Capítulo 4 - La madre perfecta de los Langford

Celeste había pasado toda su vida cultivando una imagen impecable.
Después de la muerte de su esposo, se convirtió en el rostro público de la familia Langford. Dirigía eventos benéficos, aparecía en revistas y hablaba sobre responsabilidad social.
Everett siempre creyó que su madre organizaba aquellas actividades para mantener vivo el legado de su padre.
Ahora comenzó a preguntarse cuántas habían sido reales.
A la mañana siguiente, llamó a Nolan Pierce, director de seguridad de su empresa.
—Necesito que revises las cámaras de mi casa y todas las cuentas relacionadas con el fideicomiso.
—¿Hay algún problema?
—Mi madre intentó declarar incapaz a mi esposa.
Nolan guardó silencio durante un instante.
—Voy para allá.
Mientras Everett permanecía en el hospital, Celeste convocó una conferencia informal frente a la residencia.
No mencionó el peligro que había sufrido Elias.
En cambio, dijo a los periodistas que la familia atravesaba una situación médica privada.
—Maren es una joven madre que necesita apoyo y comprensión —declaró—. No debería ser juzgada por una enfermedad que no puede controlar.
Sus palabras parecían compasivas.
Pero confirmaban públicamente una enfermedad que ningún médico había diagnosticado.
Audra también habló con algunos invitados.
—Mi cuñada estaba obsesionada con la idea de que queríamos quitarle al bebé —dijo—. Todos intentamos ayudarla.
La historia comenzó a circular por Boston.
Maren Langford había sufrido una crisis.
Celeste había salvado al niño.
Everett regresó a la casa por la tarde acompañado por Nolan y dos abogados independientes.
Su madre lo esperaba en el salón.
La fiesta había desaparecido. Los camareros, las flores y las mesas habían sido retirados.
Solo quedaba Celeste, sentada con una taza de té.
—¿Cómo está Elias? —preguntó.
—Vivo.
—Nunca estuvo realmente en peligro.
Everett cerró la puerta.
—Tenía hipotermia.
—Los médicos siempre exageran para evitar responsabilidades.
—Maren tenía sedantes en la sangre.
Celeste sostuvo su mirada.
—Te advertí que no estaba bien.
—No eran medicamentos recetados para ella.
Por primera vez, Celeste pareció inquieta.
—¿Qué estás insinuando?
—Que alguien puso una sustancia en su bebida.
—Eso es absurdo.
Everett colocó el botón dorado de Audra sobre la mesa.
—Maren dice que Audra la empujó dentro de la habitación.
—Tu esposa está confundida.
—También dice que tú abriste la ventana.
—¿Realmente vas a creerle a una mujer inestable antes que a tu propia madre?
Everett permaneció en silencio.
Aquella pregunta había controlado su vida desde la infancia.
Celeste siempre presentaba cualquier desacuerdo como una traición.
Creer a otra persona significaba dejar de ser un buen hijo.
Pero aquella vez, Everett no apartó la mirada.
—Sí —respondió—. Voy a creerle.
La expresión de Celeste se endureció.
—Cometerás un error.
—El error fue dejarte entrar en nuestra casa sin límites.
Celeste se levantó.
—Esta familia existía antes de que Maren apareciera.
—Pero esta casa es suya.
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Everett señaló la puerta.
—Y tú ya no eres bienvenida aquí.