CAPÍTULO 2

El aire en el patio se volvió tan pesado que costaba trabajo respirar. El olor a carne asada, que hace unos minutos me abría el apetito, ahora me revolvía el estómago. Mi papá había dejado las pinzas sobre la parrilla, olvidándose por completo de los cortes de carne que empezaban a soltar humo negro. Nadie prestaba atención a eso. Todos los ojos estaban clavados en la escena que se desarrollaba frente a la mesa principal.
Arturo, el tipo que hace unos segundos gritaba y se sentía el dueño de la cuadra, ahora parecía un niño asustado al que acaban de atrapar robando en la tienda. Su postura cambió por completo. Los hombros se le cayeron, las manos le empezaron a temblar un poco, y la botella de tequila que sostenía bajó lentamente hasta quedar colgando a un costado de su pierna.
—Juez Valenzuela… —repitió Arturo, casi en un susurro, como si decir el nombre más fuerte fuera a invocar algún castigo inmediato.
Don Ernesto no se movió de su lugar. Mantuvo las manos apoyadas sobre el borde de la mesa de plástico. Su rostro no mostraba coraje, ni sorpresa, ni ninguna emoción alterada. Era una calma absoluta, y eso era precisamente lo que daba más miedo. Era la mirada de un hombre que tiene el control total de la situación, un hombre que conoce los secretos más oscuros del tipo que está parado frente a él.
Mi tía Rosa, confundida y con el rostro rojo por la tensión, miró a Arturo y luego a Don Ernesto. No entendía nada. En su cabeza, Arturo era solo un muchacho travieso que había tenido un “accidente” con el bastón de madera.
—¿Juez? —preguntó mi tía Rosa, alzando la voz con ese tono agudo que siempre usaba para defender a su hijo—. ¿De qué está hablando, Arturo? ¿Quién es este señor y por qué le hablas así? ¡Dile que no te mire de esa forma!
Don Ernesto giró la cabeza muy despacio hacia mi tía. No la miró con desprecio, sino con una tristeza silenciosa.
—Señora —dijo Don Ernesto, con un tono bajo pero que se escuchó en todo el patio—, soy el Juez de Control Ernesto Valenzuela. Hace exactamente ocho meses, tuve a su hijo en mi sala de audiencias en el norte del país. Y si él está hoy aquí, en esta fiesta, bebiendo alcohol y rompiendo cosas, es porque yo le otorgué un beneficio de libertad condicional que, al parecer, no ha sabido valorar.
El silencio que siguió a esas palabras fue como un golpe en la cara para todos nosotros.
Mi mamá se llevó las manos a la boca, sorprendida. Mi papá apretó la mandíbula, confirmando las sospechas que todos en la familia teníamos pero que nadie se atrevía a decir en voz alta. Arturo no había estado “trabajando en Monterrey” todo este tiempo. Arturo había estado metido en un problema legal tan grande que llegó hasta el escritorio de un juez de control.
Los dos amigos de Arturo, los tipos de corte rapado que hace un momento se reían a carcajadas de mi abuela, se miraron entre ellos. Sus rostros mostraban nerviosismo. Sin decir una sola palabra, empezaron a dar pasos hacia atrás, acercándose a la puerta de herrería por donde habían entrado. No querían estar cerca de un juez. Sabían que si la policía llegaba, ellos también saldrían perdiendo.
—¿De qué habla? —insistió mi tía Rosa, caminando hacia Arturo y agarrándolo del brazo—. Mi hijo es un hombre de bien. A él lo acusaron injustamente, los abogados nos dijeron que todo fue un malentendido…
—Mamá, cállate —soltó Arturo, entre dientes. Su voz temblaba—. Cállate, por favor.
Era la primera vez en mi vida que escuchaba a Arturo pedirle a su mamá que guardara silencio de esa manera. No había arrogancia en sus palabras, había un miedo real, crudo.
Don Ernesto se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz y suspiró. Miró el pedazo de bastón roto que estaba tirado en el suelo, cerca del zapato de Arturo. Luego, miró a mi abuela Carmelita, quien seguía llorando en silencio, con las manos sobre su regazo.
—Doña Carmelita —dijo el juez, con una voz mucho más suave y respetuosa—, le pido una disculpa por este mal rato en su cumpleaños. Su esposo, mi gran amigo, me habló mucho de este bastón. Sé lo que significa para usted.
