CAPÍTULO 3

El sonido de la camioneta de Arturo alejándose a toda velocidad dejó un vacío incómodo en nuestro patio. Era como si después de una tormenta violenta, nos quedáramos todos viendo los destrozos sin saber por dónde empezar a limpiar. La música norteña seguía apagada. Nadie se atrevía a ir a la bocina para encenderla de nuevo.
Mi papá, con la mandíbula tensa y el ceño fruncido, caminó de regreso al asador. Agarró las pinzas que había tirado y empezó a sacar los cortes de carne de la parrilla. La carne estaba completamente carbonizada por un lado, soltando un humo espeso y negro que picaba en los ojos.
—Se echó a perder —murmuró mi papá, tirando los pedazos quemados en una bandeja de aluminio.
Pero todos sabíamos que no hablaba solo de la comida. La fiesta se había arruinado. El cumpleaños de mi abuela, que llevábamos semanas planeando con tanto esfuerzo, se había convertido en una escena de pesadilla por culpa de la arrogancia de un solo tipo.
Mi tía Rosa seguía parada en el mismo lugar, abrazándose a sí misma, con la cara manchada de lágrimas y el maquillaje corrido. Miró a mi papá, luego me miró a mí, y en lugar de disculparse o aceptar la realidad, hizo lo que siempre hacía: buscar un culpable que no fuera su hijo.
—Ustedes tienen la culpa —soltó mi tía Rosa, con la voz temblorosa pero llena de resentimiento—. Siempre lo están provocando. Saben que Arturo es de mecha corta y ahí van a buscarle pleito.
Mi papá soltó las pinzas sobre el metal del asador con un golpe seco. Se limpió las manos en el delantal y caminó hacia ella. Su rostro estaba rojo de coraje.
—¡Ya basta, Rosa! —le gritó mi papá, con una voz tan fuerte que hizo saltar a un par de primos que estaban sentados cerca—. ¡Ya basta de tus excusas! ¡Abre los ojos por una maldita vez en tu vida! Tu hijo no es un niño travieso, es un delincuente. Y hoy vino a faltarle al respeto a tu propia madre en su casa.
—¡No le hables así a mi hijo! —chilló mi tía, señalando a Don Ernesto—. Y todo por culpa de este señor. ¿Quién se cree que es para venir a amenazar a mi muchacho en una fiesta familiar? ¡Es un viejo amargado!
Don Ernesto, que seguía de pie junto a la mesa, no se inmutó. Mantuvo su postura tranquila, acomodándose los lentes. Estaba acostumbrado a los gritos de los familiares en los juzgados. Sabía que el dolor de una madre muchas veces se disfraza de enojo ciego.
Pero mi papá no tenía la misma paciencia.
—Este señor es el único que tuvo el valor de ponerle un alto al cobarde de tu hijo —le respondió mi papá, señalando la puerta de la calle—. Si no te gusta, ahí está la salida, Rosa. Pero aquí, en esta casa, no vas a venir a defender lo indefendible. No después de lo que le hizo a la abuela.
El silencio volvió a caer sobre todos nosotros. Era la primera vez que mi papá le hablaba así a su hermana. Mi tía Rosa lo miró con odio, agarró su bolsa de mano de una de las sillas, y caminó hacia la salida pisando fuerte.
—Se van a arrepentir de esto —dijo mi tía antes de salir y tirar la puerta de herrería con tanta fuerza que el metal retumbó en las paredes.
Yo sentí un nudo en la garganta. Me acerqué a la mesa principal. Mi abuela Carmelita seguía ahí, con la mirada perdida en el mantel de flores. Frente a ella estaban los dos pedazos rotos del bastón de caoba de mi abuelo. Las astillas en los bordes rotos se veían como heridas abiertas en la madera oscura.
—Abuela… —le dije suavemente, tocándole el hombro.
Ella levantó la vista. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Ya no estaba llorando, pero su rostro reflejaba un cansancio profundo, un agotamiento que iba más allá de sus ochenta años. Era el cansancio de ver a su familia rompiéndose frente a ella.
—Llévame a mi cuarto, mijo —me pidió con un hilo de voz—. Ya me duele mucho la espalda.
