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CAPÍTULO 1

El sol pegaba con fuerza sobre el toldo de lona que mi papá había rentado para el patio trasero de la casa. Era domingo, uno de esos domingos clásicos en nuestra familia donde el olor a carne asada, a cebollitas y a salsa tatemada inundaba toda la cuadra. Estábamos celebrando el cumpleaños número ochenta de mi abuela Carmelita.

Todo parecía perfecto, o al menos, tan perfecto como puede ser una reunión en una familia tan grande y ruidosa como la nuestra. Las mesas de plástico estaban cubiertas con manteles de flores, las hieleras rebosaban de refrescos y cervezas, y de fondo sonaba una bocina con música norteña a un volumen que apenas nos dejaba platicar.

Yo estaba en la esquina del patio, ayudando a mi papá a voltear los cortes de carne en el asador, pero mi mirada no dejaba de ir hacia el centro de la fiesta. Allí estaba mi abuela.

Doña Carmelita era el pilar de todos nosotros. Una mujer de piel curtida por los años, de cabello completamente blanco recogido en un moño impecable, y con unas manos delgadas que temblaban un poco debido a la edad. Llevaba puesto su vestido dominguero favorito, uno de color vino con pequeños bordados en el cuello. Estaba sentada en su silla acolchada, la que le sacábamos especialmente a ella para que no le doliera la espalda.

Y junto a ella, apoyado contra la mesa, estaba su bastón.

Ese bastón no era un pedazo de madera cualquiera. Era una pieza artesanal de caoba, tallada a mano, que mi abuelo le había traído de Oaxaca hace más de veinte años, justo antes de fallecer. Tenía grabadas unas pequeñas flores en la empuñadura. Para mi abuela, ese bastón no era solo su apoyo para caminar, era como una extensión de su brazo, un recuerdo constante del amor de su vida. Lo cuidaba con un recelo increíble. Si alguien lo movía de lugar, ella se angustiaba.

A la derecha de mi abuela estaba sentado un invitado inusual. Era Don Ernesto.

Don Ernesto era un hombre mayor, calculo que de unos setenta años, pero con una postura tan recta que imponía respeto con solo mirarlo. Llevaba una guayabera blanca, pantalones de lino bien planchados y el cabello gris peinado hacia atrás. Mi papá lo había invitado porque, según nos contó, Don Ernesto había sido un gran amigo de mi abuelo en su juventud y, tras muchos años viviendo en el norte del país, acababa de regresar a la ciudad para jubilarse.

Era un hombre de pocas palabras. Llevaba un par de horas ahí, bebiendo su agua mineral con un toque de limón, escuchando las anécdotas de mi abuela y asintiendo con una sonrisa discreta. Nadie en la familia, aparte de mi papá y mi abuela, sabía a qué se había dedicado Don Ernesto toda su vida. Era simplemente “el amigo del abuelo”.

Todo estaba tranquilo hasta que escuchamos el motor inconfundible de esa camioneta negra estacionándose de golpe frente a la casa.

El ambiente cambió de inmediato. Mi mamá, que estaba repartiendo platos con arroz, soltó un suspiro pesado. Mi papá apretó las pinzas del asador. Yo sentí que el estómago se me revolvía.

Era Arturo.

Arturo es el hijo de la hermana menor de mi mamá, mi tía Rosa. Desde que éramos niños, Arturo fue el clásico problema con patas. Pero no el tipo de problema inofensivo de un niño travieso; Arturo tenía malicia. Siempre rompía las cosas de los demás, siempre mentía, siempre buscaba cómo aprovecharse. Y mi tía Rosa, en su ceguera de madre, siempre lo justificaba. “Es que el niño es muy activo”, “Es que ustedes lo provocan”.

Con los años, el “niño activo” se convirtió en un tipo insoportable. Tenía veinticinco años, pero actuaba como el dueño del mundo. Se la pasaba metido en problemas oscuros, juntándose con gente pesada, haciendo negocios que nadie en la familia quería preguntar de qué se trataban. Había estado a punto de pisar la cárcel un par de veces, pero siempre lograba zafarse, en parte por la ayuda de abogados que mi tía pagaba endeudándose hasta el cuello. Recientemente había estado bajo libertad condicional por un altercado violento, algo que la familia trataba de mantener en secreto por vergüenza.

Arturo entró al patio empujando la puerta de herrería con el pie.

Venía vestido con una camisa desabotonada casi hasta el ombligo, cadenas doradas que brillaban con el sol, y unos lentes oscuros que no se quitó a pesar de estar bajo la sombra de la lona. Detrás de él venían dos de sus amigos, tipos con cortes de cabello rapados a los lados y miradas desafiantes que no saludaron a nadie.

