Chapter 11 - Los cuatro meses

Arthur vivió exactamente ciento diecinueve días después de la audiencia.
Chloe los contó después.
No mientras ocurrían.
Mientras ocurrían, intentó no convertirlos en números.
El primer mes fue bueno.
Arthur recuperó algo de fuerza.
Podía caminar unos pasos con ayuda.
Una tarde insistió en salir al jardín.
—Hace frío —dijo Chloe.
—Esto es Inglaterra. Siempre hace frío.
Elena rio.
Arthur llevaba una bufanda demasiado grande y un gorro ridículo que Chloe le había comprado.
Se sentaron bajo un árbol.
—¿Sabéis qué odio de estar enfermo? —preguntó.
—Las agujas —dijo Elena.
—La comida —dijo Chloe.
—La palabra “valiente”.
Ambas lo miraron.
—Todo el mundo te llama valiente cuando no tienen nada mejor que decir.
Elena sonrió.
—A mí me llamaban luchadora.
—Otra palabra terrible.
—Sí.
Arthur bebió té.
—A veces uno no lucha. Solo se despierta y hace lo siguiente.
Chloe guardó esa frase.
Charles visitó dos semanas después.
Solo.
No llevaba abogados.
Se quedó de pie en la entrada durante varios minutos.
Arthur lo observó.
—Puedes sentarte.
Charles lo hizo.
Chloe quiso irse.
Arthur negó.
—Quédate.
Charles miró a Chloe.
—Prefiero hablar solo.
Arthur respondió:
—Ella se queda.
Charles apretó los labios.
—Claro.
Viejas heridas.
Arthur suspiró.
—No hagamos esto otra vez.
Durante unos minutos ninguno habló.
Después Charles dijo:
—Pensé que estabas destruyendo todo.
—¿El qué?
—La empresa. El patrimonio. Lo que mamá construyó contigo.
Arthur se quedó quieto.
—Tu madre nunca construyó el patrimonio.
Charles frunció el ceño.
—Claro que sí.
—Construyó la familia.
Charles bajó la mirada.
Arthur continuó.
—Yo construí empresas porque no sabía estar en casa después de que ella murió.
La respiración de Charles cambió.
—Nos dejaste.
—Sí.
Chloe sintió sorpresa.
Arthur no se defendió.
—Estabas físicamente allí —dijo Charles.
—Pero os dejé.
Charles tragó saliva.
—Yo tenía diecisiete.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Su voz se elevó.
—No sabes cómo era que Victoria me preguntara cada noche cuándo ibas a volver. No sabes cómo Edmund dejó de hablar durante semanas.
Arthur cerró los ojos.
—Tienes razón.
Charles parecía no estar preparado para esa respuesta.
Arthur levantó la mirada.
—Te convertí en adulto antes de tiempo.
Charles comenzó a llorar.
No de forma elegante.
No con lágrimas silenciosas.
Se cubrió el rostro.
Chloe se levantó.
Esta vez Arthur no la detuvo.
Ella salió con Elena.
Desde el pasillo escucharon voces bajas.
Una hora después Charles se marchó.
No pidió dinero.
No mencionó la empresa.
Solo abrazó a su padre.
Victoria tardó más.
Llegó después de que Arthur sufriera otra hospitalización.
Se sentó junto a él.
—No sé cómo hacer esto.
—¿Qué cosa?
—Verte morir.
Arthur tomó su mano.
—Nadie sabe.
—Estoy enfadada.
—Puedes estarlo.
—Contigo.
—También.
Victoria lloró.
Edmund fue quien más tiempo pasó en casa durante el último mes.
A veces no hablaba.
Solo leía el periódico a su padre.
Chloe comprendió algo.
Había ganado la batalla legal.
Pero la victoria real no consistía en alejar a los hijos.
Consistía en devolverles la oportunidad de ser hijos antes de que fuera demasiado tarde.
Arthur empeoró en noviembre.
El cardiólogo explicó que el final podía llegar en días o semanas.
Arthur eligió quedarse en casa.
El equipo paliativo instaló equipos.
Chloe reorganizó su vida.
Elena decidió permanecer en Londres.
Una noche Arthur preguntó:
—¿Te arrepientes?
Chloe estaba ajustando una almohada.
—¿De qué?
—De casarte conmigo.
Ella se sentó.
—No.
—Has perdido meses de universidad.
—Los recuperaré.
