmullo contra las ventanas. Mara seguía en el despacho, envuelta en la manta, mirando una taza de té que ya estaba fría.

Adrian entró con dos fotografías impresas.

No se las puso delante inmediatamente.

—Voy a enseñarte algo —dijo—. Si quieres que pare, me lo dices.

Mara levantó los ojos.

—¿Siempre pides permiso para todo?

—Cuando alguien lleva horas esperando que la obliguen a hacer algo, sí.

Ella no respondió.

Adrian dejó la primera fotografía sobre la mesa.

Nolan Kelleher aparecía junto al Bentley.

Mara perdió el color.

—No.

—¿Lo conoces?

—No.

—Mara.

—He dicho que no.

Intentó levantarse demasiado rápido. El dolor en las costillas la obligó a sentarse de nuevo.

Adrian no la tocó.

—El coche pertenece a una empresa suya.

—Entonces ya lo sabes. ¿Para qué preguntas?

—Porque saber quién estaba allí no me dice por qué estabas allí tú.

Mara cerró los ojos.

Durante casi un minuto no dijo nada.

Después habló.

—Trabajo en Kelleher Holdings.

—¿En qué área?

—Cumplimiento financiero.

Adrian arqueó una ceja.

—Eso suena peligroso si tu jefe es Nolan.

—Lo descubrí tarde.

Mara explicó que había entrado en la empresa dos años antes. Era contable forense. Su trabajo consistía en revisar adquisiciones, detectar conflictos de interés y comprobar que los fondos de inversión no se mezclaran con dinero de proyectos públicos.

Al principio, Nolan la había tratado como a una protegida.

Le dio acceso.

La recomendó para ascensos.

Le dijo que la empresa necesitaba personas “incapaces de mirar hacia otro lado”.

—Supongo que pensó que era una frase bonita —dijo Mara—. Hasta que hice exactamente eso.

Seis meses atrás encontró pagos extraños asociados a proyectos de vivienda pública. Empresas contratistas cobraban por edificios que nunca se rehabilitaban. Familias eran desalojadas. Las propiedades se revendían después mediante sociedades vinculadas a Kelleher.

Luego encontró sobornos.

Pagos a un juez.

Transferencias a una consultora propiedad del hermano de un comisario.

Dinero enviado a una empresa de investigación privada que aparecía cerca de varios denunciantes que más tarde retiraban sus testimonios.

—¿Copiaste los archivos? —preguntó Adrian.

Mara lo miró.

—No soy tan estúpida.

—No he dicho que lo seas.

—Sí los copié.

Adrian casi sonrió.

—Entonces eres exactamente tan imprudente como esperaba.

Ella ignoró el comentario.

Guardó los documentos en un servidor externo protegido por una contraseña que Nolan desconocía. Quería acudir a un regulador federal.

No llegó a hacerlo.

Una noche, al salir del trabajo, dos hombres la esperaban en el aparcamiento.

No la secuestraron de una manera que pareciera un secuestro.

Le mostraron una fotografía de su hermana menor, Leah, saliendo del hospital donde trabajaba.

Después le pidieron que subiera al coche.

Mara obedeció.

Adrian sintió la ira subir con lentitud.

—¿Cuánto tiempo te retuvieron?

—Diecinueve días.

La voz de Mara se volvió más baja.

La mantuvieron en un apartamento propiedad de Kelleher Holdings. No estaba encadenada. Las puertas simplemente no se abrían desde dentro. Le quitaban el teléfono. Le llevaban comida. Nolan aparecía una vez al día.

Al principio fue amable.

Después dejó de serlo.

Quería la contraseña del archivo.

Mara se negó.

Cada hematoma de su cuerpo correspondía a una conversación diferente.

Adrian apretó la mandíbula.

—¿Y esta noche?

Mara tragó saliva.

Nolan le dijo que habían encontrado el servidor, pero no podían descifrarlo. Le dio una última oportunidad.

Cuando ella volvió a negarse, uno de sus hombres la golpeó.

Cayó contra una mesa.

Perdió el conocimiento.

Cuando despertó, escuchó a Nolan hablando con otro hombre.

—¿Qué dijo?

Mara tardó en responder.

