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Capítulo 2 - La mujer perfecta

Ayudé a Vanessa a levantarse mientras mi madre permanecía junto a mi padre.

—Necesita un médico —dijo Vanessa, enseñándome los rasguños de su brazo—. Tu madre me atacó.

—No la toqué —respondió Eleanor—. Te caíste cuando intentaste sacar a Richard de la casa.

Vanessa soltó una risa nerviosa.

—¿Sacarlo? Iba a llevarlo a su sesión de rehabilitación.

—No había ninguna sesión programada.

—La cambiaron esta mañana.

—Entonces enséñale la confirmación a Daniel.

El silencio fue inmediato.

Vanessa bajó la mirada hacia su teléfono.

—No tengo que justificar cada decisión que tomo. Soy su cuidadora principal.

Mi madre se volvió hacia mí.

—Pregúntale adónde iba. Pregúntale por qué las maletas de tu padre están en el garaje.

Vanessa palideció.

Salí de la cocina y abrí la puerta lateral.

Dentro del garaje había una camioneta negra con el motor todavía encendido. Junto a ella encontré dos maletas, una caja con medicamentos y una carpeta de documentos.

En la parte superior de la carpeta había un sobre dirigido a una clínica privada en Vermont.

Según el documento, mi padre iba a ser ingresado allí aquella misma tarde.

La solicitud llevaba la firma de mi madre.

—Yo nunca firmé eso —dijo Eleanor cuando regresé con los papeles.

Vanessa cruzó los brazos.

—No recuerda muchas cosas últimamente.

—¿Estás diciendo que mi madre tiene problemas de memoria? —pregunté.

—Estoy diciendo que su estado mental ha empeorado.

Aquella explicación coincidía con todo lo que Vanessa me había contado durante meses.

Sin embargo, algo no encajaba.

Mi madre no parecía confundida.

Parecía aterrorizada.

Subí a una silla para alcanzar la cámara instalada sobre los armarios. Cuando intenté retirar la tarjeta de memoria, Vanessa avanzó hacia mí.

—Esa cámara forma parte del sistema de seguridad médica. Solo el administrador puede acceder a ella.

—¿Quién es el administrador?

Vanessa no contestó.

Mi madre lo hizo por ella.

—Tu tío Adrian.

Adrian Whitmore era el hermano menor de mi padre y vicepresidente de Whitmore Holdings. Durante mi ausencia, se había ocupado de la empresa.

También había sido él quien contrató a Vanessa.

El teléfono de la cuidadora comenzó a sonar.

En la pantalla apareció un nombre.

Adrian Whitmore.

Vanessa rechazó la llamada inmediatamente.

—Ha sido una mañana difícil —dijo—. Creo que todos deberíamos calmarnos.

—Estoy de acuerdo —respondí.

Guardé la tarjeta de memoria en mi bolsillo.

—Por eso nadie saldrá de esta casa hasta que vea lo que grabó esa cámara.

Por primera vez desde que la conocía, la mujer perfecta dejó caer su máscara.

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Y lo que vi detrás de ella no fue miedo.

Fue odio.

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