Mi abuela asintió con la cabeza, sin poder decir nada, limpiándose las lágrimas con un pañuelo de tela.
Entonces, el juez Valenzuela volvió a clavar su mirada en Arturo. El cambio en su rostro fue inmediato. Volvió a ser la autoridad.
—Arturo —dijo, pronunciando cada letra con claridad—. Cuando te sentaste frente a mí en esa sala, lloraste. Lloraste igual que lo está haciendo tu abuela ahora. Me rogaste por una segunda oportunidad. Me dijiste que querías cambiar, que te habías juntado con las personas equivocadas, que ibas a conseguir un trabajo honesto y que cuidarías de tu familia.
Arturo tragó saliva. El sudor le empezaba a correr por la frente, a pesar de que estábamos bajo la sombra de la lona.
—Yo le advertí al Ministerio Público que tu perfil no era el de alguien dispuesto a rehabilitarse —continuó el juez, dando un paso al frente, saliendo de detrás de la mesa—. Pero tu defensa presentó cartas de recomendación, comprobantes de domicilio, y una carta escrita por tu madre, donde aseguraba que tú eras el único sostén de la casa.
Mi tía Rosa se quedó callada, mirando al piso. Su mentira había quedado expuesta frente a toda la familia. Arturo nunca había sido el sostén de la casa; mi tía se gastaba su propia quincena en mantenerle los lujos a él.
—Te di el beneficio de la libertad condicional bajo medidas muy estrictas —dijo Don Ernesto, levantando un dedo por cada punto que mencionaba—. Número uno: conseguir un trabajo formal. Número dos: prohibición absoluta de consumir bebidas alcohólicas o sustancias. Número tres: someterte a terapia de control de ira. Y número cuatro: no cometer ningún acto de violencia, ni alterar el orden público o familiar.
El juez miró la botella de tequila que Arturo aún tenía en la mano.
—Veo que te gusta el tequila —comentó Don Ernesto, con una ironía fría—. Y veo también la forma en que tratas a una mujer de ochenta años que resulta ser tu propia abuela.
—Juez, por favor… —Arturo trató de hablar, pero la voz se le quebró—. Fue una broma. Le juro que no sabía que era importante. Fue un accidente, se me resbaló de las manos. Yo… yo no he tomado nada, solo la agarré para hacer un chiste.
Yo sentí que la sangre me hervía de nuevo. ¿Cómo podía ser tan cobarde? Hacía cinco minutos se sentía el rey del mundo, humillando a una anciana, y ahora lloriqueaba mintiendo descaradamente.
—No me insultes, Arturo —lo cortó el juez, alzando un poco la voz. Fue la primera vez que mostró un tono más duro—. No insultes mi inteligencia, ni la de tu familia. Todos aquí vimos exactamente lo que hiciste. Usaste la fuerza para arrancarle un objeto de las manos a una persona vulnerable, y luego lo destruiste intencionalmente contra esa pared para demostrar superioridad. Eso, Arturo, es un acto de violencia.
Mi papá, que seguía cerca del asador, cruzó los brazos. Yo me acerqué un poco más a la mesa, sintiendo una mezcla de alivio y asombro. Alguien finalmente estaba poniendo a Arturo en su lugar, y no era cualquier persona. Era la ley misma.
Los amigos de Arturo ya habían llegado a la puerta de la calle. Uno de ellos abrió la reja despacio, tratando de no hacer ruido.
—Eh, ustedes dos —dijo Don Ernesto, sin siquiera voltear a verlos del todo—. Si salen por esa puerta, asumo que son cómplices de los negocios que este muchacho sigue haciendo, y me encargaré de que la patrulla los detenga en la siguiente esquina. Quédense donde están.
Los dos tipos se detuvieron en seco. Cerraron la puerta de herrería y se quedaron pegados a la pared, con los ojos muy abiertos, mirando al suelo. El poder que tenía ese hombre vestido con guayabera era increíble. No necesitaba un arma, no necesitaba gritar. Solo usaba sus palabras y su presencia.
Arturo estaba acorralado. Miró a su mamá, buscando ayuda, como lo había hecho toda su vida.
—Mamá… dile algo —suplicó Arturo, con la voz temblorosa.
Mi tía Rosa dio un paso hacia el juez, juntando las manos cerca del pecho. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de miedo.