—Que me llevaran al río.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Y?

—El hombre que debía hacerlo recibió una llamada. Salió del coche. Yo estaba en el asiento trasero, medio consciente. Conseguí abrir la puerta contraria y corrí.

—¿Por qué acabaste frente a The Monarch?

Mara soltó una risa sin alegría.

—No sabía dónde estaba. Solo vi luces.

Adrian entendió entonces la parte que faltaba.

Nolan no había abandonado a Mara voluntariamente.

Su hombre había perdido a una mujer herida que debía desaparecer.

—Entonces no cree que estés muerta —dijo.

Mara levantó los ojos.

—No todavía.

Dominic entró sin llamar.

—Tenemos movimiento.

—¿Dónde?

—Tres vehículos de Kelleher Security están recorriendo las calles de alrededor.

Mara se puso rígida.

—Tengo que irme.

Adrian la miró.

—¿A dónde?

—A cualquier sitio que no sea aquí.

—Eso es exactamente lo que esperan.

—No quiero convertir tu club en una guerra.

Adrian se apoyó en el escritorio.

—Nolan y yo ya tenemos una guerra. Solo que hasta ahora ninguno había decidido empezar a disparar.

Mara frunció el ceño.

—¿Qué te hizo?

Por primera vez, Adrian no contestó.

Ella lo observó.

—Así que esto no es por mí.

—No exclusivamente.

—Entonces soy útil.

—Eres una persona herida a la que intentaron matar.

—Y una testigo.

—También.

Mara se levantó despacio.

—No quiero deberte nada.

La frase hizo que Adrian la mirara de una manera distinta.

—Bien.

—¿Bien?

—La gente que ayuda esperando obediencia a cambio no está ayudando. Está comprando.

Mara pareció no saber qué hacer con esa respuesta.

Adrian continuó:

—Puedes marcharte cuando quieras. Pero si sales ahora, probablemente te encuentren antes de que llegues a la esquina.

Dominic dejó una bolsa sobre la mesa.

Dentro había ropa seca, un teléfono nuevo y documentos temporales.

—Tenemos una casa segura —dijo—. Nadie de Kelleher conoce la dirección.

Mara miró el teléfono.

—Necesito llamar a mi hermana.

—Primero comprobaremos si su línea está vigilada —respondió Dominic.

Mara se volvió hacia Adrian.

—Si le hacen algo a Leah…

—No dejaré que ocurra.

Ella se enfadó de inmediato.

—No prometas cosas que no puedes controlar.

Adrian aceptó el reproche.

—Tienes razón.

Hizo una pausa.

—Diré algo que sí puedo controlar: voy a poner gente vigilándola y voy a decirte la verdad si algo cambia.

Mara asintió lentamente.

Era la primera vez que aceptaba una promesa suya.

Dominic recibió otro mensaje.

—Adrian.

—¿Qué?

—Acaban de encontrar un coche abandonado cerca del río.

Mara dejó de respirar.

—¿Qué coche?

Dominic miró la pantalla.

—Un sedán propiedad de Kelleher Security. Hay sangre en el asiento trasero.

Adrian comprendió el movimiento.

Nolan estaba construyendo una historia.

Una mujer desaparecida.

Sangre.

Un coche cerca del río.

Sin cuerpo.

Mara susurró:

—Va a decir que escapé de él y me suicidé.

Adrian negó.

—No.

—¿Entonces?

—Va a decir que nunca te tuvo.

Y, como si Nolan hubiera esperado exactamente ese momento, el teléfono de Dominic mostró una alerta de noticias.

Kelleher Holdings acababa de emitir un comunicado.

**La empresa expresa profunda preocupación por la desaparición de nuestra empleada Mara Ellison, quien abandonó su puesto tras mostrar señales de grave inestabilidad emocional. Cooperaremos plenamente con las autoridades.**

Mara leyó el texto una vez.

Luego otra.

Sus manos dejaron de temblar.

Eso preocupó más a Adrian que las lágrimas.

—Me está borrando antes de que encuentren mi cuerpo —dijo.

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Adrian la miró.

—Entonces tendremos que asegurarnos de que el mundo te vea antes de que él termine la historia.

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