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Chapter 8 - París

A París no le importaba Margaret Vale.

Y eso era una de las mejores cosas de París.

La exposición juvenil itinerante se inauguró en una moderna galería educativa cerca del Sena, no dentro del Louvre, como afirmaron erróneamente algunos titulares estadounidenses.

Noah corregía a todo el mundo.

—Es un programa asociado, no el Louvre.

A Elias le hacía gracia lo mucho que irritaban a Noah las noticias inexactas.

Su abuela viajó con ellos.

Lloró en el aeropuerto.

Lloró en el hotel.

Lloró cuando vio «Sigue en pie».

Noah le ofreció pañuelos antes de que los pidiera.

—He venido preparado.

Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

La exposición incluía jóvenes artistas de siete países.

Noah conoció a un chico español de trece años que construía edificios en miniatura con azulejos rotos, a un niño japonés de diez que tallaba pájaros en madera recuperada y a una francesa llamada Amélie que hacía manos de cerámica.

Por primera vez, la obra de Noah existía en una sala donde casi nadie conocía el vídeo viral.

Las preguntas eran diferentes.

¿Por qué había usado oro para reparar la primera pieza?

¿Por qué las figuras no se tocaban en la segunda?

¿Por qué el niño estaba ligeramente adelantado?

Noah respondió:

—Porque estar al lado de alguien no es lo mismo que sostenerlo.

Elias lo oyó y miró hacia otro lado antes de que se notara la emoción.

Durante la inauguración, un educador de museo mayor llamado Benoît estudió la obra.

—¿La hiciste después de otra pieza?

—Sí.

—¿La primera salió mal?

Noah pensó.

—No.

—Entonces ¿por qué hiciste otra?

—Porque yo cambié.

Benoît sonrió.

—Esa es la mejor razón.

Más tarde aquella tarde, Noah y Elias caminaron junto al río.

—¿Echas de menos a mamá aquí? —preguntó Noah.

Elias se sorprendió.

—Todo el tiempo.

—Yo también.

Se detuvieron cerca de un puente.

Noah se apoyó en la barandilla.

—Casi no recuerdo su voz.

Elias sintió el dolor antiguo.

—Eso pasa.

—¿Es malo?

—No.

—Recuerdo cómo se reía, pero no el sonido exacto.

Elias asintió.

—La memoria guarda cosas raras.

Noah lo miró.

—¿Te quedaste porque se lo prometiste a ella?

—No.

La respuesta sorprendió a Noah.

—Le prometí que cuidaría de ti. Pero no es por eso por lo que me quedé.

—¿Entonces por qué?

—Porque soy tu padre.

Noah miró hacia el río.

Después de un rato dijo:

—Eso es mejor.

Al regresar al hotel encontraron un paquete.

Dentro había un pequeño trozo de arcilla.

Ninguna nota.

Solo una fotografía.

Las manos de Margaret Vale sobre un torno.

Su primera pieza en décadas.

Torcida.

Irregular.

Muy corriente.

Noah se rio.

—Es mala.

Elias intentó no reírse.

—Está oxidada.

—Es mala.

—Sé amable.

—Estoy siendo preciso.

Pero Noah guardó la fotografía dentro de su cuaderno de bocetos.

Nunca respondió.

No era necesario.

El cambio de Margaret no requería la supervisión de Noah.

A la mañana siguiente, su abuela permaneció casi diez minutos delante de «Sigue en pie».

Después susurró:

—A tu madre le habría encantado.

Noah la miró.

—¿Cuál?

—¿La escultura?

—No.

Ella comprendió.

—Las dos.

Noah tragó saliva.

Después asintió.

Aquella noche los organizadores anunciaron un premio elegido por los propios jóvenes artistas.

Los participantes votaban entre ellos.

Noah no ganó.

Ganó Amélie.

Sus manos de cerámica recibieron casi el doble de votos.

Noah fue quien más fuerte aplaudió.

Elias lo observó con atención.

Durante el camino de regreso preguntó:

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

Noah puso los ojos en blanco.

—Papá.

—Puedo preguntar.

—Quería ganar.

—Eso es normal.

—Pero también me alegro de que ganara ella.

—Eso también es normal.

Noah sonrió.

—La tía Margaret odiaría esta conversación.

Elias se echó a reír.

—Probablemente.

Compraron helado.

Noah eligió chocolate.

Y dejó caer la mitad sobre sus zapatos de artista.

Miró hacia abajo.

Elias esperó.

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Noah suspiró.

—Quizá los artistas de verdad usan zapatillas.

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