capítulo 1 - La primera bofetada silenció el salón

La primera bofetada silenció el salón.
El sonido seco rebotó bajo la enorme lámpara de cristal de la mansión Blackwell y consiguió detener incluso al cuarteto que tocaba junto a la escalera principal.
Adrian Blackwell mantuvo la mano levantada durante un instante, como si todavía no comprendiera lo que acababa de hacer.
Frente a él, su esposa, Elena Moreau Blackwell, giró lentamente el rostro.
La marca roja comenzó a extenderse sobre su mejilla izquierda.
Más de ochenta invitados observaban la escena desde las escaleras, los balcones y las mesas cubiertas con copas de champán. Eran empresarios, políticos y miembros de algunas de las familias más influyentes de Boston.
Nadie se movió.
A la derecha de Adrian estaba Vanessa Cole, su directora de relaciones públicas y amante desde hacía casi un año. Llevaba un vestido plateado, una sonrisa satisfecha y el collar de esmeraldas que Elena había encontrado aquella misma mañana dentro de la caja fuerte de su esposo.
—No vuelvas a insultarla —dijo Adrian.
Elena volvió lentamente la mirada hacia él.
Tenía treinta y cuatro años, cabello negro hasta los hombros, ojos verdes y una elegancia serena que Vanessa siempre había confundido con debilidad.
—No la insulté —respondió—. Solo pregunté por qué lleva una joya comprada con dinero de nuestra empresa.
Vanessa tocó el collar.
—Adrian me lo regaló.
—Precisamente.
Adrian apretó la mandíbula.
—No tienes derecho a interrogarme delante de mis invitados.
—Esta gala se celebra en mi casa.
Vanessa soltó una pequeña risa.
—La mansión pertenece a la familia Blackwell.
Elena la miró.
—Eso es lo que Adrian te ha contado.
Los murmullos comenzaron.
Adrian se acercó y bajó la voz.
—Sube a tu habitación antes de que empeores las cosas.
—¿También vas a encerrarme allí?
Su expresión cambió.
Elena había descubierto demasiado.
Tres semanas antes encontró transferencias sospechosas desde Blackwell Technologies hacia una empresa controlada por Vanessa. Después halló contratos falsificados, correos eliminados y un borrador de divorcio que le quitaba toda participación en la compañía.
La gala de aquella noche no era una simple celebración.
Adrian planeaba anunciar públicamente su nueva alianza empresarial, presentar a Vanessa como futura vicepresidenta y obligar a Elena a firmar unos documentos frente a testigos.
Creía que su esposa no tenía ninguna salida.
—Entrégame el teléfono —ordenó.
Elena sostuvo el pequeño dispositivo con firmeza.
—No.
Adrian levantó nuevamente la mano.
Esta vez, Elena la detuvo antes de que pudiera tocarla.
No gritó.
No lloró.
Solo sostuvo su muñeca y habló lo bastante alto para que todo el salón pudiera escucharla.
—La primera bofetada fue tu último error.
Adrian soltó una carcajada.
—¿Qué vas a hacer? ¿Llamar a la policía y contarles que tu esposo perdió la paciencia?
Vanessa sonrió.
—Nadie creerá que eres una víctima después de la escena que acabas de provocar.
Entonces, desde el exterior, se escuchó el sonido de varios motores.
Todos miraron hacia las ventanas.
Un vehículo todoterreno negro se detuvo frente a las puertas de la mansión. Detrás llegaron otros dos automóviles oscuros.
Adrian frunció el ceño.
—¿A quién invitaste?
Elena tomó su bolso.
—A nadie.
Las puertas principales se abrieron.
Un hombre uniformado entró y miró directamente hacia ella.
—Señora Moreau, el vehículo está preparado.
Elena caminó hacia la salida.
Adrian rio todavía más fuerte.
—¿Ahora utilizas el apellido de soltera para parecer importante?
Ella se detuvo antes de cruzar la puerta.
—No, Adrian.
Miró a los invitados y después a su esposo.
—Lo utilizo porque el apellido Moreau es el dueño del cincuenta y uno por ciento de todo lo que tú crees que te pertenece.
La sonrisa de Adrian desapareció.
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Elena salió de la mansión.
Y mientras el vehículo negro se alejaba, todos los teléfonos del consejo directivo comenzaron a sonar al mismo tiempo.