Chapter 3 - “Yo soy tu verdadero padre”

Álvaro llamó siete veces.
Contesté a la octava.
—Hola, princesa.
Odiaba que me llamara así cuando quería evitar una conversación difícil.
—Hola.
—Enhorabuena.
—Gracias.
—Siento muchísimo lo de hoy.
—¿Qué ocurrió?
Silencio.
—Te dije que surgió algo.
—Vi las fotografías de Toledo.
Otro silencio.
Mucho más largo.
—Lucía, no es lo que parece.
Casi me reí.
—Estabas junto a una piscina.
—El hijo de Patricia ha pasado una mala semana.
—¿Y?
—Necesitaba apoyo familiar.
Apreté el teléfono.
—¿Yo qué soy?
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Convertirlo en una competición.
—Tú prometiste venir.
—Y te he pedido perdón.
—Siempre pides perdón después.
Su tono cambió.
—Estás demasiado emocional.
Aquella frase me había hecho dudar de mí misma muchas veces.
Esta vez no.
—Sí. Estoy emocional. Era mi graduación.
Álvaro suspiró.
—He visto el vídeo de Javier.
Comprendí entonces por qué realmente había llamado.
Alguien había publicado el discurso.
—¿Qué pasa con él?
—Me ha humillado.
—Ni siquiera dijo tu nombre.
—Todo el mundo sabe que hablaba de mí.
—Eso significa que todo el mundo conoce tu comportamiento.
—Lucía.
Su voz se endureció.
—Ese hombre está intentando ocupar mi lugar.
—No.
—Le llamaste papá.
Silencio.
—Sí.
—Yo soy tu padre de verdad.
Aquellas palabras ya no producían el efecto que él esperaba.
—Eres mi padre biológico.
—¿Y eso qué significa?
—Que compartimos sangre.
—Lucía…
—Pero Javier estuvo cuando me operaron.
—Yo estaba trabajando.
—Javier me enseñó a conducir.
—Yo tenía problemas entonces.
—Javier me llevó a la universidad.
—No empieces.
—Javier pagó mi último año.
Silencio absoluto.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque encontré el recibo.
—Yo pensaba devolverle ese dinero.
—¿Cuándo?
—Cuando solucionara algunos problemas económicos.
—Pero había dinero para un fin de semana en Toledo.
—Ese viaje estaba pagado.
Ahí estaba.
Otra explicación.
Álvaro siempre tenía una.
Y si las examinabas individualmente, incluso podían parecer razonables.
El problema era observarlas todas juntas.
Formaban una vida entera de ausencias.
—Papá.
—¿Sí?
—Te quiero.
Pareció relajarse.
—Yo también te quiero.
—Pero voy a dejar de esperarte.
Silencio.
—¿Qué significa eso?
—Que ya no voy a reservarte un sitio y quedarme mirando una silla vacía.
—Estás exagerando.
—No.
Respiré.
—Llevo años guardándote un sitio.
Mi voz se quebró.
—Y solo te ha preocupado perderlo cuando viste a otra persona sentado a mi lado.
Álvaro no respondió.
—Javier nunca intentó quitarte nada.
—Pues parece que lo consiguió.
—No. Construyó algo diferente.
Terminé la llamada.
Lloré después.
Porque poner límites a alguien no significa dejar de quererlo.
A veces precisamente por quererlo duele más.
Durante los meses siguientes, mi vida cambió.
Encontré trabajo en una empresa de consultoría en Madrid.
Me mudé a un pequeño piso.
Y empecé a llamar a Javier “papá”.
No siempre.
A veces seguía diciendo Javier por costumbre.
La primera vez que llamé a casa y pregunté:
—Mamá, ¿está papá?
Mi madre gritó tan fuerte que aparté el móvil.
—¡JAVIER! ¡HA PREGUNTADO POR PAPÁ!
—¡Mamá!
Escuché a Javier protestar desde lejos:
—¡Elena, compórtate!
Nos reímos.
Pero había algo que todavía me molestaba.
El Mustang.
Sabía cuánto significaba para él.
Así que localicé al comprador.
Era un hombre llamado Ramón.
Cuando le expliqué quién era, guardó silencio.
—Vi el vídeo de la graduación —dijo finalmente.
—¿En serio?
—Tu padrastro vino a venderme ese coche con lágrimas en los ojos. Pensé que tenía deudas.
—Era mi matrícula.
—Ahora lo sé.
Pregunté cuánto costaría recuperarlo.
Ramón me dijo una cantidad.
Casi todo mi primer bonus.
Acepté.
Dos meses después llevé a Javier a un almacén.
Cuando levanté la puerta metálica, allí estaba.
Su Mustang.
Se quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—Lucía, ni se te ocurra.
Le lancé las llaves.
Las atrapó por reflejo.
—Es tuyo.
—Devuélvelo.
—No.
—Acabas de empezar a trabajar.
—Tú vendiste el coche por mí.
—Ese era mi dinero.
—Y este es el mío.
Javier me miró durante varios segundos.
—Eres insoportable.
Sonreí.
—Me pregunto quién me habrá criado así.
Se rio.
Después me abrazó.
Por primera vez comprendí que el amor sano no crea una deuda eterna.
Un día alguien sostiene tu peso.
Otro día puedes sostener parte del suyo.
Álvaro siguió escribiéndome.
Poco a poco, dejó de prometer.
Empezó simplemente a aparecer.
Una comida.
Mi cumpleaños.
La inauguración de mi nuevo piso.
Nunca olvidé el pasado.
Pero decidí permitirle construir algo distinto si realmente quería hacerlo.
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Tres años después conocí a Daniel.
Y dos años más tarde, cuando me pidió matrimonio, supe que habría una última conversación que no podría evitar.