Chapter 4 - La amante de los diamantes robados

Sienna Hart llamó a Elena a las 2:13 de la madrugada.
Naomi respondió primero.
—No.
—Necesito hablar con ella.
—Puedes hablar conmigo.
—No.
—Entonces no habrá conversación.
Elena hizo un gesto.
Naomi activó el altavoz.
—Estoy aquí.
Silencio.
Después Sienna respiró.
—Adrian me dijo que estabais separados.
Elena miró las fotografías sobre la mesa.
—Estábamos comprometidos.
—Dijo que era solo por negocios.
—¿Durante once meses?
—No sabía…
—Llevabas mi pulsera.
Sienna dejó de hablar.
—¿Qué?
—La de esmeraldas.
—Me dijo que era de su madre.
Elena casi rio.
Celeste odiaba las esmeraldas.
—¿Qué quieres, Sienna?
—Protección.
Naomi intervino.
—¿De qué?
—De Celeste.
Eso sorprendió.
Sienna explicó.
La relación con Adrian no era solo una aventura.
Celeste la conocía.
La aprobaba.
Incluso había hablado de ella como la pareja “adecuada” una vez que Elena transfiriera las acciones.
—¿Tienes pruebas? —preguntó Naomi.
—Mensajes.
—Envíalos.
—Quiero un acuerdo.
—No tienes cargos pendientes con nosotros.
—Todavía.
Elena entendió.
—¿Qué hiciste?
Silencio.
—Ayudé a preparar algunos correos.
—¿Falsos?
—Adrian decía que eran borradores.
—Sienna.
—Sí.
Naomi tomó notas.
—No te prometo inmunidad.
—Entonces no envío nada.
Elena se inclinó.
—Adrian te va a culpar.
Silencio.
—Ya empezó, ¿verdad?
Sienna comenzó a llorar.
—Su abogado llamó.
—¿Qué dijo?
—Que yo era consultora externa y que quizá había exagerado documentos sin autorización.
Naomi miró a Elena.
Era exactamente lo esperado.
Elena habló.
—Envíanos todo. No prometo salvarte. Prometo que no ocultaremos tu cooperación.
A las tres, llegaron archivos.
Miles de mensajes.
Correos.
Notas de voz.
Un documento llamado “Integración Halcyon”.
Adrian había creado un plan detallado.
Paso uno: matrimonio.
Paso dos: transferencia de gestión.
Paso tres: uso de acciones como garantía indirecta.
Paso cuatro: consolidación de Vale Crest.
Paso cinco: “reestructuración personal”.
Elena sabía qué significaba.
Ser reemplazada.
Había mensajes de Celeste.
“Una vez que firme, deja de ser necesaria”.
Sienna:
“¿Y si se niega?”
Celeste:
“No lo hará. Adrian sabe manejarla”.
Elena sintió náuseas.
No por la infidelidad.
Por la precisión.
Durante meses, cada gesto había sido parte de una estrategia.
Las flores.
Las cenas.
Las conversaciones sobre protección.
Incluso la boda.
Naomi abrió otro archivo.
—Mira esto.
Una factura.
Sienna había recibido pagos desde una consultora vinculada a Vale Crest.
—No era solo amante —dijo Naomi.
—Trabajaba para ellos.
—Sí.
—¿Sienna lo sabe?
—Probablemente.
Elena llamó de nuevo.
—¿Por qué te pagaban?
Sienna se quedó en silencio.
—Por gestionar imagen.
—¿Qué imagen?
—La tuya.
Elena sintió frío.
Sienna había ayudado a construir el personaje público de Elena como joven insegura, discreta y poco interesada en negocios.
Había aconsejado a Adrian sobre ropa.
Eventos.
Entrevistas.
Incluso sobre cuándo evitar que Elena hablara con periodistas.
—Queríais que pareciera débil.
—Querían.
—Tú también estabas allí.
—Sí.
Elena cerró los ojos.
—¿Sabías que poseía el control?
—No.
—Nadie lo sabía.
—Celeste decía que tenías doce por ciento y que Julian te toleraba por culpa.
