Chapter 3 - Clara Moreno

Clara Moreno tenía diecisiete años y odiaba que su padre llegara tarde.
Aquella tarde estaba sentada frente a una cafetería de Valencia con un violín apoyado contra la silla y tres mensajes sin responder.
“Papá, ¿vienes?”
“Empiezo a pensar que me has vendido.”
“Si has olvidado otra vez mi audición, voy a cambiarme de apellido.”
El tercer mensaje era una broma.
Dos horas después dejaría de parecerlo.
Tomás Moreno apareció finalmente.
No sonreía.
—Nos vamos.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué?
—Ahora.
—La audición empieza en veinte minutos.
—No vas.
—Papá.
—Clara, por favor.
Ella reconoció el miedo.
Nunca lo había visto así.
Tomás tomó el violín.
—El coche está detrás.
—¿Dónde está mamá?
—En casa.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Estás mintiendo.
Tomás la miró.
—Por una vez, necesito que hagas lo que te digo sin discutir.
Clara se levantó.
—Eso es exactamente lo que dice alguien justo antes de explicar una cosa terrible.
Condujeron hacia las afueras.
Clara intentó llamar a Marta, su madre.
No respondió.
—¿Dónde estamos yendo?
—A casa de tu tía.
—No tengo ninguna tía.
Tomás cerró los ojos.
—Una amiga.
—Papá.
No obtuvo más.
A trescientos kilómetros, Sofía Leal había encontrado la primera conexión.
Un registro antiguo de Casa Aurora mostraba un pago de Tomás y Marta Moreno diecisiete años antes.
No era ilegal por sí mismo.
La pareja había solicitado una adopción.
La fecha de asignación coincidía con la desaparición de Lucía.
El nombre de la niña entregada era Clara Aurora Moreno.
Sin hospital de nacimiento.
Sin madre biológica identificada.
Gabriel miró la fotografía de Clara en una página del conservatorio.
El mundo desapareció.
Cabello oscuro.
Ojos verdes.
La misma expresión de Isabel cuando estaba concentrada.
Y debajo de la oreja izquierda, apenas visible, un lunar.
Isabel se llevó una mano a la boca.
—Es ella.
Sofía fue prudente.
—Se parece.
—Es mi hija.
—Necesitamos ADN.
Gabriel no discutió.
Pero nadie pudo localizar a los Moreno.
La casa estaba vacía.
Los teléfonos apagados.
Un vecino dijo que Tomás había salido con Clara poco después de recibir una llamada.
—Los avisaron —dijo Gabriel.
Sofía asintió.
—Probablemente.
—¿Mi madre? —preguntó Isabel.
—O Sanz.
Beatriz negaba haber enviado el mensaje.
Su abogado sostenía que se refería a una empleada.
Nadie creyó la explicación.
Esa noche, Rosa recordó algo.
—Cifuentes tenía una casa en Requena.
Sofía buscó.
El abogado poseía una finca a nombre de una sociedad.
Cuando la policía llegó, encontraron la puerta abierta.
Dentro no estaban Clara ni los Moreno.
Pero había evidencia de que alguien había estado allí horas antes.
Cuatro tazas.
Una bolsa del conservatorio.
Y una hoja quemada en la chimenea.
Sofía recuperó un fragmento.
“…Montes…”
Gabriel sintió que explotaba.
—Están intentando esconderla.
Rosa observó el lugar.
—No.
Todos la miraron.
—¿Entonces?
—Tomás está intentando protegerla.
—¿Cómo lo sabe?
—Si Cifuentes quisiera esconder a Clara, no dejaría el violín.
Gabriel miró el estuche.
Rosa continuó.
—Para esa niña es importante. Un hombre que quisiera llevársela contra su voluntad no se preocuparía por traerlo.
Isabel comprendió.
—Tomás recibió una amenaza.
Sofía comenzó a reconstruir llamadas.
El teléfono de Tomás había recibido una desde un número público.
Una cabina cerca del despacho de Cifuentes.
Después llamó a su esposa.
Después recogió a Clara.
No estaba colaborando.
Estaba huyendo.
La pregunta era de quién.
La respuesta llegó de forma inesperada.
A las dos de la mañana, el teléfono de Gabriel sonó.
Número desconocido.
—¿Sí?
Silencio.
Después una voz masculina.
—¿Gabriel Montes?
—Sí.
—Soy Tomás Moreno.
Gabriel se puso de pie.
Isabel despertó.
—¿Dónde está Clara?
—Con nosotros.
—Quiero hablar con ella.
—No.
—Es mi hija.
Tomás guardó silencio.
—Es mi hija también.
Aquella frase detuvo a Gabriel.
No legalmente.
No biológicamente.
Pero diecisiete años de desayunos, fiebre, colegio y cumpleaños estaban dentro de esas cuatro palabras.
Gabriel respiró.
—No quiero quitártela.
—Todo el mundo dice eso antes de intentar hacerlo.
—Tomás…
—Nos dijeron que su madre biológica había muerto.
Gabriel cerró los ojos.
—Nos dijeron que Clara había muerto.
Silencio.
Tomás comenzó a llorar.
—Dios mío.
—No sabíamos nada.
—Nosotros tampoco.
Gabriel se sentó.
—¿Quién te llamó hoy?
Tomás respiró.
—Un hombre.
—¿Nombre?
—Dijo que trabajaba para la familia Navarro.
Isabel se acercó al teléfono.
—Soy Isabel.
Tomás se quedó callado.
—Por favor.
—Dijo que una mujer inestable había inventado una historia y que los medios iban a venir. Nos aconsejó irnos.
—¿Adónde?
—A la finca de Cifuentes.
Gabriel miró a Sofía.
—¿Y por qué os marchasteis?
—Porque cuando llegamos, Cifuentes nos dijo que debíamos firmar nuevos documentos.
—¿Qué documentos?
—Declaraciones afirmando que nunca conocimos Casa Aurora.
Sofía se puso de pie.
—¿Dónde está Cifuentes?
Tomás bajó la voz.
—Aquí.
Gabriel sintió frío.
—¿Qué?
—Nos siguió.
Se escuchó un golpe al otro lado.
Una voz femenina gritó.
Clara.
—¡Papá!
La llamada terminó.
Sofía pidió rastreo inmediato.
Gabriel miró la pantalla apagada.
May you like
Había encontrado a su hija.
Y segundos después alguien acababa de encontrarla también.