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Capítulo 8 - Dos mujeres entre la vida y la muerte

Cuando Isabelle llegó al hospital, Camille ya estaba en el quirófano de maternidad.

Sarah había decidido practicar una cesárea. El ritmo cardíaco del bebé se estaba volviendo inestable y esperar más habría puesto en peligro la vida de ambos.

Gabriel permanecía en el pasillo, dividido entre la puerta detrás de la cual su hija luchaba por dar vida y la camilla sobre la que regresaba la mujer a quien había llorado durante dieciocho años.

Isabelle miró la luz roja situada sobre la sala de operaciones.

—¿Es mi hija?

Gabriel asintió.

—Sabe que estás viva.

—¿Me ha visto?

—Solo en la fotografía.

Isabelle pidió levantarse, pero el médico se opuso. Su cuerpo mostraba las consecuencias de largos años de encierro, tratamientos forzados y desnutrición.

Gabriel empujó personalmente su camilla hasta una habitación cercana al quirófano.

—Tengo que hablar con ella antes de la intervención —insistió Isabelle.

Sarah permitió una breve videollamada.

Camille apareció en la pantalla con un gorro quirúrgico. Tenía miedo, pero su mirada cambió cuando vio a su madre.

—¿Mamá?

Isabelle se llevó los dedos a los labios.

—Mi pequeño sol.

Así la llamaba cuando era niña.

Camille rompió a llorar.

—Creía que estabas muerta.

—Lo sé. Perdóname por no haber encontrado antes el camino de regreso.

—No fue culpa tuya.

Una enfermera anunció que debían comenzar.

Isabelle miró directamente a los ojos de su hija.

—Escúchame. No estás sola. Sobreviviste a su silencio. Ahora deja que tu hijo escuche tu corazón.

Camille respiró profundamente.

—Voy a presentártelo.

La pantalla se apagó.

La operación duró cuarenta y siete minutos.

Cuando Sarah salió, se quitó la mascarilla y sonrió.

—El bebé ha nacido. Es pequeño, pero respira con ayuda. Camille está estable.

Gabriel cerró los ojos, aliviado.

Isabelle lloró en silencio.

Léo fue trasladado a la unidad neonatal. Unas horas después, permitieron que Camille viera a su madre en persona.

Gabriel se mantuvo apartado.

Isabelle se acercó a la cama. Camille extendió la mano y le tocó el rostro, como si quisiera comprobar que no era una imagen.

Ninguna de las dos encontró palabras de inmediato.

Entonces Camille se acurrucó contra ella.

Dieciocho años de preguntas, soledad y duelo no desaparecieron. Pero, por primera vez, ambas estaban en la misma habitación para empezar a responderlas.

Al día siguiente, Isabelle relató lo ocurrido después de la inyección de N-47.

Victor la había llevado a una clínica secreta. Exigía que revelara el lugar donde estaba escondido el registro. Isabelle se había negado.

Cada vez que él creía que estaba a punto de ceder, ella le proporcionaba una pista falsa. Gracias a eso había permanecido con vida.

—¿Por qué no te mató sin más? —preguntó Camille.

—Porque el registro completo solo puede abrirse con mi voz, mi huella y la frase asociada a la melodía de tu caja.

Camille recordó las palabras que Isabelle cantaba cuando ella tenía miedo.

—«Aunque la noche borre los caminos, las siete estrellas guardan nuestros nombres».

Isabelle sonrió.

—Esa es la clave.

La abogada Caron llevó la placa de cobre. Isabelle colocó el dedo sobre el lector y repitió la frase.

Un compartimento diminuto se abrió en la placa. En su interior había un chip de datos.

Los archivos eran mucho más comprometedores de lo previsto: vídeos de reuniones, contratos firmados, cuentas en paraísos fiscales y listas de responsables. Renaud Valois aparecía en el centro de todo el sistema.

Las pruebas también indicaban que el ataque en el Líbano, durante el cual Victor supuestamente había salvado a Gabriel, había sido organizado por la red.

—Necesitaba ganarse tu confianza —explicó Isabelle—. Valois sabía que algún día podrías controlar ciertas investigaciones militares. Victor se convirtió en tu salvador para poder decidir lo que veías.

Gabriel revivió la explosión, el vehículo en llamas y a Victor sacándolo de entre los restos.

Incluso aquel recuerdo había sido fabricado.

Léa recomendó enviar de inmediato copias a varios jueces y periódicos extranjeros.

—Si lo guardamos todo en Francia, Valois aún puede intervenir.

Isabelle aceptó.

Pocos minutos después de la transmisión, todas las cadenas de noticias anunciaron una rueda de prensa urgente de Renaud Valois.

El senador apareció delante de las banderas de la República.

—Nuestra nación se enfrenta a un intento de desestabilización dirigido por el general Gabriel Delcourt y su familia —declaró—. Se han utilizado documentos falsificados para malversar fondos y acusar a servidores del Estado.

En las pantallas aparecieron extractos bancarios falsos a nombre de Gabriel.

Valois anunció que acababa de abrirse una investigación por traición y blanqueo de capitales.

La policía militar llegó al hospital menos de una hora después.

Presentaron una orden de arresto contra Gabriel.

El general miró a Camille, a Isabelle y al pequeño Léo detrás del cristal de neonatología.

Extendió las manos con calma.

—No se resista —le dijo a Léa—. Es exactamente lo que espera Valois.

Le pusieron las esposas.

Cuando estaba a punto de abandonar el pasillo, Isabelle lo llamó.

—Gabriel.

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Él se volvió.

—Esta vez sabemos que estás vivo —dijo ella—. Y sabemos adónde te llevan.

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