Asentí con la cabeza. La tomé del brazo con mucho cuidado para ayudarla a levantarse de la silla de plástico. Al no tener su bastón, su cuerpo se inclinó pesadamente hacia la izquierda. Tuve que pasar mi brazo por detrás de su cintura para sostenerla por completo. Sentir su fragilidad, lo delgada que estaba, me llenó de una rabia nueva contra Arturo.
Caminamos despacio por el patio, esquivando las mesas. Mis tíos y primos nos miraban en silencio, algunos bajando la cabeza por respeto. Nadie dijo nada.
Entramos a la casa. El ambiente adentro era fresco y olía a limpio, a ese característico olor a limpiador de pino y al VapoRub que mi abuela siempre tenía en su buró. La llevé hasta su recámara, un cuarto pequeño pero lleno de recuerdos. Había un altar en la esquina con la Virgen de Guadalupe, velas a medio consumir, y muchas fotografías enmarcadas de todos nosotros cuando éramos niños.
En el centro del buró, justo al lado de su cama, estaba la foto de mi abuelo. Una imagen en blanco y negro de un hombre sonriente con sombrero.
Ayudé a mi abuela a sentarse en la orilla de la cama. Se quitó los zapatos con lentitud y se frotó las rodillas.
—Mijo —me dijo, sin mirarme, con los ojos fijos en la foto de mi abuelo—. Tráeme los pedazos.
—Abuela, no —le respondí, sintiendo que se me rompía el corazón—. Mejor los guardo yo en el taller de mi papá. A lo mejor mañana podemos llevarlos con un carpintero para que los pegue o le ponga un refuerzo de metal.
Mi abuela negó con la cabeza lentamente.
—La madera cuando se rompe así de feo, ya no vuelve a ser igual, mijo. Aunque la pegues, la herida se queda ahí. Trae los pedazos. Quiero tenerlos aquí.
No pude decirle que no. Salí de la casa, regresé al patio y me acerqué a la mesa. Don Ernesto seguía ahí, platicando en voz muy baja con mi papá. Recogí los dos pedazos de caoba. Pesaban más de lo que imaginaba. La madera era sólida, fina. Me di cuenta de la fuerza brutal que Arturo tuvo que haber usado para partirla de un solo golpe contra la barda. Lo hizo con odio. Lo hizo para destruir.
Regresé al cuarto y le entregué los pedazos a mi abuela. Ella los tomó con sus manos temblorosas y los acomodó con mucho cuidado sobre el buró, justo debajo de la fotografía de mi abuelo. Pasó sus dedos por las flores talladas en la empuñadura, acariciando la madera como si estuviera consolando a una persona.
—Ya salte a atender a la visita, mijo —me dijo, acomodándose en la cama—. Yo me voy a dormir un rato.
Le di un beso en la frente y apagué la luz del foco, dejando solo el brillo de la veladora del altar. Cerré la puerta despacio.
Cuando regresé al patio, la fiesta ya se estaba desarmando. Muchos de los invitados, sintiéndose incómodos por la situación y por la ausencia de la abuela, empezaron a despedirse temprano. Mi mamá estaba guardando comida en recipientes de plástico con una expresión de tristeza que me dolía ver. Había pasado días preparando la barbacoa y el arroz, y ahora casi nadie quería comer.
Me acerqué a mi papá y a Don Ernesto. Estaban sentados en unas sillas de plástico, apartados de los demás.
—No se preocupe, Don Ernesto —le estaba diciendo mi papá—. Usted hizo lo correcto. Esa fue la mejor lección que alguien le ha dado a ese muchacho en toda su vida.
El juez tomó un trago de su agua mineral, que ya estaba caliente, y suspiró.
—Te agradezco tus palabras, compadre —respondió Don Ernesto—, pero te mentiría si te dijera que me siento tranquilo. En mis años en el tribunal, he visto muchos perfiles como el de tu sobrino. Son muchachos que crecen creyendo que el miedo que inspiran es respeto. Y cuando alguien les quita la máscara frente a los demás, cuando se sienten humillados… no reaccionan con reflexión, reaccionan con revancha.
Las palabras del juez me cayeron como un balde de agua fría. Yo había pensado exactamente lo mismo. Arturo no se iba a quedar con los brazos cruzados después de haber sido avergonzado frente a sus amigos de esa manera.
—¿Cree que intente algo? —pregunté, metiéndome en la conversación y jalando una silla para sentarme con ellos.
