Chapter 1 - La silla vacía

A las diez y diecisiete de la mañana, mientras esperaba detrás del escenario con la toga negra y el birrete entre las manos, recibí el mensaje que llevaba toda la semana esperando.
Papá: Ya voy. Guárdame un sitio.
Sonreí.
Y enseguida me odié un poco por haber sonreído.
Me llamo Lucía Serrano, tengo veintidós años y aquel sábado me graduaba en Administración y Dirección de Empresas en Madrid.
Para la mayoría de mis compañeros, que sus padres acudieran a la ceremonia era algo normal.
Para mí, que apareciera Álvaro Serrano era casi un acontecimiento histórico.
Mi padre biológico llevaba años convirtiendo las promesas en una especie de lotería.
A veces cumplía.
La mayoría de las veces, no.
Cuando cumplí trece años prometió llevarme a París.
Terminamos celebrándolo en casa porque tuvo “una reunión urgente”.
A los dieciséis aseguró que sería él quien me enseñaría a conducir.
Tras cuatro fines de semana esperándolo, fue Javier quien se sentó en el asiento del acompañante de un viejo Seat León y me enseñó a no calar el motor.
Javier.
El marido de mi madre.
Mi padrastro desde que yo tenía once años.
Nunca le llamaba papá.
Él jamás me lo había pedido.
—Lucía.
Mi amiga Irene me dio un pequeño golpe en el brazo.
—Deja el móvil o te vas a perder tu propia graduación.
—Mi padre viene.
Irene me miró.
Sabía demasiado sobre Álvaro para entusiasmarse.
—Qué bien.
—Ha dicho que ya está de camino.
—Entonces vendrá.
Pero lo dijo con esa delicadeza que utilizamos cuando queremos creer algo por otra persona.
Me acerqué un momento a una de las puertas laterales del auditorio.
Desde allí podía ver a las familias.
Mi madre, Elena, estaba en tercera fila.
A su izquierda estaba Javier.
A su derecha…
una silla vacía.
Javier había colocado su chaqueta sobre ella para que nadie la ocupara.
Cuando me vio asomarme, levantó el pulgar.
Después señaló la silla.
Seguía reservada.
Para Álvaro.
Para mi padre.
Sentí una pequeña presión en el pecho.
Seis meses antes lo había llamado expresamente.
—Papá, necesito que me prometas algo.
—¿Qué pasa?
—Quiero que vengas a mi graduación.
—Claro que iré.
—No quiero un “claro”. Quiero que me digas la verdad.
Hubo un silencio.
—Lucía, estaré allí.
—¿Seguro?
—Te lo prometo.
Y yo cometí el error de creer que esta vez la ocasión sería suficientemente importante.
La ceremonia comenzó.
Pasaron veinte minutos.
Treinta.
Cuarenta.
La silla continuaba vacía.
Volví a mirar el teléfono.
Nada.
A las once y veintiséis, vibró.
Mi corazón se aceleró.
Era Álvaro.
Abrí el mensaje.
Me ha surgido algo. No voy a llegar. Lo celebramos otro día. Estoy muy orgulloso de ti.
Eso era todo.
Ni siquiera una llamada.
Me quedé mirando aquellas palabras mientras escuchaba cómo anunciaban los nombres de otros graduados.
—Lucía…
Irene vio mi cara.
—No viene.
Ella cerró los ojos.
—Lo siento.
—Estoy bien.
—No tienes que estar bien.
—Sí.
Guardé el móvil.
—Hoy no voy a llorar por él.
Cinco minutos después pronunciaron mi nombre.
—¡Lucía Serrano Martínez!
Caminé hacia el escenario.
Sonreí.
Recibí mi diploma.
Escuché aplausos.
Y entonces, por encima de todos, oí una voz.
—¡ESA ES MI CHICA!
Miré hacia la tercera fila.
Javier estaba de pie.
Aplaudía como un loco.
Mi madre se reía mientras lloraba.
La silla junto a ellos seguía vacía.
Y por alguna razón, verla ya no me dolió igual.
Después de la ceremonia salimos al patio de la universidad.
Había flores, abrazos, fotografías y familias enteras celebrando.
Javier apareció con un ramo.
—Para la licenciada.
—Gracias.
—Aunque sigo pensando que podrías haberte dedicado a algo útil.
—¿Como qué?
—Fontanería. Siempre hace falta un buen fontanero.
Me reí.
Después me abrazó.
—Estoy orgulloso de ti, Lu.
—Gracias, Javier.
Por un instante vi algo en sus ojos.
Una tristeza pequeñísima.
Pero desapareció rápidamente.
Mi teléfono vibró.
Irene me había enviado una captura de pantalla.
¿Este no es tu padre?
Abrí la imagen.
Sentí que el mundo se detenía.
Álvaro estaba en una piscina de Toledo con su nueva mujer y los dos hijos adolescentes de ella.
Sonreían delante de una barbacoa.
La publicación había sido subida hacía treinta y siete minutos.
El texto decía:
“Fin de semana perfecto con mis personas favoritas.”
Mi madre vio la pantalla.
—Lucía…
—No.
Sentí que los ojos comenzaban a arderme.
—Me dijo que le había surgido algo.
Javier cogió el teléfono.
Observó la fotografía durante varios segundos.
Pensé que insultaría a Álvaro.
Nunca lo hizo.
Simplemente me devolvió el móvil.
—Lo siento.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—Que es un imbécil.
Javier sonrió ligeramente.
—No necesitas que yo te diga quién es tu padre.
Miré de nuevo la fotografía.
—¿Por qué sigo esperando?
Javier abrió la boca.
Pero antes de responder, mi madre lo llamó.
Hablaron unos segundos lejos de mí.
Entonces Javier miró su reloj.
—Tengo que irme un momento.
—¿Ahora?
—Volveré.
—¿Adónde vas?
Sonrió.
—A buscar una cosa.
Cuarenta minutos después, el rector apareció en el pequeño escenario del salón de recepción.
—Antes de terminar —anunció—, alguien ha pedido decir unas palabras.
Vi a Javier subir al escenario.
Llevaba una vieja caja de cartón entre las manos.
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Y cuando dijo mi nombre, comprendí que aquella silla vacía no era el final de mi graduación.
Era apenas el principio.