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Capítulo 3 - El testamento de la madre

La casa de Isabelle Delcourt se encontraba en Fontainebleau, detrás de un muro de piedra cubierto de hiedra.

Había pertenecido a su familia durante tres generaciones. Tras su muerte, Gabriel nunca tuvo fuerzas para venderla. Camille acudía algunas veces, pero nadie vivía allí de forma permanente.

A la mañana siguiente, Gabriel se dirigió allí con Léa Fontaine y la notaria Élodie Caron, responsable de la Fundación Aurore.

Camille permaneció en el hospital bajo protección policial.

Antes de partir, entregó a su padre la pequeña llave escondida en su pulsera.

—El despacho de mamá está en el primer piso —explicó—. La caja se encuentra detrás del cajón inferior.

La casa estaba fría. Unas sábanas blancas cubrían los muebles y una fina capa de polvo se había depositado sobre el piano de Isabelle.

Gabriel se detuvo ante una fotografía de su esposa sosteniendo a Camille cuando tenía cinco años.

Isabelle había muerto a los cuarenta y dos años después de una infección fulminante. Todo había sucedido en tres días. Gabriel participaba entonces en una misión en África y no pudo regresar antes del funeral.

Victor Lemaire se había ocupado de todos los trámites.

En aquella época, Gabriel le estuvo agradecido.

Ahora, aquel recuerdo lo inquietaba.

En el despacho encontraron la caja metálica descrita por Camille. La llave abrió la cerradura.

Dentro había facturas, extractos bancarios y una memoria USB. Élodie examinó los documentos.

—Estos pagos proceden de la Fundación Aurore —dijo—. Se presentaron como reformas de centros médicos.

Léa señaló varias empresas.

—¿Existen?

—Solo sobre el papel. Miren las direcciones. Tres están registradas en el mismo edificio de Luxemburgo.

Gabriel encontró las iniciales V.L. al pie de una autorización.

—Victor Lemaire.

—No es una firma completa —precisó Léa—. Tendremos que demostrar el vínculo.

Élodie abrió otro sobre.

Contenía una copia del testamento de Isabelle y un documento complementario que no aparecía en los archivos oficiales.

—Nunca había visto este anexo —dijo.

El texto establecía que, tras el nacimiento del primer hijo de Camille, el patrimonio de la fundación se dividiría en dos partes. Camille conservaría el control de las obras benéficas, mientras que el bebé sería beneficiario de un fondo privado de veinte millones de euros.

Si Camille quedaba incapacitada o moría, el tutor legal del niño controlaría temporalmente ambas estructuras.

Gabriel lo comprendió de inmediato.

—Si declaran incapaz a Camille y Julien obtiene la custodia de Léo, controlará todo.

—Exactamente —respondió Élodie.

La última página llevaba una nota manuscrita de Isabelle.

Gabriel, si lees esto, nunca confíes la fundación a Victor. Me pidió que autorizara contratos que no comprendo. Dice actuar en tu nombre, pero ya no creo una sola palabra de lo que dice.

Gabriel tuvo que sentarse.

Isabelle desconfiaba de Victor antes de morir.

Y nadie le había mostrado aquella carta.

Conectaron la memoria USB a un ordenador aislado. Contenía fotografías tomadas por Camille en el despacho de Julien y una grabación de audio.

La voz de Béatrice era reconocible.

—Cuando nazca el niño, activaremos el informe psiquiátrico. Camille permanecerá hospitalizada el tiempo necesario.

Julien respondía:

—¿Y si Gabriel interviene?

Una tercera voz habló.

—El general permanecerá retenido en Bruselas hasta que termine el procedimiento.

Gabriel conocía aquella voz.

Victor.

La grabación continuó.

—Después de transferir el fondo —prosiguió Victor—, recibirán su parte. Pero ningún escándalo debe alcanzar al ministerio.

Élodie miró a Gabriel.

—¿Su misión en Bruselas debía durar seis semanas?

—No. Al principio eran tres. Victor transmitió dos prolongaciones afirmando que procedían del Estado Mayor.

Léa copió los archivos.

—Tenemos una conspiración, pero todavía no una prueba de que Victor organizara las agresiones.

Un cristal se rompió en la planta baja.

Léa sacó su arma.

Gabriel apagó el ordenador. Unos pasos rápidos cruzaron el salón.

La puerta del despacho se abrió de golpe. Entró un hombre enmascarado que sostenía un bidón de gasolina.

Léa le ordenó soltarlo. El hombre arrojó el recipiente al suelo e intentó huir. Gabriel lo alcanzó en el pasillo. Se resistió, pero Léa lo inmovilizó contra la pared y le puso las esposas.

Llevaba una tarjeta de acceso de la empresa de seguridad contratada por Julien.

Un olor a humo subió desde la planta baja.

Un segundo intruso había prendido fuego a la biblioteca.

Gabriel, Léa y Élodie bajaron. Las cortinas ya ardían. Utilizaron extintores para contener las llamas hasta la llegada de los bomberos.

Parte de los archivos quedó destruida, pero la caja de Isabelle y la memoria USB seguían intactas.

El teléfono del detenido contenía un mensaje recibido veinte minutos antes.

Destruyan la casa. No debe quedar ningún documento. Orden de V.

Gabriel regresó al hospital a última hora de la tarde.

Camille dormía. Sarah le informó de que las contracciones habían disminuido.

—Ella y el bebé están estables.

Gabriel se sentó junto a la cama. Cuando Camille despertó, le contó lo que habían encontrado, pero no mencionó el incendio.

—Mamá lo sabía —murmuró.

—Intentó advertirme.

—¿Por qué la carta no estaba en el expediente oficial?

—Alguien la retiró.

Camille miró hacia la ventana.

—Papá, creo que su muerte no fue natural.

Gabriel no respondió.

Pensaba lo mismo.

Una enfermera entró con un ramo de lirios blancos.

—Lo acaban de entregar para la señora Beaumont.

No había ninguna tarjeta visible. Gabriel buscó entre las flores y encontró un pequeño papel doblado.

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Solo contenía una frase:

Isabelle hizo las mismas preguntas. Mira lo que le ocurrió.

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