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Jaque Mate a la Dinastía / Chapter 9 / 15

Capítulo 9: La Sombra del Hermano

El ambiente en el Reclusorio Norte era una mezcla sofocante de desesperación, sudor y el penetrante olor a desinfectante industrial. Valeria odiaba ese lugar con cada fibra de su ser. Cada vez que cruzaba los pesados controles de seguridad de metal, sentía que un pedazo de su alma se marchitaba. Iba vestida de manera irreconocible: unos jeans gastados, una chaqueta holgada de color gris, lentes oscuros y una gorra de béisbol hundida sobre sus ojos. Había utilizado su segundo nombre y los contactos del abogado para saltarse las filas y conseguir una visita privada.

Se sentó en una silla de plástico duro en un pequeño locutorio con una pared de cristal manchado en medio. Minutos después, la puerta del otro lado se abrió con un chasquido metálico, y un guardia empujó hacia adentro a un hombre vestido con el uniforme beige del penal.

Mateo había perdido peso. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras moradas, y su postura, antes erguida y arrogante, ahora estaba encorvada por el peso de la supervivencia diaria en el infierno. Al ver a su hermana, forzó una media sonrisa. Tomó el auricular colgado en la pared. Valeria hizo lo mismo, sus manos temblando ligeramente.

—Te ves... bien, Val. Aunque esa gorra es espantosa —dijo Mateo a través de la estática del auricular, intentando aligerar el ambiente.

Valeria sintió un nudo en la garganta. Mateo era su única sangre. Cuando sus padres murieron en el accidente de tráfico, él había dejado la universidad para trabajar de sol a sol y criarla. La ambición por darle a ella la vida que sus padres no pudieron fue lo que lo llevó a aceptar los sobornos, a manipular los libros contables de Industrias Navarro. Su crimen fue imperdonable, pero en la mente de Valeria, el motivo estaba manchado por el amor fraterno. Por eso nunca lo abandonó, incluso cuando él mismo se lo rogó para no arruinarle el futuro.

—No estoy aquí para hablar de moda, Mateo —respondió Valeria en un susurro áspero, mirando furtivamente hacia la puerta por la que había entrado—. Te transferí el dinero ayer. El abogado me aseguró que el pago llegó a los guardias de tu pabellón. ¿Te han dejado en paz?

Mateo suspiró, frotándose la nuca tatuada.

—Sí. Los cobradores se alejaron. Me dejaron el brazo izquierdo casi roto la semana pasada, pero el dinero los calmó. Val, no puedes seguir haciendo esto. Tu esposo... los Montenegro son gente poderosa. Si se enteran de que estás vaciando sus cuentas para pagarle a extorsionadores en la cárcel, te van a destruir. Especialmente esa bruja de tu suegra.

—De Elena no tienes que preocuparte. Me encargué de ella. Está exiliada en el campo —dijo Valeria, aunque las palabras sonaron huecas. Una extraña paranoia se había instalado en su pecho desde hacía días. Sentía que alguien la observaba en las calles, en los restaurantes.

—Valeria, Alejandro no es estúpido. Si rastrea el dinero...

—Alejandro confía en mí —lo interrumpió ella, apretando los dientes, tratando de convencerse a sí misma tanto como a su hermano—. Tengo un fondo personal, Mateo. Estoy usando mis ahorros y una pequeña parte de la cuenta conjunta, es todo. En unos meses tendrás la audiencia para la libertad condicional. Solo aguanta un poco más. Te sacaré de aquí, te lo prometo. Pero tienes que mantener un perfil bajo. No te metas en peleas.

La alarma sonó estridentemente, indicando el fin de los quince minutos de visita. Mateo apoyó la mano contra el cristal sucio. Valeria hizo lo mismo del otro lado, sintiendo el frío del vidrio separándolos.

—Ten cuidado, hermanita. Los fantasmas siempre encuentran la manera de salir de sus tumbas —advirtió él antes de que el guardia lo jalara por el hombro.

Valeria salió de la prisión sintiendo náuseas. Mientras caminaba hacia su coche, estacionado a un par de calles de distancia, no se dio cuenta del destello del flash de una cámara oculta desde una camioneta estacionada enfrente.

A la mañana siguiente, el imperio Montenegro tembló desde sus cimientos.

Alejandro estaba en la junta directiva, en el piso 50 del edificio corporativo, discutiendo la adquisición de una cadena de hoteles de lujo. El aire acondicionado estaba a temperatura perfecta, y el proyector mostraba gráficas de crecimiento prometedoras. De repente, la puerta de la sala de juntas se abrió de golpe. Era su asistente, pálida como un fantasma, sosteniendo una tableta electrónica contra su pecho.

—Señor Montenegro... discúlpeme por interrumpir, pero... es urgente. Necesita ver esto ahora mismo —dijo la asistente, con la voz temblorosa.

Alejandro frunció el ceño, deteniendo la presentación. Se disculpó con la junta y salió al pasillo. Su asistente le tendió la tableta. La pantalla mostraba la portada digital de la revista de escándalos financieros y sociales más leída del país.

El titular, en letras mayúsculas de color rojo brillante, gritaba: "LA REINA DE LAS MENTIRAS: LA ESPOSA DE ALEJANDRO MONTENEGRO FINANCIA A ESTAFADORES CORPORATIVOS DESDE LA PRISIÓN".

Debajo del titular, una foto nítida de Valeria saliendo del Reclusorio Norte el día anterior, con la gorra y las gafas oscuras, pero inconfundiblemente ella. Y a su lado, un fotomontaje de Mateo con el uniforme de preso, junto con el logotipo de Industrias Navarro y los detalles de su condena por fraude millonario. El artículo, firmado por un autor anónimo, detallaba fechas, montos aproximados de transferencias y acusaba a Valeria de haberse infiltrado en la familia Montenegro para lavar los pecados de su hermano criminal utilizando la fortuna de su esposo.

Alejandro sintió que el piso de mármol del pasillo desaparecía. Un zumbido sordo llenó sus oídos. Sus ojos recorrieron las palabras una y otra vez, su mente rechazando la información, luchando contra la abrumadora evidencia. Las visitas a la cárcel. Las excusas de Valeria sobre tardes de "compras solitarias". Los retiros de efectivo inexplicables que su contador había mencionado de pasada el mes anterior y que él había ignorado por ceguera.

Entró a su despacho privado y cerró la puerta con llave. La ira, una furia volcánica y destructiva, comenzó a bullir en su sangre. Tomó su teléfono y marcó el número de Valeria. Ella no contestó; probablemente aún estaba durmiendo.

En ese preciso instante, la pantalla de su teléfono se iluminó con una llamada entrante. Era el número de la casa de Valle de Bravo. Era su madre.

Alejandro dudó un segundo, pero finalmente contestó, llevándose el aparato a la oreja.

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—Dime que es mentira, Alejandro —dijo Doña Elena al otro lado de la línea. Su voz no sonaba triunfante ni vengativa; sonaba rota, compasiva, exactamente como sonaría una madre preocupada por el dolor de su hijo—. Dime que la prensa está mintiendo y que esa mujer no te ha estado usando para alimentar a una familia de criminales. Dime que no te casaste con el enemigo, hijo mío.

El silencio de Alejandro fue la única respuesta que Elena necesitó. Y desde la fría soledad de las montañas, la matriarca sonrió en las sombras. La guerra no había hecho más que empezar.

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