—Te llaman cazafortunas en internet.
—He tenido apodos peores.
Arthur sonrió.
—Mientes fatal.
Chloe tomó su mano.
—¿Tú te arrepientes?
—Sí.
Ella se sorprendió.
—¿De casarte conmigo?
—De que hayas tenido que pagar el precio de protegerme.
Chloe negó.
—No fue un precio.
—Todo tiene uno.
—Entonces lo elegí.
Arthur la observó.
—Prométeme algo.
—Depende.
—No dejes que mis hijos te vuelvan dura.
—Arthur…
—Ni ellos, ni los periodistas, ni yo.
Chloe sintió lágrimas.
—No puedo prometer eso.
—Inténtalo.
—Eso sí.
Arthur sonrió.
—Bien.
Durante aquellas semanas habló con cada hijo.
Cambió algunas cosas en su testamento.
No para castigar.
Para corregir.
Charles mantendría una participación empresarial, pero sin control exclusivo.
Victoria recibiría bienes personales de su madre y una asignación.
Edmund administraría una fundación solo si aceptaba supervisión independiente.
Chloe no recibiría la fortuna.
Arthur dejó una suma modesta suficiente para ayudarla a terminar los estudios sin deuda.
Ella protestó.
—Dije que no quería nada.
—Y yo dije que quizá quisiera dejarte algo.
—Arthur.
—No puedes ganar todas las discusiones.
También dejó fondos para un programa médico.
El mismo tipo de fondo que había pagado el tratamiento de Elena.
Pero esta vez tenía nombre.
The Quiet Mercy Fund.
Fondo Misericordia Silenciosa.
—Pésimo nombre —dijo Chloe.
—Estoy muriendo. Tengo privilegios creativos.
Ella rio.
Fue una de las últimas veces que lo escuchó bromear con fuerza.
Durante aquellos ciento diecinueve días, Chloe también aprendió que acompañar a alguien al final de la vida no significaba vivir permanentemente dentro de la tristeza.
Hubo mañanas absurdas.
Arthur insistió en enseñar a Elena a jugar ajedrez y perdió dos partidas seguidas.
—Me has dejado ganar —dijo ella.
—Estoy enfermo, no soy santo.
Hubo tardes en que discutió con Chloe sobre su dieta.
—El cardiólogo dijo poca sal.
—El cardiólogo no tiene que comer esto.
—Arthur.
—Un hombre debería tener derecho a un poco de queso antes de morir.
—Un poco.
—Define “poco”.
También hubo silencios.
Uno de los más difíciles llegó cuando Arthur pidió que retiraran varias cajas del dormitorio de su esposa.
Habían permanecido allí desde su muerte.
Charles ayudó.
Abrió una caja y encontró vestidos.
Se quedó inmóvil.
—Huelen como ella.
Arthur tocó la tela.
—Yo dejé de entrar aquí durante un año después.
Charles lo miró.
—No lo sabía.
—No os dije nada.
—Nunca nos decías nada.
Arthur asintió.
—Ese fue uno de mis errores.
Charles se sentó en el suelo.
Padre e hijo pasaron una hora revisando fotografías.
Chloe observó desde el pasillo y decidió no entrar.
No todo necesitaba su presencia.
Aquella fue otra lección.
Cuidar también significaba saber cuándo retirarse.
Más tarde, Arthur le preguntó:
—¿Por qué no viniste?
—Era vuestro momento.
—Eres mi familia también.
—Sí.
Chloe sonrió.
—Y por eso sé que no tengo que estar en cada habitación.
Arthur la miró con afecto.
—Eres demasiado joven para entender tantas cosas.
—Y tú demasiado viejo para seguir sorprendiéndote.
Él soltó una carcajada que terminó en tos.
Chloe se acercó inmediatamente.
Arthur levantó una mano.
—Estoy bien.
Ella esperó.
Respiró mejor.
Entonces Arthur dijo:
—Ves. Eso.
—¿Qué?
—No me tratas como porcelana.
—A veces eres más difícil que la porcelana.
Arthur sonrió.
Esos momentos simples fueron los que Chloe recordaría con mayor claridad.
No la audiencia.
No los titulares.
No el testamento.
El queso prohibido.
El ajedrez.
Las fotografías.
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La respiración que volvía después de una tos.
La vida, incluso cerca de la muerte, seguía estando hecha de cosas pequeñas.