Capítulo 5: La Reina Cae

Valeria se acercó al centro del salón, donde la inmensa pantalla de proyección colgaba en blanco, esperando mostrar el logo de la fundación benéfica. Elena, al verla sola, no pudo resistir la oportunidad de dar el golpe de gracia. Se acercó a Valeria con pasos firmes, seguida de cerca por la siempre servil Sofía.
—Espero que estés disfrutando tu última gala, Valeria —dijo Elena, con el rostro contorsionado por el odio, perdiendo por completo la compostura que mantenía frente a los invitados—. Porque te aseguro que mañana mismo estarás empacando tus maletas de vuelta al agujero de donde saliste.
Valeria la miró fijamente, con una calma que desquició aún más a la mujer mayor.
—Tú no eres nadie en esta familia —escupió Elena, alzando la mano y apuntándola con el dedo índice, a escasos centímetros del rostro de Valeria.
En un movimiento rápido, fluido y cargado de toda la humillación contenida de los últimos meses, Valeria levantó la mano y cruzó el rostro de Elena con una bofetada resonante. El sonido del golpe ecoó en las paredes de mármol.
—¡Cállate! —gritó Valeria, con voz de trueno.
El impacto fue tan fuerte e inesperado que Doña Elena trastabilló hacia atrás, perdiendo el equilibrio en sus tacones altos, y cayó de rodillas sobre el suelo pulido. Sofía soltó un grito ahogado y corrió hacia su madre, arrodillándose a su lado, temblando de pánico.
Valeria no se movió. Sacó su teléfono rojo, con la pantalla brillando en la penumbra del salón. Conectó la transmisión.
—Veamos quién es la verdadera ladrona —dijo Valeria en voz alta, su voz resonando con una autoridad gélida.
A sus espaldas, la gran pantalla cobró vida. El video en blanco y negro inundó el salón con su luz fantasmagórica. Ahí estaba Elena, nítida como el cristal, abriendo su bolso, metiendo las perlas de la abuela Victoria y mirando asustada a los lados.
Elena levantó la vista desde el suelo, y el terror absoluto se apoderó de sus facciones. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver su propio crimen proyectado a gran escala.
—¡No! —gritó Elena, con la voz quebrada, aferrándose al brazo de Sofía—. ¡Es mentira!
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Valeria guardó el teléfono, inclinó ligeramente la cabeza y le dedicó a la matriarca caída una sonrisa perfecta y afilada como un cuchillo.
—Jaque mate.