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Capítulo 2 - El niño que oficialmente no existíaRichard llegó al hospital cuarenta minutos después.

Vestía un traje oscuro y llevaba sobre el cabello algunas gotas de lluvia. Para cualquier persona que lo observara desde fuera, parecía un padre desesperado que había conducido demasiado rápido después de recibir una noticia imposible.

Abrazó a Claire.

—¿Dónde está?

Ella señaló la habitación.

Richard miró a través del cristal.

Eli continuaba dormido.

Su expresión cambió apenas.

Claire esperaba lágrimas, incredulidad o alguna reacción física. Richard siempre había sido más reservado que ella, pero Julian era también su hijo.

Sin embargo, lo primero que hizo fue observar el pasillo.

—¿Quién más sabe?

—La doctora Foster. Emma. Los paramédicos.

—¿La prensa?

—Por supuesto que no.

—Debemos mantenerlo así.

Claire se separó.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

Richard volvió a mirar al niño.

—Se parece a Julian.

—Conoce la canción.

—Pudo escucharla en alguna parte.

—Nunca la canté públicamente.

—Quizá la niñera lo hacía.

—Rachel no la conocía.

Richard respiró.

—Claire, llevamos ocho años viendo señales donde no existían.

—Nunca vimos a un niño con su colgante.

—Las joyas pueden copiarse.

—¿Por qué alguien copiaría una joya privada?

—No lo sé. Tal vez sea una estafa.

Claire lo miró con incredulidad.

—Tiene once años y vive en la calle.

—Los adultos utilizan niños para acercarse a familias ricas.

—Está enfermo.

—Eso no significa que quienes lo rodean sean inocentes.

Richard hablaba con lógica.

Cada argumento podía parecer razonable por separado.

Pero Claire conocía la diferencia entre prudencia y frialdad.

—Quiero una prueba de ADN.

—De acuerdo.

La rapidez de la respuesta la sorprendió.

Richard llamó al director del hospital y pidió que el laboratorio realizara el análisis de manera confidencial. Insistió en que ninguna muestra abandonara el edificio.

—¿Por qué no usar un laboratorio independiente? —preguntó Claire.

—Porque los medios pagarían por la información.

—Lena puede supervisarlo.

—Por supuesto.

Richard entró en la habitación.

Eli despertó cuando él se acercó.

El niño miró primero el rostro y después las manos de Richard.

Sus ojos se detuvieron en un anillo de plata con un águila grabada.

El sello familiar Whitmore.

Eli dejó de respirar.

—No —susurró.

Richard se detuvo.

—¿Qué ocurre?

Eli se arrastró hacia atrás hasta golpear la cabecera.

—Sácalo.

Claire entró.

—¿A quién?

El niño señaló el anillo.

—Él.

Richard levantó la mano.

—¿Reconoces esto?

Eli comenzó a temblar.

—El hombre del automóvil tenía uno.

—¿Qué automóvil?

—Rojo.

Richard se quitó el anillo.

—Muchas personas usan joyas parecidas.

Claire tomó la mano de Eli.

—Estás seguro.

—No vi su cara.

—¿Qué recuerdas?

—Una voz. El olor.

—¿A qué olía?

Eli miró a Richard.

—A madera quemada y algo dulce.

Richard utilizaba desde hacía años una colonia con cedro y vainilla.

Claire lo sabía.

También sabía que aquello no demostraba nada.

—Está confundido —dijo Richard—. Tiene fiebre y trauma.

Eli cerró los ojos.

—No dejes que me lleve.

Claire se colocó entre ambos.

—No irás a ninguna parte.

Richard la miró.

—Necesitamos hablar afuera.

En el pasillo, bajó la voz.

—No puedes hacerle promesas.

—Está aterrorizado.

—Precisamente. Puedes introducir recuerdos falsos.

—No mencioné el automóvil ni el anillo.

—Él pudo verme en fotografías.

—Dice que no sabe quiénes somos.

—Dice muchas cosas contradictorias.

Claire sintió una rabia fría.

—¿Por qué pareces intentar demostrar que no es Julian?

—Intento protegernos.

—¿De qué?

—De pasar otra vez por su muerte.

La respuesta golpeó donde Richard sabía que dolería.

Claire recordó el pequeño ataúd vacío, los años de llamadas falsas y las personas que aseguraban haber visto a Julian en estaciones, parques y aeropuertos.

Richard había estado junto a ella durante todo aquello.

La había sostenido cuando dejó de dormir.

Había creado la Fundación Julian.

Después insistió en que debían continuar viviendo.

Claire quiso creer que su frialdad era miedo.

La doctora Foster tomó muestras de sangre de Eli y Claire. Richard entregó también una muestra para confirmar la relación completa.

Los resultados estarían disponibles al día siguiente.

Servicios sociales envió a una representante llamada Karen Holt.

Era una mujer de cincuenta años, cabello corto y una carpeta demasiado ordenada.

—El menor aparece en nuestro sistema como Elias Carter —informó—. Escapó de tres hogares temporales.

—¿Dónde están sus padres? —preguntó Claire.

—No existen registros verificables.

—¿Desde cuándo está en el sistema?

—Aproximadamente siete años.

Claire levantó la mirada.

—Julian desapareció hace ocho.

Karen cerró la carpeta.

—Señora Whitmore, encontrar parecidos no convierte a un menor vulnerable en su hijo.

