Capítulo 7 - La firma del muerto

El documento había sido autenticado por un notario y registrado aquella mañana.
Según el archivo, Richard había transferido sus acciones a Ethan dos semanas antes.
La firma parecía perfecta.
Pero Richard nunca había visto el contrato.
Helen revisó los registros digitales.
—Utilizaron su firma de la adquisición de Denver —explicó—. La copiaron y la insertaron en otro documento.
Ethan necesitaba que el consejo creyera que la transferencia era legítima el tiempo suficiente para vender las acciones.
Ya había encontrado un comprador extranjero.
Si la operación se completaba, perderían el control de la empresa incluso después de demostrar la falsificación.
La venta estaba programada para las seis de la tarde.
Quedaban menos de dos horas.
Richard llamó al banco.
El responsable se negó a detener la transacción sin una orden judicial.
Claire observó el documento.
—Hay algo extraño.
La fecha de la firma coincidía con el día en que Richard supuestamente se encontraba en Boston.
Pero su pasaporte demostraba que estaba en Londres.
—Eso no bastará para detenerla a tiempo —dijo Helen.
Claire señaló el sello notarial.
Pertenecía a Anthony Hale, hermano de Marcus.
Anthony había muerto cinco meses antes.
Utilizaron la identidad de un hombre fallecido para validar el contrato.
La fiscalía consiguió una orden de emergencia.
La transferencia fue congelada apenas siete minutos antes de completarse.
Ethan intentó abandonar el país desde un aeropuerto privado.
Richard llegó junto con la policía.
Encontró a su hijo junto a un avión, sosteniendo una maleta y un pasaporte falso.
—Se acabó —dijo Richard.
Ethan lo miró con desprecio.
—Siempre preferiste la empresa antes que a mí.
—No golpeaste a Claire porque yo fuera un mal padre.
—Me enseñaste que los Caldwell nunca pierden.
—Te enseñé a trabajar.
—Me enseñaste que el poder es lo único que importa.
Richard se acercó lentamente.
—Quizá confundiste mi éxito con el derecho a destruir a otras personas. Ese fue mi fracaso.
Ethan abrió la puerta del avión.
—Apártate.
—No.
Ethan intentó golpearlo.
Richard bloqueó el puño, sujetó su brazo y lo empujó contra el fuselaje.
Los agentes avanzaron.
Ethan cayó de rodillas mientras le colocaban las esposas.
—¡Soy tu hijo! —gritó.
Richard lo miró.
—Y Claire era tu esposa. El bebé era tu hijo. Eso no te detuvo.
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El avión permaneció en tierra.
Por primera vez, Ethan no podía comprar, amenazar ni golpear a nadie para abrirse una salida.