Chapter 6 - La boda que nunca continuó

Los periodistas esperaban que Isabel y Gabriel celebraran una segunda ceremonia.
No lo hicieron.
Dos semanas después del escándalo, el Hotel Imperial ofreció devolverles el salón gratuitamente.
Gabriel rechazó la propuesta.
—No quiero volver allí para fingir que aquella noche puede corregirse.
Isabel estuvo de acuerdo.
La boda quedó legalmente incompleta porque la documentación no había sido presentada.
De forma extraña, aquello les dio alivio.
Durante dieciocho años habían unido su relación al recuerdo de Lucía.
Ahora Clara existía.
Y tenían que descubrir si se querían sin convertirla en la razón.
Clara volvió al conservatorio.
Los periodistas la encontraron.
Tomás tuvo que llamar a la policía cuando cuatro cámaras aparecieron frente a casa.
Gabriel utilizó sus contactos para conseguir una orden de protección mediática.
Clara se enfadó.
—Podías preguntarme.
—Pensé que ayudaba.
—Eso es exactamente lo que dice Beatriz.
Gabriel quedó inmóvil.
Clara se arrepintió inmediatamente.
—No quería…
—No.
Él levantó una mano.
—Tienes razón.
—No sois iguales.
—Pero el mecanismo puede parecerse.
Gabriel anuló parte de las medidas y habló con ella.
Clara eligió qué información podía publicarse.
Decidió mantener Moreno como apellido.
—No quiero cambiar mi identidad para demostrar una verdad biológica.
Isabel la apoyó.
Gabriel también.
En los medios, aquello provocó otra ola de titulares.
“LA HEREDERA QUE RECHAZA EL APELLIDO MONTES”.
Clara lo leyó.
—¿Heredera de qué?
Gabriel rio.
—De una empresa de arquitectura con más deudas que glamour.
—Entonces rechazo formalmente.
Aquellas bromas pequeñas comenzaron a construir algo.
Rosa visitaba una vez por semana.
Al principio Clara la observaba con distancia.
Un día le preguntó:
—¿Tienes hijos?
—Dos.
—¿Saben lo que pasó?
—Ahora sí.
—¿Qué dijeron?
Rosa respiró.
—Mi hija estuvo enfadada porque nunca se lo conté.
—¿Y tu hijo?
—Dijo que entendía mi miedo.
—¿Tú qué piensas?
Rosa miró sus manos.
—Que entender el miedo no convierte el silencio en correcto.
Clara asintió.
—Me gusta esa respuesta.
Mientras tanto, la investigación crecía.
Cifuentes confesó que Casa Aurora había operado durante doce años.
Algunas adopciones fueron legalmente dudosas.
Otras claramente criminales.
Héctor Sanz había falsificado registros médicos.
Eduardo Salcedo aportaba dinero y conexiones.
Beatriz había participado solo en el caso de Clara, según ella.
Cifuentes dijo algo distinto.
—Beatriz enviaba clientes.
Sofía mostró tres correos.
Mujeres jóvenes embarazadas.
Familias ricas.
“Soluciones discretas.”
Isabel sintió horror.
—¿Mi madre ayudó a hacer esto a otras personas?
—Eso parece.
Beatriz negó.
Dijo que solo recomendaba una fundación.
Pero una grabación apareció en el disco.
La voz era suya.
“Si la madre cambia de opinión después del parto, no puede haber una segunda discusión.”
Isabel apagó el audio.
No pudo escuchar más.
El juicio se acercaba.
El abogado de Beatriz decidió cambiar estrategia.
Si no podía negar los documentos, desacreditaría a Rosa.
Presentó informes antiguos sobre su despido.
Adicción.
Robo.
Inestabilidad emocional.
Todo falso.
Pero documentado.
Rosa recibió una carta judicial.
—Van a convertir mi vida en un juicio.
Clara estaba con ella.
—¿Quieres retirarte?
—No.
—¿Tienes miedo?
—Muchísimo.
Clara tomó su mano.
—Entonces iremos contigo.
Rosa comenzó a llorar.
En ese momento llegó Marta.
La madre adoptiva de Clara había permanecido al margen porque temía que su presencia complicara todo.
Pero tenía algo.
—Encontré esto entre nuestros documentos.
Un sobre cerrado.
Lo habían recibido después de la adopción.
Tomás y Marta nunca lo abrieron porque estaba marcado “para Clara cuando cumpla dieciocho”.
Dentro había una carta.
No de Beatriz.
De una mujer llamada Teresa Cifuentes.
Hermana de Álvaro.
Había trabajado en Casa Aurora.
La carta comenzaba:
“Si algún día descubres que Clara no llegó a vuestra familia de la forma que os dijeron, buscad la cuenta 1147.”
Sofía investigó.
La cuenta seguía existiendo.
Bloqueada desde hacía dieciséis años.
Dentro había registros financieros.
Y una grabación de vídeo.
Cuando la reprodujeron, apareció Beatriz.
Dieciocho años más joven.
Sentada frente a Cifuentes.
—Isabel nunca debe saber que la niña sobrevivió.
Cifuentes preguntó:
—¿Y si algún día la encuentra?
Beatriz respondió:
—Entonces me aseguraré de que crea que la abandonó voluntariamente.
Clara miró la pantalla.
Isabel no pudo respirar.
Gabriel tomó su mano.
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La boda no había continuado.
Pero la guerra por la verdad acababa de recibir la prueba que podía terminarla.