Capítulo 7: La confesión de Grant y Vanessa

Mientras los agentes federales ejecutaban las órdenes de arresto en el vestíbulo de la planta baja, Grant y Vanessa fueron conducidos a una sala de entrevistas temporal habilitada en el mismo edificio corporativo, bajo la supervisión de los abogados de la firma Vance & Sterling.
Vanessa estaba pálida, con el maquillaje corrido por las lágrimas de frustración, mientras que Grant temblaba visiblemente en su asiento, mirando las esposas sobre la mesa de metal.
La puerta se abrió y entré acompañado por dos agentes federales y mi abogado. Me senté frente a ellos, cruzando los brazos sobre la mesa.
—Esto es una locura, Adrian —sollozó Vanessa, intentando recuperar un ápice de su habitual arrogancia—. Somos tu familia. ¿Vas a dejarnos arruinar la vida por un par de contratos mal manejados?
—No son contratos mal manejados, Vanessa. Es fraude fiscal agravado, blanqueo de capitales y conspiración para la falsificación de documentos legales —respondió Victor Vance con voz monótona—. La fiscalía federal ya tiene las pruebas suficientes para solicitar condenas de hasta diez años para cada uno. A menos que decidan colaborar.
Grant se encogió en la silla, mirando a su hermana con recelo.
—Fue idea suya... —murmuró de repente, apuntando a Vanessa con un dedo tembloroso—. Ella dijo que mamá nos protegería si lográbamos demostrar que Adrian estaba mentalmente incapacitado. El plan del poder notarial falso lo diseñó ella junto con un abogado corrupto de Century City.
Vanessa se giró hacia él con furia asesina.
—¡Tú firmaste los recibos falsos en Las Vegas, idiota! ¡Estabas robando para pagar tus deudas de juego!
—Basta —dije, levantando la mano. El silencio volvió a reinar en la habitación—. No me interesan sus reproches mutuos. Lo único que quiero saber es cuánto sabía mamá de las condiciones en las que vivía Leah en nuestra propia casa.
Vanessa soltó una amarga risa entre lágrimas.
—¿Mamá? Ella fue la que sugirió quitarle el teléfono y cambiar las cerraduras. Decía que una mujer embarazada y aislada no tendría fuerzas para investigar nada. Nos convenció de que estabas tan ocupado en Singapur que jamás notarías la diferencia.
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Me puse de pie lentamente, sintiendo que el último lazo emocional que me unía a mi familia se había roto para siempre.
—Se acabó el juego. Que los fiscales decidan su destino.