—Señor Juez, por favor —empezó mi tía, con voz llorosa—. Es mi único hijo varón. Él es bueno, se lo juro. Si hizo esto fue porque… porque está estresado. Ha estado buscando trabajo y no encuentra. Por favor, no le haga nada. Yo le pago el bastón a mi mamá, yo le compro uno nuevo, pero no se lleve a mi niño.
Don Ernesto miró a mi tía con una expresión de lástima.
—Ese es el problema, señora —dijo el juez, sacudiendo la cabeza lentamente—. Usted cree que el problema es el pedazo de madera. El problema no es el bastón. El problema es lo que su hijo lleva por dentro. Usted lo ha protegido tanto de las consecuencias de sus actos, que ha creado a un hombre que cree que las reglas del mundo no aplican para él.
El juez se acercó a Arturo, quedando a menos de un metro de distancia. Arturo era más alto y más fuerte, pero en ese momento parecía encogerse frente al hombre mayor.
—Dime, Arturo —preguntó el juez, bajando la voz para que solo los que estábamos cerca pudiéramos escuchar claramente—. ¿Qué crees que debo hacer ahora? Tú conoces las reglas. Firmaste un documento en mi juzgado. Sabes perfectamente cuál es la consecuencia de violar las condiciones de tu libertad.
Arturo empezó a negar con la cabeza rápidamente. Las lágrimas por fin brotaron de sus ojos, mezclándose con el sudor de su cara.
—No, no, no, por favor, Don Ernesto. Le juro que cambio. Le juro que mañana mismo me meto a trabajar a una fábrica. No me regrese allá. Por favor, se lo ruego, no me regrese al penal. Allá adentro me van a matar.
Al escuchar la palabra “penal”, un murmullo recorrió a toda la familia. Mis tíos, mis primos, todos se miraron sorprendidos. La mentira se había caído por completo. Arturo había estado en la cárcel, y nosotros apenas nos estábamos enterando.
Yo recordé todas esas veces que mi tía nos pedía dinero prestado “para un negocio de Arturo”, o cuando vendió su carro viejo para pagar unas “deudas médicas”. Todo había sido para pagar abogados y sobornos. Todo para encubrir la verdadera vida criminal de su hijo.
—Tuviste tu oportunidad, muchacho —dijo Don Ernesto, manteniendo su rostro serio, sin dejarse conmover por las lágrimas de Arturo—. Te di el beneficio de la duda porque eras joven. Porque pensé que un susto iba a ser suficiente para enderezar tu camino. Pero veo que me equivoqué.
El juez metió la mano en el bolsillo de su pantalón de lino y sacó un teléfono celular. No era un teléfono moderno, era uno de esos aparatos sencillos y negros, pero cuando lo tuvo en la mano, Arturo soltó un quejido de desesperación.
—¡No llame, por favor! —gritó Arturo, dejando caer la botella de tequila al suelo. El vidrio no se rompió, pero el líquido se empezó a derramar sobre el cemento, mezclándose con la tierra—. ¡Abuela! ¡Abuela, dile algo! ¡Dile que me perdone!
Arturo se giró hacia Doña Carmelita. Dio un paso hacia ella, estirando las manos en un gesto patético de súplica.
Yo no lo pensé dos veces. Me moví rápido y me paré justo entre Arturo y mi abuela. Lo empujé por el pecho con ambas manos, usando toda mi fuerza. Arturo tropezó hacia atrás y casi se cae.
—A ella no te acerques, cabrón —le dije, mirándolo directo a los ojos, sintiendo cómo la ira me quemaba la garganta—. Ya le hiciste suficiente daño.
Arturo me miró con resentimiento por un segundo, pero el miedo era más fuerte. Volvió a mirar al juez, que ya estaba marcando un número en el teléfono.
—Juez, le beso los pies si quiere —lloraba Arturo, perdiendo toda la dignidad que le quedaba frente a los invitados—. Le pido perdón a mi abuela de rodillas. Pero no llame a la policía. Si regreso, los contras me van a cobrar piso adentro, usted sabe cómo es eso. ¡Me van a matar!
Don Ernesto detuvo su dedo antes de presionar el botón de llamar. Miró a Arturo con una expresión calculadora. El silencio regresó al patio, interrumpido solo por los sollozos fuertes de mi tía Rosa y la respiración agitada de Arturo.
