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Chapter 4 - La mujer en la silla de ruedas

La mansión Hart se alzaba sobre el río Hudson como una fortaleza de piedra. Cecilia había crecido entre sus pasillos, pero al observarla desde la camioneta de Thomas sintió que miraba la casa de otra familia.

—La entrada principal es imposible —dijo Noah—. Victor ha duplicado la seguridad.

Thomas señaló un túnel de drenaje oculto bajo los jardines.

—Los Hart construyeron salidas para escapar de incendios y acreedores.

—Qué tradición tan apropiada —murmuró Cecilia.

Lucía debía quedarse en la iglesia, pero se negó.

—Margaret es mi bisabuela. Si sabe dónde está mi mamá, voy.

—Es peligroso.

—También fue peligroso dormir sola tres noches mientras hombres buscaban la llave.

Cecilia no encontró respuesta.

Entraron al anochecer. Thomas conocía cada sensor y cada punto ciego. Llegaron al ala oeste, donde Margaret vivía bajo supervisión médica.

La anciana estaba frente a una ventana, cubierta con una manta. Sus manos temblaban sobre la silla de ruedas. Un televisor mostraba la gala cancelada y titulares sobre la desaparición de Cecilia.

—Madre —susurró Cecilia.

Margaret giró lentamente.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Aurora.

No miraba a Cecilia. Miraba a Lucía.

La niña se acercó.

—Me llamo Lucía.

Margaret extendió una mano.

—Tienes los ojos de Adrian.

Cecilia cerró la puerta.

—¿Sabías que estaba viva?

Margaret comenzó a llorar.

—No al principio. Damian dijo que el bebé había muerto. Después Thomas me contó la verdad. Yo quería ir por ella, pero Damian me mostró fotografías de Elena y la niña. Dijo que, si hablaba, las mataría.

—Permitiste que creciera lejos de mí.

—Permití que viviera.

Cecilia quiso gritar, pero vio los moretones en los brazos de su madre.

—¿Qué medicamentos te dan?

—Lo suficiente para que parezca confundida.

Noah revisó los frascos.

—Sedantes, antipsicóticos y un compuesto que puede provocar síntomas neurológicos.

—Damian me convirtió en una anciana inválida antes de tiempo —dijo Margaret—. Así controla mis acciones.

Lucía se arrodilló.

—¿Dónde está el Libro Rojo?

Margaret miró hacia la chimenea.

—Adrian lo descubrió meses antes de morir. Registró cada pago de Damian. Lo escondió dentro de un compartimento del mausoleo familiar. Pero la llave no está aquí.

Lucía mostró la llave de latón.

Margaret sonrió.

—Elena siempre fue más valiente que todos nosotros.

Un ruido sonó en el pasillo.

Cecilia apagó las lámparas.

Damian entró acompañado por Victor.

—Madre, el doctor dice que rechazaste la medicación.

Margaret volvió el rostro hacia la ventana y fingió estar ausente.

Cecilia, Noah, Lucía y Thomas permanecían detrás de una cortina que ocultaba una puerta de servicio.

Damian se acercó a la silla.

—Cecilia ha perdido la cabeza. Se llevó a una niña de la calle y ahora la policía cree que la secuestró. Tendré que asumir temporalmente la dirección de la empresa.

Margaret no respondió.

—Solo necesito tu firma.

Colocó documentos sobre una mesa.

Margaret dejó caer la cabeza.

—No puedo.

Damian le sujetó la mandíbula.

—Claro que puedes.

Lucía hizo un movimiento involuntario. Una tabla crujió.

Victor desenfundó el arma.

—Hay alguien aquí.

Noah empujó la puerta secreta.

—Corran.

El pasadizo descendía hasta una bodega. Victor disparó. La bala golpeó la pared junto a Cecilia.

Thomas quedó atrás para bloquear la entrada.

—¡Sigan!

Llegaron al jardín y corrieron hacia el mausoleo. Lucía insertó la llave en una placa bajo el nombre de Adrian Hart. Se abrió un compartimento con un libro encuadernado en cuero rojo y una memoria externa.

Noah tomó ambos objetos.

—Tenemos que irnos.

Damian apareció en la entrada del mausoleo.

—Devuélveme eso.

Victor sostenía a Thomas con un brazo alrededor del cuello.

Cecilia se colocó delante de Lucía.

—Mataste a Adrian. Robaste a mi hija. Convertiste mi fundación en una red criminal.

Damian sonrió.

—Y tú firmaste cada informe anual.

—No sabía lo que contenían.

—La ignorancia no te hará inocente ante un jurado.

Margaret apareció detrás de ellos en su silla eléctrica. Había seguido el pasadizo con una lentitud desesperada.

—Pero una confesión sí puede condenarte —dijo.

Damian se volvió.

Margaret sostenía un teléfono grabando.

Victor apuntó hacia ella.

Thomas lo golpeó con la cabeza. El arma cayó. Noah se abalanzó sobre Victor y ambos rodaron por las escaleras.

Damian agarró a Lucía y colocó una navaja contra su cuello.

—El libro, Cecilia.

La niña permaneció inmóvil, pero sus ojos buscaron los de Cecilia.

—Déjala ir.

—Ella es la única persona capaz de quitarme todo.

—Es una niña.

—Es una firma futura con el cincuenta y uno por ciento de la empresa.

Cecilia levantó el Libro Rojo.

—Tómalo.

—Mamá, no —dijo Lucía.

La palabra detuvo a Cecilia.

Lucía acababa de llamarla mamá.

Damian también lo notó.

—Qué conmovedor.

Cecilia lanzó el libro hacia un lado. Damian desvió la mirada. Lucía le pisó el pie y mordió su mano. Cecilia corrió y apartó a la niña.

Damian huyó hacia el bosque.

Noah había reducido a Victor, pero Thomas estaba herido.

Sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.

—¿Llamaste a la policía? —preguntó Cecilia.

Margaret levantó el teléfono.

—No confié en la policía local. Llamé al FBI.

Agentes rodearon la propiedad. Victor fue arrestado. Damian había escapado.

Mientras los paramédicos atendían a Thomas, Noah revisó el Libro Rojo.

—Esto demuestra pagos y traslados, pero no dónde está Elena.

Lucía abrió la memoria externa.

Apareció una lista de pacientes de Westmoor. Junto al nombre falso de Elena había una nota:

“Traslado definitivo programado. 6:00 a. m.”

Faltaban menos de cuatro horas.

Cecilia miró a Noah.

—Vamos a buscarla.

Margaret sujetó su mano.

—Damian escapó porque sabe a dónde irán.

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Lucía se secó las lágrimas.

—Entonces tenemos que llegar antes que él.

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