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Capítulo 6 - La trampa

La reunión se celebró en el piso cuarenta y dos de la torre Whitmore, en el centro de Boston.

Las paredes de cristal mostraban la ciudad iluminada bajo una lluvia constante.

Adrian se encontraba al final de la mesa.

Era un hombre de cincuenta y cinco años, alto, de cabello plateado y traje italiano oscuro. Sonreía como si la compañía ya le perteneciera.

—Daniel —dijo, abrazándome—. Australia te ha sentado bien.

—Ha sido demasiado tiempo lejos de la familia.

—Tu madre siempre fue dramática. No debes culparte por haber creído sus historias.

Tuve que controlar las manos para no golpearlo.

Los accionistas ocuparon sus asientos.

Mi madre no asistió. Oficialmente, estaba en casa cuidando a mi padre.

En realidad, observaba la reunión mediante una transmisión privada organizada por Claire.

Adrian comenzó su presentación.

Habló del deterioro de Richard, de la supuesta inestabilidad de Eleanor y de la necesidad de garantizar el futuro de la empresa.

Finalmente, levantó el poder notarial.

—Mi hermano me otorgó autoridad para actuar en su nombre.

—¿Estás seguro de que esa es su firma? —pregunté.

Adrian sonrió.

—Estuve presente cuando firmó.

Era la mentira que necesitábamos.

—Entonces votaré a favor —dije.

Adrian colocó frente a mí un documento.

Si lo firmaba, transferiría temporalmente mis derechos de voto.

Tomé la pluma.

La puerta de la sala se abrió.

Claire entró acompañada por dos especialistas forenses y un notario.

Detrás de ellos apareció mi madre, empujando la silla de ruedas de mi padre.

La sonrisa de Adrian desapareció.

—Esta es una reunión privada.

—Richard Whitmore sigue siendo el presidente —respondió Claire—. Tiene derecho a estar aquí.

Adrian golpeó la mesa.

—No está en condiciones de tomar decisiones.

Claire conectó la tableta al monitor principal.

En la pantalla apareció un cursor controlado por los ojos de mi padre.

Lentamente, Richard formó una frase.

NUNCA FIRMÉ ESE DOCUMENTO.

Los murmullos llenaron la sala.

Adrian retrocedió.

—Esto no demuestra nada.

—Quizá esto sí —dije.

Reproduje la grabación de Vanessa hablando con él.

Su propia voz resonó en la sala:

—Llévate a Richard ahora. Yo me ocuparé de ella.

Adrian miró hacia las salidas.

Pero todavía conservaba una expresión de desafío.

—Vanessa puede decir lo que quiera. No existe ninguna prueba de que yo falsificara esa firma.

Claire abrió una carpeta.

—Tiene razón. La firma no la falsificó usted.

Entonces miró hacia la secretaria personal de Adrian.

Una mujer joven llamada Melissa Grant comenzó a llorar.

—Él me obligó —confesó—. Dijo que destruiría mi carrera si no imitaba la firma.

Adrian se lanzó hacia los documentos.

Mi madre se interpuso.

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—No vuelvas a tocar a mi familia.

Por primera vez en dieciocho meses, Adrian comprendió que había perdido el control.

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