Capítulo 2: La sala de urgencias y la sombra de la traición

El trayecto hasta el Hospital Memorial de Los Ángeles duró quince minutos que parecieron una eternidad. Conducía con una mano mientras sostenía la mano fría de Leah con la otra. Su respiración era superficial, interrumpida por pequeños gemidos de dolor que encendían todas mis alarmas. El monitor del coche marcaba las once de la noche, pero para mí el tiempo se había detenido en el instante exacto en que vi el vino rojo empapando el uniforme de mi esposa. En la guantera llevaba el diamante que había comprado en Singapur, una joya pensada para celebrar la vida que esperábamos, no para atestiguar la miseria a la que la habían someter en mi propia casa.
Al llegar a urgencias, el personal médico actuó con rapidez al ver mi expresión y el estado de Leah. Los camilleros la rodearon de inmediato, trasladándola al área de obstetricia de alta complejidad. Me quedé varado detrás de las puertas batientes del pasillo estéril, sintiendo el peso abrumador de la culpa. ¿Cómo había sido tan ciego? Durante años, creí que mi deber principal era proveer un imperio financiero, ignorando que el verdadero hogar se estaba pudriendo desde los cimientos. Mi madre había convertido mi mansión en una fortaleza de humillación, y yo había financiado cada ladrillo de esa prisión.
—¿Señor Mercer? —Una doctora de canas discretas y mirada firme salió de las puertas dobles—. Es usted el esposo, ¿verdad?
—Sí. ¿Cómo está Leah? ¿Y el bebé?
—Ha sufrido una contracción prematura severa provocada por un nivel extremo de estrés físico y emocional, además de fatiga crónica. Su presión arterial está por las nubes. Logramos estabilizarla con medicación intravenosa, pero las próximas cuarent8 horas serán críticas. Cualquier sobresalto adicional podría desencadenar un parto prematuro a las veintiséis semanas. No puedo enfatizar lo peligroso que es esto.
—¿Puedo verla?
—Solo unos minutos. Está dormida bajo los efectos de un sedante suave. Necesita descanso absoluto, cero visitas externas y, sobre todo, un entorno libre de tensiones.
Entré en la habitación en penumbra. El pitido rítmico del monitor cardíaco era el único sonido que rompía el silencio. Me acerqué a la cama y tomé su mano. Sus nudillos seguían marcados por las ampollas y el enrojecimiento del jabón y la lejía. En ese momento juré que nadie, absolutamente nadie, volvería a tocarla ni a mirarla con desprecio.
La puerta se abrió con un leve chirrido. No era una enfermera.
Celia Mercer cruzó el umbral con paso firme, oliendo a perfume caro y con el rostro contraído por una furia contenida. Tras ella venía Grant, ajustándose los puños de la camisa.
—Esto es un escándalo innecesario, Adrian —dijo mi madre en un tono de voz gélido, asegurándose de no despertar a Leah—. Estás arruinando años de trabajo familiar por un capricho histérico de una mujer que no sabe adaptarse a nuestra posición social.
Me puse de pie lentamente, sintiendo que la sangre me hirviera en las sienes. Di dos pasos hacia ella, recordándole por qué los inversores temían mis negociaciones.
—Sal de esta habitación. Ahora —mi voz salió en un susurro tan peligroso que Grant retrocedió medio paso.
—Soy su suegra y la fundadora moral de este imperio —replicó Celia, levantando la barbilla con soberbia—. Tienes una junta directiva en ocho horas. Si la prensa descubre que mi nieta nace en medio de un drama doméstico impulsado por una mujer inestable, las acciones de Mercer House caerán en picada. El poder notarial que firmaste nos otorga la custodia temporal de los bienes y decisiones familiares en caso de ausencia prolongada o crisis. No puedes echarnos.
—Ese documento es una falsificación, mamá —dije con una calma helada—. Y la división de delitos económicos de la policía ya tiene copia de los movimientos financieros que Leah descubrió esta noche.
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Celia parpadeó por primera vez. Su fachada de gran matrona tembló durante medio segundo antes de recuperar la compostura.
—Estás delirando por el jet lag. Mañana firmarás una disculpa pública o te arrepentirás de haber nacido.