—No voy a llamar a la policía municipal, Arturo —dijo Don Ernesto, guardando el teléfono de nuevo en su bolsillo.
Arturo soltó un suspiro de alivio tan fuerte que los hombros se le relajaron visiblemente. Mi tía Rosa también dejó de llorar por un segundo, creyendo que habían ganado, creyendo que, una vez más, Arturo se iba a salir con la suya.
Pero la calma duró muy poco.
—No voy a llamar a la municipal —continuó el juez, dando un paso más hacia Arturo, obligándolo a retroceder—, porque no estoy en mi jurisdicción y porque hoy es el cumpleaños de la esposa de mi mejor amigo. No voy a llenar su casa de patrullas y escándalo.
Don Ernesto hizo una pausa. Sus ojos se clavaron en Arturo con una dureza que daba miedo.
—Pero te voy a decir exactamente lo que va a pasar a partir de este momento —dijo el juez, y cada palabra sonaba como una sentencia—. Mañana a primera hora, me voy a comunicar con el juzgado de tu zona. Voy a solicitar la revisión inmediata de tu caso por violación de medidas cautelares. Tienes hasta el martes para presentarte voluntariamente ante el juez de ejecución.
Arturo abrió la boca para protestar, pero Don Ernesto levantó la mano, pidiendo silencio.
—Si no te presentas el martes a las nueve de la mañana —siguió diciendo el juez—, se emitirá una orden de reaprehensión en tu contra. Y créeme, muchacho, si te agarran prófugo, no vas a pisar una celda preventiva. Te van a mandar directo al penal de máxima seguridad.
El rostro de Arturo se volvió a quedar sin color. Miraba al juez como si estuviera viendo el final de su vida.
—Y en cuanto a hoy —dijo Don Ernesto, señalando con la cabeza hacia la puerta de la calle—, quiero que agarres el pedazo de madera que tiraste, lo pongas en la mesa de tu abuela, le pidas disculpas como un hombre, y te largues de esta casa. No quiero verte aquí ni un minuto más.
Arturo estaba temblando. Miró a sus amigos en la puerta, pero ellos tenían la cabeza agachada, fingiendo que no lo conocían. Miró a su mamá, pero mi tía Rosa estaba paralizada, cubriéndose la cara con las manos, dándose cuenta de que esta vez no había forma de salvarlo.
Lentamente, con los hombros caídos y la mirada en el piso, Arturo caminó hacia el rincón del patio. Se agachó, recogió el pedazo roto del bastón con la punta astillada, y regresó hacia la mesa principal.
Yo no me moví de mi lugar frente a mi abuela. Lo observé de cerca. Arturo puso el pedazo roto sobre el mantel de flores, junto a la otra mitad. Sus manos sudaban.
No se atrevió a mirar a mi abuela a los ojos. Mantuvo la cabeza agachada.
—Perdón, abuela —murmuró, con la voz apagada, sin rastro de aquel tipo arrogante que había entrado al patio hacía quince minutos.
Mi abuela no respondió. Simplemente apartó la mirada, secándose las lágrimas nuevas que le rodaban por las mejillas arrugadas. Le dolía más la decepción que el daño material.
Arturo dio media vuelta y caminó hacia la salida. Sus dos amigos salieron primero, casi corriendo, y él los siguió arrastrando los pies. La puerta de herrería rechinó al cerrarse, y el sonido del motor de su camioneta negra acelerando rápido nos indicó que por fin se había ido.
El patio se quedó en un silencio tenso. Nadie sabía qué decir. El ambiente festivo se había evaporado por completo.
Don Ernesto se giró hacia mi abuela, se inclinó un poco y le tocó la mano con suavidad.
—Siento mucho que haya tenido que presenciar esto, Doña Carmelita —dijo el juez, con una voz amable y llena de respeto—. Pero ese muchacho necesitaba entender que el mundo no le pertenece.
Mi abuela asintió despacio, respirando profundo para calmarse.
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Yo me quedé mirando la puerta de herrería, sintiendo que el corazón todavía me latía rápido. La situación se había calmado, sí. Arturo se había ido. Pero en el fondo de mi pecho, un instinto me decía que esto no se iba a quedar así. Conociendo a mi primo, conociendo su orgullo herido frente a sus amigos, sabía que no iba a aceptar la derrota tan fácilmente.
Y no me equivocaba. Lo peor estaba por venir.