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Chapter 1 - El empujón

Elena Valdés no vio la mano de su marido acercarse a su espalda.

No podía verla.

Desde hacía once meses, el mundo de Elena estaba compuesto por sonidos, olores, temperaturas y recuerdos. Un accidente de tráfico había dañado gravemente sus ojos, dejándole únicamente sombras deformadas y destellos de luz.

Por eso confiaba en Daniel.

Confiaba en la mano que sujetaba la suya al cruzar una calle.

Confiaba en la voz que le decía dónde estaba el último escalón.

Confiaba en el hombre que llevaba nueve años durmiendo a su lado.

Aquella mañana, Daniel había insistido en llevarla a las montañas.

—Necesitas respirar aire de verdad —le había dicho—. Llevas meses encerrada entre médicos y abogados.

Elena sonrió.

—¿Desde cuándo te gustan las excursiones?

—Desde que mi mujer empezó a olvidar lo bonito que era el mundo.

Habían llegado hasta un antiguo puente colgante construido sobre el río Arlanza, donde el agua descendía violentamente entre paredes de roca.

Elena podía oírla.

Era un rugido constante.

—Es impresionante —dijo Daniel.

Elena agarró con más fuerza la cuerda lateral del puente.

—¿Estamos muy arriba?

Daniel miró hacia abajo.

Cuarenta metros.

Quizá más.

—No demasiado.

Elena soltó una pequeña risa.

—Eso significa que estamos altísimos.

Daniel no respondió.

Detrás de ellos no había nadie.

Delante tampoco.

Elena sintió cómo él colocaba una mano sobre su hombro.

—Ven un poco más hacia aquí.

—Daniel…

—Confía en mí.

Aquellas tres palabras fueron las últimas que Elena escuchó de su marido antes de comprender que estaba muriendo.

La mano de Daniel dejó su hombro.

Después volvió con violencia.

Elena salió despedida contra la cuerda.

—¡Daniel!

Intentó agarrarse.

Sus dedos rozaron la madera.

Daniel volvió a empujarla.

Esta vez no encontró nada bajo sus pies.

Elena cayó.

Durante un instante no existió sonido alguno.

Después llegó el agua.

El impacto le arrancó el aire de los pulmones.

La corriente la arrastró entre rocas y ramas. Intentó salir a la superficie, pero no sabía dónde estaba arriba ni abajo.

Una piedra golpeó su cabeza.

Todo desapareció.

Arriba, sobre el puente, Daniel observó el río durante casi un minuto.

No gritó.

No pidió ayuda.

No llamó a emergencias.

Sacó el teléfono.

—Ya está —dijo.

Una voz femenina respondió.

—¿Estás seguro?

Daniel contempló el agua.

No había rastro de Elena.

—Nadie podría sobrevivir a eso.

La mujer permaneció unos segundos en silencio.

Después preguntó:

—¿Y la empresa?

Daniel sonrió.

—Ahora es nuestra.

Guardó el teléfono y abandonó el puente.

Tres kilómetros río abajo, un hombre llamado Mateo Rivas escuchó algo golpear contra los pilotes de madera de su pequeña casa junto al río.

Al principio creyó que era una rama.

Entonces vio una mano.

Mateo dejó caer la caja de herramientas que llevaba.

—¡Dios mío!

Corrió hasta la orilla.

Una mujer estaba atrapada entre raíces, medio sumergida en el agua.

Mateo se lanzó sin pensarlo.

La corriente casi lo derribó.

Consiguió agarrarla por debajo de los brazos y arrastrarla hasta la orilla.

La mujer no respiraba.

Mateo inició una reanimación.

—Vamos… vamos…

Nada.

—No te mueras.

Presionó otra vez.

De repente, Elena tosió agua.

Mateo la giró de lado.

Ella respiró con dificultad.

Tenía sangre en la frente y los ojos apenas abiertos.

—¿Puedes oírme?

Elena intentó responder.

No consiguió articular palabra.

—Tranquila. Voy a ayudarte.

Mateo sacó su teléfono.

No había cobertura.

Maldijo.

Su casa estaba aislada y el hospital más cercano quedaba a casi cuarenta kilómetros.

La cargó en brazos.

Elena abrió ligeramente los ojos.

Solo vio una sombra.

—¿Quién…?

—Me llamo Mateo.

Ella respiró con dificultad.

—¿Dónde estoy?

—Cerca de San Tirso.

Elena frunció el ceño.

Mateo creyó que el dolor la confundía.

—¿Cómo te llamas?

La mujer abrió la boca.

Se quedó inmóvil.

Su expresión cambió.

—Yo…

Mateo esperó.

Elena comenzó a temblar.

—No lo sé.

—¿Qué?

Se llevó una mano a la cabeza.

—No sé quién soy.

Mateo la miró fijamente.

El río seguía rugiendo detrás de ellos.

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A kilómetros de allí, Daniel Valdés entraba en su coche convencido de que acababa de convertirse en viudo.

No tenía forma de saber que la mujer a la que había intentado borrar de su vida acababa de respirar de nuevo.

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