Chapter 14 - El archivo que nadie debía vender

Arthur Bell fue condenado, pero la estructura que había creado no desapareció con él.
Tres meses después del juicio, Open Door Foundation recibió una llamada desde Suiza. Un especialista en seguridad bancaria informó que alguien intentaba vender una base de datos genética relacionada con Proyecto Harbor.
El archivo contenía perfiles médicos, secuencias de ADN y registros familiares de más de cuatro mil menores.
Algunos habían pasado por Westbridge.
Otros procedían de hospitales financiados por Bellwood, hogares temporales y programas de ayuda comunitaria.
Muchos ya eran adultos.
Ninguno sabía que su información seguía almacenada.
Ava escuchó la llamada dentro de su despacho mientras Daniel Reyes permanecía sentado frente a ella.
—¿Quién intenta venderla? —preguntó.
La voz del especialista respondió:
—La negociación utiliza intermediarios, pero el propietario se identifica como Harbor Guardian.
—¿Qué quieren a cambio?
—Ciento cincuenta millones de dólares.
Daniel apretó el bastón.
—¿Quién pagaría por nuestros genes?
—Aseguradoras, farmacéuticas, empresas de vigilancia médica, gobiernos —respondió Ava—. Cualquiera que crea que puede predecir enfermedades o comportamientos.
—¿Pueden utilizar los datos para negar seguros?
—Sí. También para identificar familiares, diseñar tratamientos comerciales o seleccionar personas para ensayos.
Daniel miró por la ventana.
Sus hijos jugaban algunas tardes en el jardín de Open Door. Si su perfil genético aparecía dentro de la base, la información podía revelar riesgos médicos de toda su familia.
—Pensé que el juicio había terminado —dijo.
—Terminó el juicio de Arthur.
Ava cerró la computadora.
—No terminó lo que construyó.
Sofía Ramírez llegó una hora después acompañada por agentes federales de delitos cibernéticos.
El análisis de los mensajes indicó que la venta se realizaría mediante una subasta privada. Los compradores debían presentar ofertas dentro de diez días.
—¿Podemos bloquearla? —preguntó Ethan.
—No sabemos dónde se encuentra el servidor principal —respondió Sofía—. Puede estar distribuido en varios países.
—Entonces localicemos al vendedor.
—Necesitamos entrar en la subasta.
Daniel se inclinó hacia delante.
—Utilicen mi nombre.
Ava negó.
—No.
—Mis datos están dentro.
—Precisamente por eso no debes exponerte más.
Daniel golpeó el suelo con el bastón.
—No me digas qué riesgo puedo aceptar.
La frase obligó a Ava a detenerse.
Había hablado como Ethan lo hacía cuando ella era más joven. Con intención de proteger, pero sin reconocer que Daniel tenía derecho a participar.
—Tienes razón —dijo—. Explícame qué propones.
—Harbor Guardian busca compradores creíbles. Yo soy presidente del consejo de supervivientes y puedo afirmar que quiero adquirir el archivo para destruirlo.
—No creerán que posees ciento cincuenta millones.
—Open Door sí puede conseguir garantías temporales.
La directora financiera rechazó la idea.
—No podemos comprometer los refugios en una operación encubierta.
—No utilizaremos dinero real —dijo Sofía—. El gobierno puede crear una garantía supervisada.
Ava observó a Daniel.
—Participarás en las decisiones, pero no asistirás físicamente a ninguna reunión.
—Eso lo decidiré cuando sepamos dónde será.
—Daniel.
—No volveré a ser una muestra protegida dentro de otra habitación.
Ava comprendía demasiado bien aquella necesidad.
El acceso a la subasta llegó dos días después.
Harbor Guardian envió un pequeño fragmento de la base como prueba. Incluía el expediente de Daniel, muestras tomadas cuando tenía nueve años y predicciones sobre sus hijos futuros.
También incluía el perfil de Ava.
Ella leyó su propio nombre.
Sujeto relacionado: Ava Grace Caldwell. Muestra indirecta obtenida mediante línea materna. Riesgo hereditario moderado. Valor estratégico alto por control patrimonial.
Arthur no solo había observado su vida desde lejos.
Había utilizado el ADN de Grace para construir un perfil de una nieta que todavía era una bebé.
Ethan leyó el documento.
—Lo sabía antes de que nacieras.
—Sí.
—¿Pudo modificar algo durante el embarazo de Grace?
—No hay pruebas.