—¡Ya llegó la alegría de la fiesta! —gritó Arturo, abriendo los brazos exageradamente. Su voz sonaba rasposa, y por la forma en que caminaba, arrastrando un poco los pies, era evidente que ya venía con unas cervezas de más.

Mi tía Rosa corrió a abrazarlo, ignorando por completo la incomodidad de todos los demás.

—Mi niño, qué bueno que llegaste, tu abuelita ya te estaba esperando —dijo ella, acariciándole la cara.

Mentira. Mi abuela le tenía miedo a Arturo, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

Arturo avanzó por el patio como si fuera el dueño del lugar. Agarró una cerveza de la hielera sin pedir permiso, chocó el puño con un par de primos menores que lo veían con falsa admiración, y se dirigió hacia la mesa principal donde estaba mi abuela.

Yo dejé las pinzas en la parrilla y me limpié las manos en el delantal. Instintivamente di unos pasos hacia la mesa. No me gustaba cuando Arturo se acercaba a Doña Carmelita. Siempre tenía que hacer un comentario pesado o una broma de mal gusto a expensas de ella para sentirse superior.

—¡Qué onda, abuela! —dijo, dándole una palmada en el hombro que fue demasiado brusca para el cuerpo frágil de ella—. ¿Cuántos cumples? ¿Cien? Ya hueles a panteón, ¿eh?

Mi abuela forzó una sonrisa nerviosa y bajó la mirada, acomodándose el chal sobre los hombros.

—Gracias por venir, mijo —murmuró ella con voz temblorosa.

Los dos amigos de Arturo soltaron una carcajada ronca, como si el comentario hubiera sido la cumbre de la comedia.

Don Ernesto, sentado justo al lado, no movió un solo músculo. Mantuvo su vaso de agua mineral sobre la mesa, pero noté que sus ojos, que hasta hace un momento eran cálidos, se fijaron en Arturo con una intensidad que me dio escalofríos. Era una mirada analítica, fría. Como si estuviera leyendo cada defecto en el alma de mi primo.

Arturo no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupado siendo el centro de atención. Se sirvió un trago de una botella de tequila que alguien había dejado en la mesa, sin usar vaso, directo de la boquilla.

—Oye, tía —le gritó a mi mamá al otro lado del patio—, ¿no hay comida de verdad o qué? Puro pinche taco de carne, yo quiero algo fino, para eso soy el invitado de honor.

Mi mamá cerró los ojos, respirando profundo para no arruinar la fiesta de la abuela, y simplemente le señaló las charolas de comida sin decir nada.

El ambiente se había vuelto pesado. Las conversaciones que antes eran animadas ahora eran murmullos tensos. Todos estábamos esperando a ver en qué momento Arturo cruzaba la línea, porque siempre lo hacía. Era su naturaleza. No soportaba que la atención estuviera en alguien más, ni siquiera en su abuela el día de su cumpleaños.

Se recargó en la mesa de plástico, haciéndola rechinar. Fue entonces cuando su mirada se cruzó con el bastón de madera tallada de mi abuela.

El bastón estaba recargado entre la silla y la mesa. Arturo lo miró por un segundo y una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro. Yo supe de inmediato que algo malo iba a pasar. Sentí que la sangre me hervía, pero me quedé quieto, paralizado por la rapidez de sus movimientos.

—A ver, abuela —dijo Arturo, alargando la mano—. Préstame tu varita mágica.

—No, mijo, por favor —suplicó mi abuela de inmediato, su voz quebrando de angustia mientras trataba de agarrar el bastón con sus manos temblorosas—. Es de tu abuelo, no me lo toques, lo vas a rayar.

Pero a Arturo no le importó. Con un movimiento rápido y brusco, le arrancó el bastón de las manos.

Mi abuela soltó un pequeño grito de sorpresa y sus manos se quedaron en el aire, vacías. Su rostro reflejaba una confusión dolorosa, como si le hubieran quitado una parte de sí misma.

—¡Uy, qué delicada! —se burló Arturo, sosteniendo el bastón en el aire como si fuera un trofeo—. Ni que fuera de oro esta madre vieja.

—¡Arturo, devuélveselo! —grité yo, dando un paso al frente, con los puños apretados.

Mi tía Rosa se interpuso rápidamente.

—Ay, ya vas a empezar de amargado —me reclamó mi tía—. Déjalo, nomás está jugando, ustedes siempre lo quieren hacer quedar mal.

Arturo me miró con desprecio desde la mesa principal.

—Tranquilo, primito, no te vayas a enojar —dijo con tono sarcástico—. Nomás le estoy checando la suspensión a la escoba de la abuela.

Los amigos de Arturo volvieron a reír. Arturo, motivado por su audiencia, empezó a girar el bastón en su mano, jugando con él. Hacía movimientos de espada, simulando que golpeaba a sus amigos, pasando a centímetros de la cara de los invitados más cercanos.

