Chapter 2 - El rostro que nadie debía ver

Emilia no podía dejar de mirarlo.
El verdadero rostro de Daniel era atractivo, aunque aquello importaba poco.
Lo importante era la mentira.
Doce años.
Fotografías.
Artículos de prensa.
Rumores.
Un multimillonario supuestamente desfigurado para siempre.
Todo falso.
—¿Quién intentó matarte?
Daniel tomó la prótesis.
—Mi hermano.
Emilia parpadeó.
—Pensaba que eras hijo único.
—Eso es lo que cree casi todo el mundo.
Se sirvió agua.
—Mi hermano mayor, Adrian, debía heredar Beaumont Industries.
Daniel explicó que su padre había construido uno de los mayores imperios del país en logística y productos farmacéuticos.
Adrian siempre había sido el heredero público.
Daniel prefería trabajar detrás de escena.
Entonces su padre descubrió algo.
Millones desaparecían a través de filiales.
Facturas falsas.
Empresas fantasma.
Contratos ilegales.
Adrian estaba implicado.
Cuando su padre amenazó con apartarlo de la compañía, Adrian culpó a Daniel.
—¿Por qué?
—Porque yo encontré las cuentas.
Daniel caminó hacia la ventana.
—Hace doce años debía reunirme con mi padre en nuestra casa de campo. Adrian llegó primero.
La casa se incendió aquella noche.
Encontraron dos cuerpos.
Uno era el del chófer de Daniel.
El otro nunca pudo identificarse de manera concluyente.
Daniel sobrevivió porque un jardinero lo sacó por la parte trasera de la propiedad.
Tenía quemaduras leves.
Nada parecido a las lesiones que el público vería más tarde.
—Entonces, ¿por qué inventar las cicatrices?
—El jefe de seguridad de mi padre me convenció de que quien hubiera organizado el incendio lo intentaría de nuevo si sabía que yo había sobrevivido casi intacto y que tenía pruebas.
—Así que fingiste.
—Al principio, solo mientras investigaban.
—¿Durante doce años?
Daniel sonrió con amargura.
—Luego murió mi padre.
—¿Y Adrian?
—Desapareció.
La versión oficial decía que Adrian había muerto en el extranjero dos años después.
Daniel nunca lo creyó.
—Alguien seguía intentando acceder a archivos de la empresa. Desaparecieron testigos. Un contable murió en lo que la policía llamó un robo.
Emilia se abrazó a sí misma.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Daniel la miró.
—Esa es la pregunta que llevo haciéndome desde ayer.
El estómago de Emilia se tensó.
—¿Qué quieres decir?
Daniel se acercó a un escritorio.
Abrió un cajón y sacó una fotografía.
La dejó delante de Emilia.
La imagen mostraba a Emilia saliendo del hospital tres semanas antes.
Llevaba papeles en la mano.
Al otro lado de la calle había un hombre con abrigo oscuro.
Observándola.
—¿Quién es?
—No lo sabemos.
Otra foto.
Su apartamento.
El mismo hombre.
Otra.
El lugar de trabajo de su padre.
La respiración de Emilia cambió.
—¿Por qué alguien nos seguía?
Daniel se sentó frente a ella.
—La empresa de tu padre es una filial de Beaumont.
Ella lo miró.
—No.
—Sí.
—Mi padre trabaja en mantenimiento de almacenes.
—Trabajaba.
—¿Trabajaba?
Daniel dudó.
—Tu padre se desplomó después de entrar en una sala de archivos restringida.
Emilia se levantó de golpe.
—Dijiste que tenía un problema cardíaco.
—Lo tiene.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
—Que quizá su colapso no fue casual.
El miedo volvió a Emilia.
Solo que ahora ya no tenía nada que ver con el rostro de Daniel.
—¿Sabías esto cuando me propusiste casarnos?
—No.
—¿Cuándo lo supiste?
—Esta mañana.
Ella soltó una risa sin humor.
—Bonito regalo de boda.
Daniel ignoró el sarcasmo.
—Mi equipo de seguridad investigó a tu familia después de que aceptaras la propuesta. Procedimiento estándar.
—Nos investigaste.
—Sí.
—Sin decírmelo.
—Sí.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Dices “sí” a cosas terribles con demasiada facilidad.
—Mentir no las mejoraría.
Aquella honestidad irritante de nuevo.
Daniel continuó.
—Tu padre accedió a una serie de registros de transporte archivados. Registros relacionados con las mismas cuentas que Adrian utilizó hace doce años.
Emilia se sentó lentamente.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—No lo sé.
Entonces Daniel dijo algo peor.
—Pero alguien creyó que había encontrado algo.
Emilia miró el informe médico.
Su padre estaba vivo.
Estable.
Rodeado de médicos.
De repente aquello ya no le parecía suficientemente seguro.
—Tenemos que ir.
—Mi seguridad ya está en el hospital.
—No es suficiente.
Daniel la estudió.
Horas antes ella había gritado cuando él se acercó.
Ahora estaba frente a él exigiéndole actuar.
—Emilia.
—Llévame con mi padre.
Él asintió.
—Coge tu abrigo.
Cuando ella caminó hacia la puerta, Daniel la detuvo.
—Una cosa más.
Emilia se volvió.
Él sostenía el rostro protésico.
—Fuera de esta habitación tengo que llevar esto.
—¿Por qué?
—Porque quien te está observando quizá también me observe a mí.
Comenzó a colocarlo cuidadosamente.
Pieza a pieza, el desconocido atractivo desapareció.
Regresó el multimillonario cicatrizado.
Emilia observó en silencio.
Cinco minutos después, Daniel Beaumont volvía a parecer el hombre aterrador que todo el mundo conocía.
Pero ahora Emilia entendía algo que los demás no.
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El rostro aterrador no escondía a un monstruo.
Escondía a un objetivo.