—Pero pudo hacerlo.
Ava colocó una mano sobre la suya.
—No podemos convertir cada posibilidad en una nueva prisión.
Ethan cerró los ojos.
—Lo sé.
Sofía rastreó una firma digital en el archivo.
Pertenecía a Lucas Vance, antiguo director de sistemas de Bellwood. Lucas declaró durante el juicio que desconocía Proyecto Harbor y no fue acusado.
Ahora aparecía como administrador técnico de la base.
Las cámaras de un aeropuerto mostraron que había viajado a Escocia, después a Islandia y finalmente a Canadá.
Pero una transacción reciente procedía de Savannah.
—Nunca salió realmente —dijo Sofía—. Utilizó identidades falsas y conexiones remotas.
Lucas Vance vivía dentro de una propiedad costera registrada a nombre de Mercy Horizons, una organización que supuestamente financiaba tratamientos para niños.
Open Door había recibido años antes una propuesta de colaboración de aquella organización.
Ava recordó el documento.
La solicitud incluía acceso anónimo a información médica de familias refugiadas.
La rechazó porque las condiciones eran demasiado amplias.
Lucas ya había intentado utilizar Open Door como nueva fuente de datos.
—¿Quién dirige Mercy Horizons? —preguntó.
La investigación reveló el nombre de Julianne Mercer, antigua vicepresidenta de Bellwood y amiga cercana de Arthur.
Julianne había aparecido en fotografías familiares cuando Ava era pequeña. Después de la supuesta muerte de Arthur, abandonó públicamente la compañía.
En realidad, continuó gestionando sus proyectos secretos.
—Arthur era el rostro —dijo Catherine desde la prisión durante una entrevista protegida—. Julianne era quien convertía los experimentos en productos.
—¿Está detrás de la subasta? —preguntó Ava.
—No vendería el archivo completo. Lo considera demasiado valioso.
—Entonces la subasta es falsa.
—Probablemente quiere identificar compradores, cobrar depósitos y conservar los datos.
Sofía comprendió.
—También puede estar buscando qué gobiernos o compañías están dispuestos a comprar información ilegal.
—Después los extorsionará —dijo Ethan.
Julianne no estaba huyendo.
Estaba construyendo una nueva red utilizando la caída de Arthur como oportunidad.
Daniel insistió en participar en una videollamada con Harbor Guardian.
El encuentro se realizó dentro de una sala federal. Daniel apareció frente a una pared neutra. Ava y los agentes permanecían fuera de la cámara.
Una voz modificada habló desde la pantalla.
—¿Por qué desea adquirir el archivo?
—Porque contiene mi vida —respondió Daniel.
—Eso es emocional, no comercial.
—También contiene datos de miles de personas que pueden demandar a cualquier comprador.
—¿Está amenazándonos?
—Estoy explicando el valor del silencio.
Ava escuchó la frase y reconoció la estrategia.
Daniel hablaba el lenguaje de las personas que habían explotado su cuerpo.
—¿Tiene acceso a los fondos? —preguntó la voz.
—Sí.
—Necesitamos una transferencia inicial de cinco millones.
—Primero quiero comprobar que poseen las claves completas.
La pantalla mostró una ubicación.
La verificación se realizaría dentro de un centro de almacenamiento abandonado cerca del puerto de Savannah.
Solo podía asistir un representante.
Daniel miró a Ava cuando terminó la llamada.
—Voy yo.
—No.
—Prometiste no decidir por mí.
—Y no lo haré sola. Sofía debe evaluar el riesgo.
La agente negó.
—Daniel no está entrenado y su condición física limita una evacuación rápida.
—Entonces Ava irá —dijo Daniel.
Ethan se levantó.
—Tampoco.
Ava lo miró.
Él respiró.
—Estoy expresando una opinión, no dando una orden.
—Anotado.
Sofía preparó a una agente para representar a Daniel.
Pero la noche anterior a la operación ocurrió algo inesperado.
La hija mayor de Daniel, Samantha, no regresó de la universidad.
Su teléfono apareció dentro de un autobús vacío.
En su cuenta de correo había un mensaje:
Daniel Reyes asistirá personalmente. Si aparece la policía, su hija será añadida al archivo como sujeto de prueba final.
Daniel leyó la amenaza sin mostrar emoción.
Después colocó ambas manos sobre la mesa.
—Ahora voy.
Sofía no pudo negarlo sin arriesgar la vida de Samantha.