Aquello dolió de una forma distinta.
Elena pensó en Julian.
En el hombre que había pasado tres años intentando conocer a una hija adulta.
Adrian había convertido esa relación en una debilidad para explotar.
—Hay algo más —dijo Sienna.
—¿Qué?
—Celeste contrató a alguien para investigar tu adopción.
Naomi se quedó quieta.
—¿Cuándo?
—Hace un año.
—¿Encontró algo?
—No sé.
—Sienna.
—Había un nombre.
Sienna respiró.
—Miriam Cole.
Elena sintió que el aire desaparecía.
Miriam Cole había sido trabajadora social en el centro de adopciones.
La única persona que podía explicar cómo la hija de Julian Ward terminó oficialmente declarada muerta y después entregada a otra familia.
Elena llevaba tres años buscándola.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Qué hizo Celeste con ella?
—Solo sé que pagaron a un investigador.
Elena se levantó.
—Naomi.
—Ya estoy llamando.
La guerra acababa de cambiar.
Hasta ese momento, Elena pensaba que Adrian y Celeste querían su dinero.
Ahora existía la posibilidad de que hubieran encontrado algo sobre la desaparición de su infancia.
Y si Celeste sabía más de Miriam Cole, el golpe en la catedral sería apenas el inicio de una traición mucho más antigua.
Naomi ordenó todos los mensajes por fecha.
El patrón era peor cuanto más atrás miraban.
En los primeros meses, Sienna no hablaba de Elena con desprecio. Parecía incluso incómoda con algunas instrucciones.
“¿De verdad quieres que la apartemos de la reunión de Boston?”
Adrian respondió:
“No entiende ese nivel de negociación”.
Dos semanas después:
“Consigue que acepte el vestido azul. Parece más joven y menos agresiva”.
Celeste añadió:
“Necesitamos que los inversores la vean como futura esposa, no como voz independiente”.
Elena sintió una náusea distinta.
Habían diseñado su imagen.
No solo intentaban tomar sus acciones.
Intentaban reducir la posibilidad de que alguien imaginara que podía dirigirlas.
Naomi abrió una hoja de cálculo.
—Mira las fechas.
Al lado de cada evento donde Elena había sido presentada como tímida o poco empresarial aparecía una solicitud de financiación de Vale Crest.
—Me utilizaban como parte del pitch.
—Sí.
Elena recordó una cena en París.
Adrian le pidió que no hablara de la expansión hotelera.
“Los franceses son tradicionales. Déjame manejarlo”.
En realidad, los inversores estaban siendo convencidos de que Adrian tendría acceso a Halcyon después del matrimonio.
Elena se levantó.
—Quiero una lista de cada evento.
—Ya la estamos haciendo.
—Y quiero saber quién recibió presentaciones con mi nombre.
—También.
Naomi la miró.
—Elena.
—¿Qué?
—No conviertas cada recuerdo en evidencia contra ti misma.
Elena frunció el ceño.
—No entiendo.
—Estás repasando cada cena pensando “¿cómo no lo vi?”.
Era exactamente eso.
Naomi continuó.
—La manipulación funciona porque utiliza cosas normales. Confianza. Amor. Cortesía. No eres culpable por haberlas ofrecido.
Elena se sentó.
—Trabajo detectando riesgos.
—Corporativos.
—Debería haberlo visto.
—No eras su auditora.
Elena miró el anillo que había recuperado de la iglesia y que ahora descansaba dentro de una bolsa de evidencia.
—No.
—Eras la mujer que iba a casarse con él.
La frase dolió.
Naomi no intentó suavizarla.
—Puedes odiarlo sin odiarte por haberlo querido.
Elena cerró los ojos.
Aquello fue más difícil que cualquier junta.
Horas después, Sienna envió un último audio.
Celeste hablaba.
“Elena necesita creer que está eligiendo. Nunca le quites una decisión directamente. Haz que piense que tu opción fue idea suya”.
Elena escuchó dos veces.
Después apagó el teléfono.
Ya no sentía solamente rabia.
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Sentía claridad.
La próxima decisión sería completamente suya.