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Chapter 6 - Marido y mujer

Adrian los guio por un antiguo túnel de mantenimiento.

Thomas permaneció con el personal médico detrás de una puerta reforzada.

Daniel y Emilia avanzaron por la oscuridad.

—Quédate detrás de mí.

Emilia casi rio.

—Sigues diciendo cosas como si fuéramos un matrimonio normal.

Daniel miró atrás.

—Los matrimonios normales probablemente no pasan el segundo día escapando por túneles médicos.

—Me prometiste una vida de lujo.

—Técnicamente el túnel es propiedad privada.

A pesar de todo, ella rio.

Daniel la miró sorprendido.

Era la primera vez que la oía reír desde la boda.

Llegaron a un aparcamiento subterráneo.

Adrian esperaba junto a un vehículo negro.

Daniel se detuvo.

Los hermanos se miraron.

Doce años.

Adrian tenía cincuenta.

Canas entre el cabello.

Una fina cicatriz en la frente.

—Hermanito.

Daniel lo golpeó.

Adrian cayó contra el coche.

Emilia soltó un grito.

Adrian se tocó el labio sangrante.

Luego asintió.

—Me lo merecía.

Daniel lo agarró de la chaqueta.

—¿Intentaste matarme?

—No.

—¿Robaste a la empresa?

—Sí.

—Al menos admites algo.

Adrian lo empujó.

—Cometí delitos. Papá cometió delitos. Marcus cometió cosas peores.

—¿Y Sarah Klein?

Adrian se detuvo.

La voz de Daniel se quebró.

—Era nuestra contable. Murió.

Adrian bajó la mirada.

—Yo no la maté.

—Pero sabías que estaba en peligro.

—Sí.

Daniel parecía dispuesto a golpearlo otra vez.

Emilia se colocó entre ambos.

—Basta.

Los dos la miraron.

—Ya decidiréis qué hermano merece qué golpe cuando sobrevivamos.

Adrian casi sonrió.

—Me cae bien.

Daniel lo fulminó.

—No.

Se dirigieron a una antigua oficina de transporte abandonada.

Adrian había reunido pruebas durante años.

Los documentos demostraban que Marcus lavaba dinero utilizando empresas de ambos bandos.

Cada vez que los investigadores se acercaban, daba a cada hermano suficiente información para que culpara al otro.

—¿Por qué no contactaste con Daniel?

Adrian parecía avergonzado.

—Porque yo mismo había hecho suficientes cosas como para creer que Daniel me entregaría a la fiscalía.

—¿Lo habrías hecho? —preguntó Emilia a Daniel.

—Sí.

Adrian se encogió de hombros.

—¿Ves?

—Pero te habría escuchado primero.

Eso lo silenció.

El colgante contenía la última clave de autenticación.

Combinada con los registros de Adrian y el archivo corporativo de Daniel, podía desbloquear toda la historia.

Nombres.

Pagos.

Sobornos.

Muertes.

Suficiente para destruir a Marcus.

También suficiente para exponer a la familia Beaumont.

Daniel lo entendió.

Si todo salía a la luz, la reputación de su padre se derrumbaría.

La compañía podía perder miles de millones.

Él mismo podía perder su posición.

Emilia lo observó.

—¿Qué vas a hacer?

Daniel miró los datos.

Y dijo:

—Publicarlo.

Adrian lo miró.

—¿Todo?

—Todos los delitos.

—Vas a destruir el legado de papá.

Daniel lo miró.

—Bien.

No dudó.

Emilia vio algo cambiar dentro de él.

Durante doce años había ocultado su rostro para preservarse.

Ahora estaba dispuesto a destruir la mentira que preservaba el nombre de su familia.

Adrian contactó con un fiscal federal de confianza.

Las copias serían enviadas simultáneamente a las autoridades y a varios periodistas.

Pero Marcus tenía una última ventaja.

Todavía controlaba la seguridad Beaumont.

Y sabía dónde estaba la familia de Emilia.

El teléfono de ella sonó.

Marcus.

Contestó.

—Emilia.

—¿Qué?

—Tu padre ha sido trasladado.

Su rostro perdió el color.

Daniel tomó el teléfono.

—¿Dónde?

Marcus rio.

—A tu mansión.

Daniel quedó inmóvil.

Marcus continuó.

—Volved a casa, marido y mujer.

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Pausa.

—Y traed el colgante.

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