Ava se ofreció a acompañarlo.
—Quieren a un representante —dijo Daniel.
—Quieren controlarte mediante tu hija. Yo conozco esa estrategia.
Ethan se acercó.
—Entonces también saben que tú eres su punto de presión.
—Por eso no esperarían que entrara voluntariamente.
—O precisamente por eso lo esperan.
Ava sostuvo su mirada.
—No puedo pedir a Daniel que enfrente solo a las personas que utilizaron su cuerpo cuando era niño.
Ethan recordó una noche de hacía muchos años.
Ava dentro del contenedor.
Él corriendo hacia ella.
—Voy a estar en el equipo exterior —dijo.
—Sí.
—Y seguirás cada instrucción de Sofía.
—Mientras siga siendo razonable.
—Ava.
—Es lo mejor que conseguirás.
El centro de almacenamiento estaba rodeado por contenedores marítimos azules.
Cuando Ava llegó junto a Daniel, sintió que el pasado había elegido una forma demasiado evidente para regresar.
Una puerta se abrió en el edificio principal.
Julianne Mercer apareció.
Tenía setenta años, cabello blanco y un traje azul oscuro.
—La niña del contenedor —dijo—. Arthur siempre creyó que terminarías protegiendo su legado.
—Confundió legado con silencio.
Julianne miró a Daniel.
—Trajiste a la heredera.
—Traje a la persona que puede pagar.
—No necesito su dinero.
—Entonces ¿por qué estamos aquí?
Julianne hizo un gesto.
Dos hombres llevaron a Samantha. Tenía las manos atadas, pero parecía ilesa.
Daniel intentó correr hacia ella.
Ava lo detuvo.
—Primero libérala.
—Primero Ava firmará una transferencia —respondió Julianne.
—¿De dinero?
—De control.
Entregó un documento.
Open Door Foundation debía conceder a Mercy Horizons acceso a todos los expedientes médicos presentes y futuros de sus beneficiarios.
No era una venta única.
Julianne quería convertir los refugios en una fuente permanente de información sobre familias vulnerables.
—Nunca —dijo Ava.
—Entonces Samantha permanecerá con nosotros.
Daniel miró a su hija.
—Firma.
Ava se volvió.
—No puedo entregar a miles de niños.
—Es mi hija.
—Lo sé.
—¡Entonces firma!
Ava sintió el dolor de una decisión imposible.
Eleanor había utilizado su vida para controlar a Ethan.
Ahora Julianne utilizaba a Samantha para convertir a Daniel en la persona que entregaría a otros menores.
—No tiene que elegir —dijo Ava.
Miró hacia las cámaras ocultas entre los contenedores.
—Porque Julianne cometió el mismo error que Arthur.
La mujer frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Creer que todavía controlaba todas las puertas.
Las luces del puerto se apagaron.
El equipo federal entró por tres accesos.
Julianne tomó a Samantha y colocó un arma contra su cuello.
Daniel avanzó.
—Llévame a mí.
—Ya no eres valioso.
—Mi información creó parte de las patentes.
—Los datos valen más que la persona.
Ava abrió lentamente la carpeta que llevaba.
—No después de esta noche.
Mostró un dispositivo.
Durante los últimos días, los especialistas habían introducido una marca digital dentro del fragmento enviado por Harbor Guardian. Cuando Julianne abrió el archivo durante la reunión, reveló la ubicación de cada servidor conectado.
Los agentes ya estaban confiscándolos.
—La base está siendo copiada por orden judicial —dijo Ava—. Después será bloqueada.
Julianne palideció.
—No puedes destruirla.
—No lo haré sola. Los supervivientes decidirán qué partes deben conservarse para tratamiento y cuáles serán eliminadas.
—No entiendes su valor científico.
Daniel habló:
—Entiendo mejor que tú cuánto cuesta.
Samantha pisó el pie de Julianne y se apartó.
Sofía disparó.
La bala golpeó el arma.
Los agentes redujeron a Julianne.
Daniel abrazó a su hija.
Ava observó los contenedores azules alrededor.
Durante años, aquel color había representado el lugar donde alguien decidió que podía ser escondida.
Ahora contenía los servidores que ocultaban miles de vidas.
Las puertas se abrieron una por una.
Y esta vez, las personas dentro de los archivos no dependerían de la generosidad de quienes los habían utilizado.
Tendrían nombres.
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Voces.
Y poder sobre lo que ocurriría con aquello que les habían robado.