peak

Capítulo 6 - La cita de medianoche

La ambulancia que transportaba a Camille abandonó el hotel escoltada por la policía.

En el hospital Percy, Sarah Morel confirmó que el parto había comenzado demasiado pronto. Las contracciones eran regulares, pero el cuello uterino aún no se había dilatado lo suficiente para que el nacimiento resultara inevitable.

—Podemos intentar ganar tiempo —explicó—. Cada hora adicional cuenta para el bebé.

Camille recibió un tratamiento destinado a frenar las contracciones. Gabriel permaneció a su lado hasta que su respiración volvió a tranquilizarse.

Todavía no le había hablado de la fotografía de Isabelle.

—Papá, ¿qué había dentro del paquete?

Gabriel vaciló.

—Una amenaza de Victor.

—Enséñamela.

—Tienes que descansar.

—Durante meses, todo el mundo ha decidido lo que yo podía soportar. No vuelvas a hacerlo.

La frase lo detuvo.

Gabriel sacó la fotografía y la dejó delante de ella.

Camille contempló el rostro envejecido de su madre. Solo tenía once años la última vez que la había visto. Sin embargo, a pesar de las canas y las arrugas, la reconoció de inmediato.

Sus dedos temblaron cuando tocó la imagen.

—De verdad está viva.

—Leclerc afirma que sobrevivió a la inyección.

—Y Victor la ha mantenido prisionera durante dieciocho años.

—Vamos a encontrarla.

Camille dio la vuelta a la fotografía y leyó las instrucciones.

—Pide el registro.

—Un registro que todavía no hemos encontrado.

Camille fijó la mirada en el techo.

—Mamá me dio algo la víspera de su desaparición.

Gabriel se inclinó hacia ella.

—¿Qué?

—Una caja de música. Tenía la forma de un cielo estrellado. Me dijo que, si alguien intentaba quitármela, debía contar las siete estrellas y recordar la canción.

Gabriel recordó el objeto. Una pequeña caja azul noche había estado en la habitación de Camille en Fontainebleau. Después de la muerte de Isabelle, Victor había aconsejado guardar todos sus efectos personales para no traumatizar a la niña.

—Es probable que la caja siga en la casa.

Léa Fontaine envió un equipo. Una hora más tarde, los investigadores encontraron la caja dentro de un baúl en el desván que el incendio no había alcanzado.

Siete estrellas metálicas decoraban la tapa. Cuando las presionaron en el orden indicado por las primeras notas de la melodía, se abrió un doble fondo.

Contenía un rollo de microfilm y una pequeña placa de cobre grabada.

La abogada Caron consiguió proyectar el microfilm.

Cientos de líneas aparecieron en la pantalla: nombres de oficiales, empresas de defensa, cantidades, fechas y números de cuenta. Algunos contratos se remontaban a más de veinticinco años.

—Aquí está el registro —dijo Léa.

Gabriel buscó el nombre de Victor. Aparecía varias veces, pero siempre como intermediario.

Otro código se repetía en la cabecera de todas las operaciones.

R.V.

—Renaud Valois —murmuró Gabriel.

El general Renaud Valois había sido jefe del Estado Mayor antes de entrar en el Senado. Él había presentado a Victor y Gabriel al principio de sus carreras. Su reputación se apoyaba en tres décadas de discursos sobre la integridad y el servicio a la nación.

Léa fotografió cada página.

—Entregaremos copias a varios magistrados. Aunque Victor destruya el original, la información sobrevivirá.

La placa de cobre llevaba una serie de símbolos y una zona destinada a una huella dactilar.

—El registro está cifrado —observó la abogada Caron—. El microfilm solo muestra las transacciones. Las pruebas completas deben encontrarse en otro soporte.

Camille observó la placa.

—Mamá siempre decía: «Una verdad sin testigos todavía puede ser enterrada».

—Quizá sea la frase de activación —dijo Gabriel.

A las once de la noche, la policía terminó de analizar la fotografía de Isabelle. El periódico que sostenía era de aquella misma mañana. En la pared se veía una antigua placa eléctrica utilizada en un centro médico militar abandonado de Montfaucon.

La dirección escrita por Victor correspondía a ese establecimiento.

—Sabe que identificaremos el lugar —dijo Léa—. Es una trampa.

—Puede que Isabelle esté realmente allí.

—O que ya la hayan trasladado.

Gabriel colocó la placa de cobre y el microfilm dentro de un maletín. Los documentos auténticos permanecieron en el laboratorio. El maletín también llevaba un rastreador y una baliza sonora.

—Victor ha exigido que vaya solo.

—Entrará solo —respondió Léa—, pero estaremos cerca.

Poco antes de medianoche, Gabriel llegó al antiguo centro de Montfaucon. El edificio se alzaba en medio de un terreno invadido por la maleza. Varias ventanas estaban tapiadas.

La puerta principal se abrió automáticamente.

Una voz salió de un altavoz.

—Deja el arma, Gabriel.

—Enséñame a Isabelle.

—Primero el maletín.

Gabriel dejó la pistola en el suelo y entró. Los tubos fluorescentes se encendieron uno tras otro a lo largo de un pasillo.

Al fondo había una sala de observación separada por un cristal.

Isabelle estaba sentada al otro lado.

Llevaba la misma camisa que en la fotografía. Tenía las muñecas atadas a los brazos de una silla.

Gabriel se acercó al cristal.

—Isabelle.

Ella levantó lentamente la cabeza.

Sus miradas se encontraron.

No había lugar para la duda.

Era ella.

Sus labios pronunciaron en silencio el nombre de Gabriel.

—¡Libérala! —gritó él.

Victor apareció en una pantalla fijada a la pared. No se encontraba en el edificio.

—Mete el registro en el compartimento.

Se abrió una pequeña trampilla.

—Primero quiero hablar con ella.

—Tienes treinta segundos.

Se activó un micrófono.

—Isabelle, ¿me oyes?

Ella asintió.

—Gabriel, no se lo entregues...

El sonido se cortó.

Victor continuó:

—El registro.

Gabriel colocó el maletín en el compartimento. Un mecanismo se lo llevó detrás de la pared.

Las ataduras de Isabelle se soltaron.

Se levantó con dificultad y caminó hacia una puerta lateral. Gabriel corrió por el pasillo para reunirse con ella.

De pronto, todas las luces se apagaron.

Un humo blanco invadió el edificio.

Léa dio la orden de intervenir. Los policías derribaron las puertas traseras, pero un sistema de seguridad había bloqueado varias secciones.

Gabriel se cubrió el rostro y siguió avanzando.

Cuando llegó a la sala, estaba vacía.

La silla de Isabelle había desaparecido bajo el suelo mediante una plataforma mecánica.

Victor había preparado una segunda extracción.

Los policías registraron el sótano. Encontraron un túnel conectado con una carretera forestal. Un vehículo había salido del lugar menos de cinco minutos antes.

Gabriel golpeó la pared, frustrado.

Léa puso una mano sobre su hombro.

—Estaba viva. Ahora estamos seguros.

En el suelo, junto a la silla, Isabelle había dejado caer un botón de su camisa. Dentro había introducido un diminuto trozo de papel enrollado.

Gabriel lo desplegó.

May you like

La escritura era débil, pero reconocible.

Busca bajo Saint-Michel, donde los muertos aún tienen expedientes.

Related Stories

Other posts