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Chapter 3 - Los ojos de Elena

Dos semanas después apareció el primer nombre.

No llegó gracias a la policía.

Llegó gracias a una canción.

Mateo estaba reparando una radio antigua cuando comenzó a sonar una melodía de piano.

Elena dejó caer la taza que sostenía.

—Elena.

Mateo se volvió.

—¿Qué?

Ella se llevó una mano al pecho.

—Elena.

—¿Ese es tu nombre?

Comenzaron a aparecer imágenes.

Un piano negro.

Una mujer mayor diciendo:

«Elena, otra vez desde el principio».

Una niña tocando aquella misma melodía.

—Me llamo Elena.

Mateo sonrió.

—Entonces ya tenemos algo.

La policía buscó mujeres desaparecidas con aquel nombre.

Dos días después encontraron una noticia.

ELENA VALDÉS, EMPRESARIA DESAPARECIDA TRAS UN ACCIDENTE EN EL RÍO.

Mateo leyó el artículo mientras Elena permanecía sentada frente a él.

—Tienes treinta y cinco años.

—¿Algo más?

Mateo continuó.

—Presidenta de Valdés Biotec.

Algo dentro de Elena se tensó.

—Conozco ese nombre.

—¿La empresa?

—No sé.

Mateo siguió leyendo.

Entonces se quedó en silencio.

—¿Qué?

—Estás casada.

Elena tocó involuntariamente su dedo anular.

—¿Con quién?

—Daniel Salvatierra.

El nombre provocó un dolor inmediato detrás de sus ojos.

No un recuerdo.

Miedo.

—No quiero escucharlo.

Mateo cerró la pantalla.

Aquella noche, Elena pidió ver el artículo.

Mateo amplió una fotografía.

Ella apenas distinguía siluetas.

—Descríbemelo.

Mateo miró la imagen.

—Moreno. Unos treinta y tantos. Traje gris. Está abrazándote.

Elena sintió náuseas.

—¿Parezco feliz?

Mateo tardó demasiado en responder.

—Sí.

La policía informó a Daniel de que quizá habían encontrado una mujer que coincidía con Elena.

La respuesta fue inesperada.

Daniel aseguró estar viajando fuera del país y pidió que verificaran la identidad antes de alarmar a la familia.

Horas más tarde, el hospital recibió una llamada de un abogado.

Afirmaba que Elena sufría problemas psicológicos derivados de su ceguera y que existía la posibilidad de que hubiera intentado suicidarse.

Cuando Mateo lo supo, apretó los puños.

—¿Tu marido ni siquiera viene?

Elena permaneció en silencio.

Algo dentro de ella empezaba a comprender antes que su memoria.

Lucía consiguió localizar los historiales oftalmológicos de Elena.

Había perdido gran parte de la visión después de un extraño accidente doméstico once meses atrás.

Una explosión de un calentador.

Pero el daño no era irreversible.

La doctora Isabel Vega, una reconocida cirujana ocular de Madrid, había planeado una intervención meses antes.

La cirugía había sido cancelada.

—¿Por qué? —preguntó Elena.

Lucía revisó los documentos.

—Aquí pone que tú decidiste cancelarla.

Elena sintió que algo estaba mal.

—Yo quiero ver.

—Puede que entonces pensaras diferente.

Elena negó lentamente.

—No.

—¿Cómo puedes saberlo?

—No lo sé.

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Giró hacia Mateo.

—Pero alguien no quería que recuperara la vista.

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