Capítulo 5 - El fantasma de Isabelle

El descubrimiento transformó el caso.
Lo que había comenzado como una investigación sobre la violencia sufrida por Camille se convirtió en una pesquisa sobre un asesinato ocurrido dieciocho años atrás.
El historial médico de Isabelle indicaba que había muerto a causa de una infección seguida de un paro cardíaco. Ningún médico independiente había realizado una autopsia. El cuerpo había sido trasladado a un crematorio militar menos de doce horas después del fallecimiento.
La autorización llevaba la firma de Victor Lemaire.
Gabriel pasó la noche releyendo los informes antiguos. Cada página le recordaba una decisión que había aceptado sin hacer preguntas porque confiaba en Victor.
En aquel entonces, Victor le había explicado que Isabelle había sufrido y que era mejor que no viera su cuerpo. Gabriel, destrozado, le había creído.
—Él organizó el funeral —dijo Gabriel a Léa—. Eligió el ataúd, el crematorio e incluso a las personas autorizadas a entrar.
—¿Vio las cenizas?
—Me entregaron una urna.
—Pero nada demuestra que pertenecieran a Isabelle.
Aquella posibilidad era casi insoportable.
Camille conoció los resultados por la mañana. Permaneció en silencio durante largo rato.
—Mamá había descubierto las mismas transferencias, ¿verdad?
—Probablemente.
—Y la mataron.
Gabriel tomó la mano de su hija.
—Todavía no sabemos exactamente qué ocurrió.
—Victor intentó utilizar el mismo producto conmigo.
Tenía razón.
El doctor Leclerc acabó aceptando hablar a cambio de protección. Dieciocho años antes trabajaba en una clínica militar donde se probaba el N-47 como agente anestésico. Victor le había encargado administrárselo a Isabelle.
—Me dijo que representaba una amenaza para la seguridad nacional —explicó Leclerc—. Creí que solo quería dormirla.
—¿El producto le provocó un paro cardíaco? —preguntó Léa.
Leclerc vaciló.
—No murió.
Gabriel se levantó de golpe.
—¿Qué ha dicho?
—Su corazón se detuvo durante menos de un minuto, pero conseguimos reanimarla. Victor prohibió que esa información apareciera en el expediente.
—Entonces, ¿dónde está?
—No lo sé. Después de la inyección, dos hombres se la llevaron. Al día siguiente me ordenaron firmar el certificado médico.
Gabriel tuvo que apoyarse en la mesa.
Durante dieciocho años había llorado a una mujer que quizá había sobrevivido.
—¿Por qué habría mantenido Victor a Isabelle con vida?
Leclerc miró hacia la puerta.
—Porque ella había escondido algo. Él pensaba que acabaría revelando dónde estaba.
—¿Qué cosa?
—Un registro con los nombres de todos los oficiales y empresas implicados en la malversación de fondos militares.
Léa preguntó si Julien y Béatrice sabían que Isabelle podía estar viva.
—No lo creo. Ellos querían el dinero de la fundación. Victor perseguía otro objetivo.
—El registro.
Leclerc asintió.
Para obligar a Victor a mostrarse, Gabriel y Léa prepararon una operación. Anunciaron públicamente que Camille participaría en una reunión extraordinaria de la Fundación Aurore para presentar nuevos documentos descubiertos en la casa de su madre.
La reunión se organizó en el gran salón de un hotel militar. Agentes infiltrados vigilaban todas las entradas.
Camille insistió en estar presente.
—Usó mi miedo para silenciarme —dijo—. Ya no volveré a esconderme.
Sarah aceptó con la condición de que permaneciera sentada y hubiera un equipo médico cerca.
El día de la reunión, Julien y Béatrice estaban en prisión preventiva. Sus abogados habían intentado impedir la sesión, pero el consejo de la fundación se negó a aplazarla.
Camille subió al escenario.
Llevaba un vestido azul oscuro y sostenía una copia del anexo al testamento de su madre.
—Durante varios meses, ciertas personas han intentado que me declaren incapacitada para hacerse con el control de esta fundación y de mi hijo —comenzó—. Utilizaron medicamentos, informes falsos y violencia. Pero cometieron un error: creyeron que mi silencio significaba que había aceptado.
Las pantallas reprodujeron las grabaciones de la cámara conectada.
Los miembros del consejo escucharon las amenazas de Béatrice, las órdenes de Julien y la voz de Victor.
Varios periodistas transmitían la sesión en directo.
Gabriel observaba a la multitud en busca de su antiguo amigo.
Victor no apareció.
Al final del discurso, el consejo votó a favor de suspender todos los contratos sospechosos y confió temporalmente la gestión de los fondos a un comité independiente.
Camille no había levantado la voz.
No lo necesitaba.
Las pruebas habían hablado por ella.
Después de la reunión, Gabriel recibió una llamada de un número desconocido.
—Siempre preferiste las ceremonias a las verdades difíciles —dijo Victor.
—¿Dónde está Isabelle?
Hubo un breve silencio.
—Viva.
Gabriel sintió que el corazón se le detenía.
—Quiero hablar con ella.
—No estás en posición de exigir nada.
—¿Qué quieres?
—El registro que confió a Camille antes de desaparecer.
Gabriel miró a su hija. Hablaba con Léa a pocos metros de él.
—Camille solo tenía once años.
—Isabelle sabía que una niña podía esconder un secreto donde ningún soldado pensaría buscarlo.
—Si le haces daño...
Victor soltó una risa suave.
—Gabriel, llevo dieciocho años decidiendo quién de tu familia tiene derecho a vivir.
La comunicación se cortó.
Unos segundos después, Camille lanzó un grito.
Una contracción violenta la dobló por la mitad. Sarah corrió hacia ella.
—Ha comenzado el parto —anunció—. Demasiado pronto.
Mientras los sanitarios colocaban a Camille en una camilla, una empleada del hotel entregó a Gabriel un pequeño paquete que acababa de llegar.
Dentro había una fotografía reciente.
Isabelle, más vieja pero perfectamente reconocible, estaba sentada en una habitación sin ventanas. Sostenía entre las manos el periódico de aquel día.
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En el reverso, Victor había escrito una dirección y una hora.
Trae el registro antes de medianoche. Ven solo, o Camille perderá a su madre el mismo día en que ella se convierta en madre.