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Capítulo 1 - El regreso que nadie esperaba

El general Gabriel Delcourt no había avisado a nadie de su regreso.

Después de pasar seis semanas en Bruselas supervisando una misión de cooperación militar, había conseguido cuarenta y ocho horas de permiso. Su avión aterrizó en París poco antes del mediodía y, en lugar de dirigirse a su residencia oficial, pidió al conductor que lo llevara directamente a casa de su hija.

Camille estaba embarazada de siete meses.

Durante su última conversación, ella había intentado sonreír, pero Gabriel notó la palidez de sus mejillas y las sombras bajo sus ojos. Su marido, Julien Beaumont, apareció detrás de ella antes de que pudiera decir algo más.

—Solo está cansada —había explicado—. El médico le ordenó descansar.

Desde entonces, Camille casi nunca respondía. Los mensajes solían proceder de Julien o de su madre, Béatrice Beaumont, que se había instalado en el apartamento para «ayudar durante el embarazo».

Por eso Gabriel decidió sorprenderlos.

Todavía llevaba el uniforme de gala cuando salió del ascensor en el decimoséptimo piso. En una mano sostenía una pequeña bolsa con una manta blanca bordada con el nombre que Camille había elegido para su bebé: Léo.

Llamó al timbre.

Nadie respondió.

Gabriel esperó y después golpeó con más fuerza.

Oyó un ruido ahogado detrás de la puerta. Unos segundos más tarde, Julien abrió. Llevaba una camisa oscura y parecía haber corrido hasta la entrada.

—¿Gabriel? ¿Qué hace aquí?

—Buenos días para ti también.

El joven intentó sonreír.

—Debería habernos avisado.

—Normalmente, ese es el propósito de una sorpresa.

Gabriel intentó entrar, pero Julien permaneció frente a la puerta.

—Camille está durmiendo.

—Es mediodía.

—Ha pasado una mala noche.

Gabriel miró por encima de su hombro. El apartamento estaba sumido en un silencio extraño. Las cortinas permanecían cerradas y ninguna luz iluminaba el pasillo.

—Solo voy a saludarla.

—No es un buen momento.

Su tono había cambiado.

Gabriel dejó lentamente la bolsa en el suelo.

—Apártate.

—El médico ha prohibido las visitas.

—Soy su padre, no una visita.

Julien vaciló. Gabriel no levantó la voz. Después de treinta y cinco años en el ejército, sabía que una orden pronunciada con calma podía ser más eficaz que un grito.

El joven acabó retrocediendo.

Gabriel entró.

En el aire flotaba un olor a medicamento. Sobre la mesa del salón había varios vasos a medio llenar, una caja de comprimidos y algunos documentos colocados boca abajo.

—¿Dónde está?

—En el dormitorio.

Gabriel cruzó el pasillo. Julien lo siguió de cerca.

—Le he dicho que necesita descansar.

Gabriel abrió la puerta.

Camille yacía en la cama, cubierta hasta el pecho por una manta azul. Una bandeja con sopa fría y un vaso de agua descansaba en la mesita. Tenía el rostro mojado por las lágrimas.

Cuando vio a su padre, abrió mucho los ojos.

—¿Papá?

Gabriel se acercó.

—Soy yo, cariño.

Ella intentó incorporarse, pero un dolor repentino la obligó a caer de nuevo sobre la almohada.

—No te muevas.

Él se sentó a su lado y le tomó la mano. Su piel estaba helada.

—¿Por qué no me dijiste que estabas tan enferma?

Camille miró a Julien, que estaba detrás de su padre.

—Yo…

—Tuvo contracciones prematuras —intervino Julien—. El doctor Leclerc le prescribió reposo absoluto.

Gabriel observó unas marcas rojas alrededor de la muñeca de su hija.

—¿Cómo te hiciste eso?

Camille se bajó la manga del jersey.

—Me caí.

—Se desmayó en el baño —añadió Julien.

Gabriel levantó un poco la manta.

Camille intentó detenerlo.

—Papá, no.

Entonces vio su vientre.

Bajo la camiseta levantada aparecía un largo hematoma violáceo. Cerca de la cadera, una herida mal cerrada formaba una línea oscura.

Gabriel permaneció inmóvil.

Había visto suficientes lesiones para reconocer la diferencia entre una caída y un golpe.

—¿Quién te hizo esto?

—Nadie —respondió Julien.

Gabriel se levantó.

—Estoy hablando con mi hija.

La puerta del dormitorio se abrió. Entró Béatrice Beaumont. Su cabello rubio grisáceo estaba perfectamente peinado y el cárdigan beige parecía recién comprado en una tienda de lujo.

—General Delcourt, qué sorpresa.

—Llame a una ambulancia.

Béatrice cerró la puerta detrás de ella.

—No es necesario. Camille recibe atención en casa.

—Tiene una herida en el abdomen.

—Una complicación menor. El doctor Leclerc la examinó ayer.

Gabriel sacó el teléfono.

Julien le agarró la muñeca.

El gesto solo duró un segundo.

Gabriel observó la mano apoyada sobre su uniforme.

—Retírala.

Julien obedeció.

Camille comenzó a llorar.

—Papá, por favor, no te vayas.

Aquellas palabras fueron suficientes.

Gabriel llamó a emergencias.

Béatrice se colocó frente a él.

—Va a provocar un escándalo. Su hija es emocionalmente frágil. No soportará un interrogatorio.

—¿Por qué iban a interrogarla?

Béatrice comprendió demasiado tarde su error.

—Solo quería decir que…

—Apártese.

Cuando llegaron los paramédicos, Julien aseguró que Camille había rechazado ir al hospital. Ella seguía mirando a su padre, incapaz de responder.

Gabriel se arrodilló a su lado.

—¿Quieres salir de este apartamento?

Sus labios temblaron.

—Sí.

Los paramédicos la colocaron en una camilla. Béatrice quiso entregarles un expediente médico, pero Gabriel lo tomó antes que ella. Varias páginas llevaban una firma atribuida a Camille.

Él conocía la letra de su hija.

Aquella no era su firma.

En la ambulancia, Camille esperó a que las puertas se cerraran.

—Papá, dirán que estoy loca.

—¿Quiénes?

—Julien, su madre y el médico.

—¿Por qué harían algo así?

Ella puso una mano protectora sobre su vientre.

—Porque descubrí lo que estaban preparando para Léo.

Gabriel sintió que la sangre se le helaba.

—¿Qué estaban preparando?

Camille miró por la pequeña ventana trasera, como si todavía temiera ver a Julien.

—No quieren solamente mi dinero.

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Apretó la mano de su padre.

—Quieren a mi bebé.

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