—Esperaremos la prueba.

—Mientras tanto, debemos trasladarlo a un centro autorizado.

—Está hospitalizado.

—Cuando reciba el alta.

Eli escuchaba desde la cama.

—No voy con ella.

Karen se acercó.

—Elias, sabes que escapar empeora tu situación.

—Mi nombre no es Elias.

—Es el nombre de tu expediente.

—Entonces el expediente miente.

Claire observó a la mujer.

—¿Por qué huyó de los hogares?

Karen respondió:

—Problemas de conducta, robo y violencia.

Eli apretó los puños.

—Me encerraban.

—Porque representabas un riesgo para otros niños.

—El señor Price entraba por la noche.

Karen palideció durante un segundo.

—No existe ninguna denuncia confirmada.

—Porque usted rompió la carta.

Claire se puso de pie.

—¿Qué carta?

—Es fantasía —dijo Karen.

Eli levantó la manga.

Había cicatrices pequeñas en su brazo.

—Me quemaba cuando decía que tenía una madre.

Karen cerró la carpeta.

—No podemos discutir acusaciones sin pruebas.

Richard intervino:

—Claire, deja que los profesionales trabajen.

Ella se volvió hacia él.

—¿Estás defendiendo a esta mujer?

—Estoy diciendo que no conocemos la historia completa.

—Él acaba de mostrarnos heridas.

—Y serán investigadas.

Karen anunció que regresaría por la mañana.

Antes de marcharse, miró a Richard.

Fue una mirada rápida.

Demasiado rápida para parecer una conversación.

Pero lo suficiente para que Claire sintiera una incomodidad nueva.

Aquella noche, Emma despertó y pidió ver a Eli.

Claire permitió que entrara unos minutos.

La niña llevaba un conejo de peluche azul.

—Puedes quedártelo —dijo.

—No quiero cosas de niñas.

—Tiene un micrófono.

—¿Para qué?

—Si me pierdo, mamá puede escucharme.

Eli observó el juguete.

—Entonces tu mamá siempre sabe dónde estás.

—Casi siempre.

La respuesta hizo sonreír al niño por primera vez.

Emma se sentó junto a él.

—Te llamaré Julian.

—No me llamo así.

—Todavía.

—Eso no tiene sentido.

—Mamá dice que algunas verdades tardan en llegar.

Claire escuchó desde la puerta.

Richard permanecía más lejos, hablando por teléfono.

Cuando terminó, se acercó.

—El consejo de la fundación se reunirá mañana.

—¿Por qué?

—Si este niño resulta ser Julian, habrá consecuencias legales sobre el fideicomiso.

Claire lo miró.

El testamento de su padre había colocado el treinta y cinco por ciento de Bennett Medical Group dentro de un fideicomiso para Julian. Cuando el niño fue declarado muerto, el control temporal pasó a Richard como esposo de Claire y presidente ejecutivo.

Si Julian estaba vivo, Richard perdería el bloque de acciones que le permitía dominar el consejo.

—Nuestro hijo puede estar vivo y estás pensando en las acciones.

—Estoy pensando en todo lo que cambiará.

—El consejo puede esperar.

—Los mercados no.

Claire sintió que comenzaba a ver una parte de su marido que siempre había confundido con responsabilidad.

Esa madrugada, Eli tuvo una pesadilla.

Gritaba que no quería entrar en el automóvil rojo.

Claire lo despertó.

—Estás seguro.

Él la miró.

—¿Tú tenías un automóvil rojo?

—No.

—El hombre dijo que me llevaría contigo.

—¿Recuerdas su voz?

—A veces.

—¿Qué decía?

Eli respiró con dificultad.

—Decía que debía dejar de llorar porque tú ya tenías otro bebé.

Claire sintió un escalofrío.

Emma nació tres años después de la desaparición.

—No estaba embarazada cuando desapareciste.

—Entonces quizá no era yo.

Claire tomó su mano.

—O quizá alguien continuó hablando de mí durante años.

A la mañana siguiente, Lena entró con los resultados.

Richard llegó casi al mismo tiempo.

La doctora sostuvo una carpeta.

Su rostro no mostraba alegría.

—El análisis no establece relación biológica —dijo.

Claire sintió que las paredes se alejaban.

—¿Qué probabilidad?

—Prácticamente cero.

Richard cerró los ojos y colocó una mano sobre su hombro.

—Lo siento.

Claire miró a Eli.

El niño había escuchado.

Su rostro se cerró.

—Te dije que no era tu hijo.

Karen Holt apareció en la puerta con dos funcionarios.

—Entonces procederemos con el traslado.

Emma comenzó a llorar.

—¡No!

Eli devolvió el conejo azul.

—No quiero que me sigan.

Claire no podía moverse.

Durante ocho años había imaginado el momento en que una prueba confirmaría que Julian seguía vivo.

Nunca imaginó sentir que el resultado era una mentira.

Cuando los funcionarios sacaron al niño, Lena se acercó y habló junto a su oído.

—No reacciones.

Claire la miró.

La doctora continuó sin mover apenas los labios:

—La muestra que recibí del laboratorio no era la que tomé de Eli.

Claire sintió que el dolor se transformaba en algo distinto.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Quién la cambió?

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Lena miró hacia Richard.

—La orden de acceso al laboratorio fue autorizada desde la cuenta de tu esposo.

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