Don Ernesto me miró fijamente. Sus ojos grises eran calculadores, evaluando cada posibilidad.
—El martes se tiene que presentar en el juzgado de ejecución —dijo el juez, cruzando los brazos—. Si no lo hace, se convierte en prófugo. En su mente ahora mismo, él debe estar pensando que su vida está arruinada. Y la gente acorralada hace estupideces. Tenemos que estar alerta hoy.
El sol empezó a ocultarse. El cielo de nuestra ciudad se tiñó de tonos naranjas y morados. Mi papá encendió los focos colgantes que cruzaban el patio de lado a lado. La poca familia que quedaba nos ayudó a recoger las mesas y barrer el cemento. El ambiente era de un silencio pesado, interrumpido solo por el sonido de las escobas y el claxon lejano de los carros en la avenida.
Eran cerca de las ocho de la noche cuando la mayoría ya se había ido. Solo quedábamos mi papá, mi mamá, Don Ernesto y yo. Estábamos sentados en la sala de la casa, sintiendo el cansancio del día caer sobre nuestros hombros.
De repente, sentí que mi celular vibraba en la bolsa del pantalón.
Lo saqué. Era un número desconocido. No era una llamada, era un mensaje de audio por WhatsApp. Sentí un hueco en el estómago. Sabía que no debía ser nada bueno.
Me levanté del sillón sin decir nada y caminé hacia la cocina para tener privacidad. Me puse el celular en la oreja y le di reproducir.
El audio empezó con ruido de fondo, música de banda a todo volumen y el sonido de botellas chocando. Luego, escuché una voz. No era Arturo, era uno de sus amigos, el que traía la cabeza rapada a los lados.
—Oye, pinche chismoso —decía la voz, arrastrando las palabras, claramente borracho—. Te pasaste de lanza. Arturo está bien loco ahorita, güey. Anda bien prendido. Dice que el viejo ese de la guayabera se la va a pagar. Que nadie lo humilla frente a su raza y se queda tan tranquilo. Y tú también, por andarte metiendo donde no te llaman. Duerman con un ojo abierto, cabrones, porque la noche es larga.
El audio terminó.
Me quedé congelado en medio de la cocina. El corazón me empezó a latir tan fuerte que lo sentía en los oídos. No era una amenaza vacía. Conociendo a Arturo, y sabiendo con la clase de gente que se juntaba en los barrios pesados de la ciudad, esto iba muy en serio. Estaba herido en su orgullo, y con alcohol de por medio, era capaz de cualquier locura.
Apreté el celular en mi mano y caminé de regreso a la sala. Mi cara debió haber reflejado el pánico, porque en cuanto mi papá me vio, se puso de pie de inmediato.
—¿Qué pasó? —me preguntó mi papá, preocupado—. Estás pálido.
Miré a Don Ernesto, que también me observaba con atención. No tenía caso ocultarlo. Teníamos que actuar rápido.
—Me acaban de mandar un mensaje —dije, tratando de que la voz no me temblara—. Son los amigos de Arturo. Dicen que está furioso. Que viene a buscar a Don Ernesto para ajustar cuentas.
Mi mamá soltó un grito ahogado y se llevó las manos al pecho.
—¡Virgen Santa! —exclamó mi mamá, temblando—. ¡Le voy a hablar a la policía ahorita mismo!
—No, mamá, espera —la detuve, sabiendo que las patrullas en nuestra zona a veces tardaban más de cuarenta minutos en llegar los domingos por la noche, si es que llegaban—. Si vienen los municipales y Arturo está con su gente, se va a armar una balacera aquí mismo. Tenemos a la abuela en el cuarto, no podemos arriesgarnos a un enfrentamiento en la casa.
Don Ernesto se levantó del sillón con una calma asombrosa. Se ajustó el cuello de la guayabera y revisó sus bolsillos para asegurarse de que traía sus llaves y su cartera.
—El muchacho tiene razón —dijo el juez, con un tono firme—. El objetivo de ese delincuente soy yo. Si me quedo aquí, pongo en riesgo a su familia, y eso es algo que no voy a permitir. Me voy a mi hotel en este momento.
—¿Cómo se va a ir solo, Don Ernesto? —intervino mi papá, negando con la cabeza—. Es una locura. Allá afuera puede estar esperándolo.
