Chapter 1 - La desconocida que la llamó hija

Amelia Cross bajó del automóvil negro con una carpeta bajo el brazo y la certeza de que aquella mañana decidiría el futuro de miles de empleados. A las nueve debía firmar la adquisición más grande en la historia de Crosswell Industries. A las nueve y cinco, las cámaras transmitirían su discurso a todo el país. A las nueve y diez, su padre dejaría oficialmente la presidencia del consejo y ella se convertiría en la mujer más joven en dirigir el imperio familiar.
No llegó a cruzar la acera.
Una anciana vestida con un abrigo gris apareció entre los curiosos. Tenía el cabello blanco, el rostro consumido por el frío y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda. Un guardia intentó apartarla, pero la mujer se aferró a la puerta del automóvil.
—¡Amelia!
La joven se detuvo.
Nadie pronunciaba su nombre de aquella manera, alargando la segunda sílaba como si aún fuera una niña escondida bajo una mesa durante una tormenta.
—Señora, debe alejarse —ordenó el guardia.
La anciana levantó los ojos.
Amelia sintió que el aire desaparecía de la calle.
La cicatriz. Los ojos verdes. La forma de inclinar la cabeza.
—Mamá —susurró.
Dieciocho años atrás, Eleanor Cross había muerto en un accidente junto con Grace, la hermana menor de Amelia. El automóvil cayó por un barranco y se incendió. El ataúd permaneció cerrado durante el funeral. Richard Cross dijo que no había quedado nada que una hija debiera ver.
La anciana extendió una mano temblorosa.
—No confíes en tu padre.
Amelia cruzó la distancia y la abrazó. La mujer olía a lluvia, humo y jabón barato. Era real. Podía sentir sus huesos bajo el abrigo.
—¿Dónde has estado? —preguntó Amelia entre lágrimas—. Dijeron que habías muerto.
Eleanor la apretó con desesperación.
—Tú enterraste a otra mujer.
Los fotógrafos comenzaron a gritar preguntas. Daniel Reeves, prometido de Amelia y director financiero de Crosswell, salió del edificio acompañado por seguridad.
—Amelia, aléjate de ella —dijo—. Podría ser una estafadora.
Eleanor lo vio y retrocedió.
—Ese hombre trabaja para Richard.
Daniel quedó inmóvil.
—No sé quién es usted.
—Tu padre sí sabía quién era yo, Daniel.
Amelia miró a ambos.
—Basta. Vamos a un lugar privado.
Eleanor negó con fuerza.
—No a tu casa. No a la oficina. Richard controla las cámaras.
Un vehículo blanco apareció al final de la calle. Eleanor palideció.
—Me encontraron.
Dos hombres con chaquetas médicas bajaron del vehículo.
—Señora Vale —llamó uno—. Ha abandonado el centro sin autorización.
—No me llamo Vale —gritó Eleanor—. Soy Eleanor Cross.
El hombre mostró unos documentos.
—Sufre demencia y episodios de identidad delirante. Debemos devolverla a la clínica.
Amelia se colocó delante de su madre.
—No se acercarán.
—Señorita Cross, comprendemos su confusión, pero esta paciente no tiene relación con usted.
Eleanor sacó algo de su bolsillo: una mitad de medallón en forma de sol. Amelia llevaba la otra mitad desde los seis años. Su madre le había dicho que, cuando estuvieran separadas, ambas partes siempre encontrarían el camino de regreso.
Amelia unió las piezas. Encajaron perfectamente.
—Es ella —dijo.
Daniel tomó su teléfono.
—Llamaré a la policía.
—No —respondió Eleanor—. El comisionado cenó anoche con tu padre.
Los hombres médicos avanzaron. Noah Blake, jefe de seguridad personal de Amelia, cerró la puerta del automóvil y abrió la trasera.
—Entren.
Amelia ayudó a Eleanor a subir. Daniel intentó acompañarlas.
—Tú no —dijo Amelia.
—Soy tu prometido.
—Y ella acaba de decir que trabajas para mi padre.
La puerta se cerró en su rostro.
Noah condujo por calles secundarias hasta un apartamento seguro que Amelia utilizaba durante negociaciones delicadas. Eleanor miraba cada esquina como si esperara que las paredes se abrieran.
—Necesito un médico —dijo Amelia.
—Ningún médico vinculado a Crosswell.
—Conozco a una persona independiente.
La doctora Lena Morris llegó una hora después. Tomó muestras de ADN y examinó las muñecas de Eleanor. Había marcas antiguas de sujeciones y cicatrices de inyecciones repetidas.
—Ha recibido sedantes durante años —explicó—. Algunos pueden provocar lagunas de memoria y confusión.
—No estoy loca —dijo Eleanor.
—No he dicho eso.
Amelia se sentó frente a ella.
—Cuéntamelo todo.
Eleanor sostuvo el medallón.
—La noche del accidente, Grace estaba conmigo. Descubrí que tu padre utilizaba una clínica privada para cambiar identidades de pacientes y niños. Quería llevar las pruebas al fiscal. Richard hizo que nuestro automóvil fuera golpeado en la carretera.
—¿Grace sobrevivió?
La madre cerró los ojos.
—La escuché llorar después del choque.
Amelia sintió que el corazón se le rompía por segunda vez.
—¿Dónde está mi hermana?
—No lo sé. Cuando desperté, estaba en una habitación sin ventanas. El doctor Hale me dijo que tú también habías muerto. Durante años me llamó Evelyn Vale hasta que empecé a olvidar mi nombre.
La doctora Morris recibió un mensaje del laboratorio. Observó los resultados y levantó la mirada.
—La coincidencia materna es del 99,98 por ciento.
Amelia tomó la mano de Eleanor.
—Te encontré.
—No todavía —respondió ella—. Encontrarme no basta. Richard conserva el libro con los nombres. Grace está en ese libro.
El teléfono de Amelia sonó. Era su padre.
—¿Dónde estás? —preguntó Richard con voz tranquila—. El consejo te espera.
—Encontré a mamá.
Hubo un silencio demasiado largo.
—Esa mujer es una impostora.
—La prueba de ADN dice lo contrario.
La voz de Richard cambió.
—Escúchame con atención. Eleanor está enferma y es peligrosa. No sabes lo que hizo antes del accidente.
—¿Qué hizo?
—Intentó matar a Grace.
Eleanor oyó la frase y se puso de pie.
—¡Mentiroso!
En ese instante, una bala atravesó la ventana.
Noah apagó las luces y empujó a Amelia al suelo.
Otra bala golpeó la pared.
Eleanor se arrastró hacia su hija.
—Ahora sabes por qué regresé hoy —susurró—. Tu padre no pensaba entregarte la empresa.
Amelia escuchó pasos en la escalera.
—¿Entonces qué pensaba hacer?
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Eleanor la miró con una tristeza infinita.
—Enterrarte conmigo.