Chapter 4 - El hombre que caminaría conmigo

Álvaro me llamó tres meses antes de la boda.
—Quería preguntarte algo.
Ya sabía qué era.
—Dime.
—Supongo que… yo te llevaré al altar.
No era exactamente una pregunta.
Respiré.
—Quiero que vengas a la boda.
—Claro que voy a ir.
—Pero Javier caminará conmigo.
El silencio duró tanto que pensé que había colgado.
—Entiendo.
No parecía entender.
—No es para castigarte.
—Soy tu padre.
—Lo sé.
—Entonces no lo entiendo.
Esta vez no estaba enfadado.
Estaba herido.
Y precisamente por eso decidí explicárselo sin atacarlo.
—Porque él caminó conmigo cuando no había un altar.
Álvaro respiró profundamente.
—Supongo que llegar tarde no me da derecho a enfadarme porque otra persona siguiera caminando contigo.
Me sorprendió.
No buscó excusas.
No atacó a Javier.
—Gracias.
—Voy a estar allí.
Sonreí.
—¿Me lo prometes?
Hubo una pausa.
—No.
Me quedé sorprendida.
—¿No?
—He hecho demasiadas promesas.
Su voz se volvió más suave.
—Esta vez simplemente apareceré.
Y apareció.
El día de mi boda llegó cuarenta minutos antes.
Lo vi sentado junto a Patricia.
Cuando nuestras miradas se encontraron, sonrió.
No reclamó nada.
No convirtió aquel día en una batalla.
Javier me esperaba fuera de la capilla.
Llevaba un traje azul oscuro.
Estaba más nervioso que yo.
—¿Preparada?
—No.
—Perfecto. Yo tampoco.
Antes de tomar su brazo, le entregué una pequeña caja.
—¿Qué es?
—Ábrela.
Dentro había un reloj.
En la parte posterior aparecía grabada una frase:
“Por todas las veces que apareciste.”
Javier se quitó las gafas.
—Lucía…
—Todavía falta algo.
Le entregué una fotografía.
Era del día de mi graduación.
Los dos abrazándonos sobre el escenario.
Detrás había escrito:
“Nunca sustituiste a mi padre. Me enseñaste lo que significaba ser uno.”
Javier respiró profundamente.
—Me vais a hacer caminar llorando delante de todo el mundo.
—Ese es el objetivo.
Las puertas se abrieron.
Comenzó la música.
Tomé su brazo.
Caminamos.
A mitad del pasillo vi a Álvaro.
Se puso de pie.
Miró a Javier.
Durante un segundo tuve miedo.
Entonces mi padre biológico colocó una mano sobre su pecho.
Y asintió.
Javier hizo lo mismo.
No eran amigos.
Probablemente nunca lo serían.
Pero por primera vez ninguno de los dos trataba de poseer un lugar en mi vida.
Llegamos hasta Daniel.
Javier besó mi frente.
—Te toca.
Lo sujeté un segundo más.
—Papá.
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
Miré hacia la gente.
—Por no obligarme nunca a elegirte.
Javier sonrió.
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—Eso nunca me correspondió decidirlo.
Y me dejó ir.