—Yo lo llevo —dije rápido, sacando las llaves de mi carro de la bolsa—. Mi carro está estacionado aquí afuera, a media cuadra. Lo subo, lo saco de la colonia por las calles de atrás y lo dejo seguro en su hotel en el centro. Arturo no conoce mi carro nuevo.
Mi papá me miró con duda. Sabía que era arriesgado, pero también sabía que era la opción más rápida para sacar el peligro de nuestra casa y proteger a mi abuela.
—Con cuidado, hijo —me dijo mi papá, poniéndome una mano pesada en el hombro—. Si ves algo raro, no te pares. Aceleras y te vas directo a la comandancia de policía, ¿entendido?
—Entendido, papá.
Mi mamá me dio la bendición rápidamente, con lágrimas en los ojos.
Don Ernesto y yo caminamos hacia la puerta principal de la casa, la que daba directo a la calle, no al patio. Abrí las chapas con cuidado, tratando de no hacer ruido.
La calle estaba oscura. Una de las luminarias del municipio llevaba semanas fundida, dejando nuestra banqueta casi en penumbras. Solo la luz amarilla de las casas vecinas iluminaba un poco el pavimento. Hacía un poco de frío, ese viento helado que a veces baja por las noches en la ciudad. A lo lejos, se escuchaba el ladrido de los perros callejeros de la cuadra.
Todo parecía tranquilo, pero era una tranquilidad engañosa.
—Pegado a la pared, Don Ernesto —le susurré.
Caminamos rápido. Mis tenis apenas hacían ruido sobre el cemento, pero los zapatos de vestir del juez resonaban con cada paso. Miré hacia ambos lados de la calle. No había ninguna camioneta negra a la vista. No había nadie recargado en los postes. Respiré un poco más aliviado.
Mi carro, un sedán gris, estaba estacionado bajo la sombra de un árbol grande a unos cuarenta metros de mi casa.
Sacudí las llaves en mi mano para quitar la alarma. El sonido del seguro botando hizo un “clac” que me pareció ensordecedor en medio de la calle silenciosa.
—Suba rápido, yo le abro —le dije al juez.
Llegamos al carro. Abrí la puerta del copiloto y Don Ernesto se metió rápidamente, acomodándose en el asiento. Cerré la puerta y rodeé el auto por la parte de atrás para subirme al asiento del conductor.
Mi mano agarró la manija de la puerta.
Fue en ese instante que lo escuché. El rugido inconfundible de un motor acelerando a fondo.
Giré la cabeza.
De la calle perpendicular, a toda velocidad y sin las luces encendidas, salió la camioneta negra de Arturo. Las llantas rechinaron contra el pavimento al dar la vuelta de manera brusca.
Se dirigió directamente hacia nosotros.
Antes de que pudiera abrir mi puerta o gritarle a Don Ernesto, la camioneta se detuvo en seco justo frente a mi carro, bloqueándome por completo la salida. Quedó atravesada a mitad de la calle.
Las luces altas de la camioneta se encendieron de golpe, cegándome. Tuve que levantar el brazo para cubrirme los ojos de la luz intensa.
El corazón se me subió a la garganta. Estábamos atrapados.
Escuché el sonido metálico de cuatro puertas abriéndose al mismo tiempo.
A través del resplandor de las luces, vi siluetas bajando de la camioneta. No eran solo los dos amigos de la tarde. Eran cuatro tipos en total. Y en medio de ellos, iluminado por los faros, estaba Arturo.
Caminaba diferente ahora. Ya no había miedo en él. Estaba en su territorio, estaba rodeado de su gente, y estaba lleno de esa valentía barata que da el alcohol y la furia.
En su mano derecha, arrastrándolo ligeramente por el pavimento y produciendo un sonido raspante que me puso los pelos de punta, Arturo llevaba un bate de béisbol de aluminio.
—¡Bájate, pinche juez! —gritó Arturo con una voz desgarrada, golpeando el cofre de mi carro con el bate, dejando una abolladura profunda—. ¡Bájate ahorita mismo si eres tan hombre, cabrón! ¡Vamos a ver quién manda aquí afuera!
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Yo estaba afuera del carro, congelado, con la mano aún en la manija de mi puerta. Los tres tipos que venían con él empezaron a rodearnos lentamente, cerrando el círculo en la calle oscura.
Estábamos completamente solos frente a ellos, y Arturo venía dispuesto a cobrarse la humillación con sangre.