—¡Ey, cuidado! —dijo mi papá, acercándose desde el asador con el ceño fruncido.

Pero Arturo ya estaba en su propio mundo de arrogancia. Se sentía intocable. Se sentía invencible en medio de su familia que nunca le había puesto un límite real.

—¿Saben qué le falta a esta fiesta? —gritó Arturo, agarrando el bastón con ambas manos por los extremos—. ¡Le falta acción! ¡Le falta que la abuela aprenda a caminar sin muletas!

Todo ocurrió en cámara lenta.

Vi la intención en sus ojos un segundo antes de que lo hiciera. Quería demostrar su fuerza. Quería demostrar que él hacía lo que le daba la gana y nadie, absolutamente nadie, iba a detenerlo.

Arturo levantó el bastón de madera de caoba por encima de su cabeza.

Mi abuela levantó las manos, soltando un llanto ahogado.

Con un movimiento violento, Arturo bajó los brazos y estrelló el bastón con todas sus fuerzas contra el filo de la barda de ladrillos pelados que dividía nuestro patio del vecino.

El sonido de la madera partiéndose resonó por todo el patio como si fuera un disparo.

¡CRACK! El silencio que siguió fue absoluto, aplastante. La música norteña de la bocina parecía haber desaparecido. El humo de la carne asada se quedó suspendido en el aire.

El hermoso bastón de caoba, el último recuerdo del abuelo, se había partido en dos pedazos irregulares. Un pedazo cayó al suelo de cemento rodando bajo la mesa. El otro se quedó en la mano de Arturo, con astillas saliendo del borde roto.

Mi abuela se llevó las manos al rostro y empezó a llorar en silencio. Era un llanto que nos rompió el corazón a todos, un sonido de pura impotencia y tristeza.

—¡Qué te pasa, idiota! —le gritó mi papá, soltando las pinzas, listo para irse a los golpes.

Arturo, lejos de mostrar arrepentimiento, soltó una carcajada fuerte. Aventó el pedazo roto que tenía en la mano hacia un rincón del patio.

—¡Uy, perdón! —dijo con tono de burla, levantando las manos exageradamente—. ¡Salió defectuosa la maderita! Mañana le compro uno de aluminio en el tianguis, no pasa nada, no sean dramáticos.

Sus amigos se reían entre dientes, disfrutando del caos. Mi tía Rosa corrió hacia Arturo, no para regañarlo, sino para defenderlo de las miradas furiosas de mi papá y mías.

—¡Fue un accidente! —chillaba mi tía—. ¡Se le resbaló, no fue a propósito, no lo ataquen!

Yo estaba a punto de lanzarme sobre él. Ya no me importaba la fiesta, no me importaba arruinar el cumpleaños de la abuela. Quería romperle la cara a Arturo.

Pero antes de que yo pudiera dar otro paso, antes de que mi papá pudiera acercarse, un sonido diferente cortó el aire tenso del patio.

Fue el sonido de un vaso de cristal siendo colocado sobre la mesa de plástico con una fuerza deliberada, calculada.

Todos giramos la cabeza hacia la derecha de mi abuela.

Don Ernesto.

El hombre mayor se puso de pie lentamente. No fue un movimiento rápido ni agresivo, pero tenía una autoridad tan pesada que hizo que incluso los amigos de Arturo dejaran de sonreír.

Se ajustó la guayabera, miró el pedazo de bastón roto en el suelo, luego miró a mi abuela llorando, y finalmente, clavó sus ojos directamente en Arturo.

Arturo, que estaba a punto de tomar otro trago de tequila, se detuvo a la mitad del movimiento. Su sonrisa burlona se congeló. La botella bajó lentamente de su boca.

Por primera vez en la vida de mi primo, vi cómo la sangre abandonaba su rostro. El bronceado de sus mejillas desapareció, dejando un color pálido, casi gris. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si estuviera viendo a un fantasma. La actitud de matón intocable se desmoronó en menos de dos segundos.

Arturo dio un paso hacia atrás, tropezando con su propia sombra.

—Juez… —susurró Arturo. Su voz ya no era ronca ni arrogante. Era el hilo de voz de un niño aterrorizado—. Juez… Juez Valenzuela…

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Don Ernesto lo miró de arriba abajo. El silencio en el patio era tan denso que podíamos escuchar nuestra propia respiración.

—Hola, Arturo —dijo Don Ernesto. Su voz era profunda, tranquila, sin una gota de duda—. Veo que no has cambiado tus hábitos. Y si no me equivoco, las condiciones de tu libertad condicional son muy, muy claras respecto a tu comportamiento en sociedad.

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