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Chapter 2 - Lo que Ximena intentó robar

Mateo tardó casi un minuto en comenzar.

Yo estaba sentada al borde de la cama, todavía con restos de tierra en el cabello. Él caminaba frente a la ventana, incapaz de mirarme.

—Hace tres meses fui a casa de tu mamá a dejar las invitaciones.

Recordaba esa noche. Yo había hecho una guardia doble en la clínica.

—Tu madre no estaba. Ximena sí.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Qué pasó?

Mateo cerró los ojos.

—Intentó besarme.

El mundo pareció detenerse.

Me explicó todo. Ximena le había ofrecido whisky. Había hablado mal de mí, diciendo que yo era aburrida, demasiado sencilla, una enfermera que siempre olería a hospital. Después se acercó, abrió parcialmente su blusa y le dijo que él merecía “probar a una mujer de verdad” antes de casarse conmigo.

—La aparté y me fui —dijo Mateo—. Le dije que si volvía a acercarse, te lo contaría todo.

—¿Y por qué no me lo contaste entonces?

Esa pregunta le dolió.

—Porque faltaban semanas para la boda. Tú estabas feliz. Pensé que si la asustaba bastaría.

Me cubrí la boca.

Entonces entendí el empujón.

No había sido solo celos.

Había sido venganza.

Ximena no soportaba que Mateo hubiera elegido a su hermana “insignificante”.

—No es tu culpa —le dije.

—Debí advertirte.

—Y yo debí dejar de justificarla hace años.

Aquella noche no dormimos.

A las siete de la mañana mi teléfono comenzó a vibrar.

Un video de la boda circulaba en redes.

El empujón había sido grabado con claridad, pero Ximena había publicado primero su propia versión.

“Mi hermana perdió la razón por culpa de un hombre violento. Mi madre fue expulsada de la boda mientras lloraba. Oremos por Valeria.”

La publicación ya tenía cientos de comentarios.

Carmen había compartido una fotografía abrazando a Ximena.

“Una madre también puede perder a una hija que sigue viva.”

Sentí náuseas.

Mateo tomó mi teléfono.

—No respondas.

—Todo mi barrio está leyendo esto.

—La verdad también existe aunque tarde más.

A media mañana llegó Don Arturo.

Traía café y una expresión grave.

—Hay más.

Nos explicó que un muchacho de la banda, conocido como El Gato, había escuchado a Carmen y Ximena discutir detrás de la cocina antes del empujón.

No hablaban de mí.

Hablaban de dinero.

Mi madre debía una cantidad enorme a prestamistas ligados al mercado mayorista.

Había usado como garantía la casa que pertenecía parcialmente a mí por herencia de mi padre.

—Eso no puede hacerlo —dije—. Mi firma era necesaria.

Don Arturo me entregó una copia de un documento.

Mi nombre aparecía al final.

Mi firma también.

Pero yo nunca había firmado aquello.

—Es falsa —susurré.

Mateo apretó la mandíbula.

—Entonces ya no hablamos solo de una familia tóxica.

Don Arturo asintió.

—Hablamos de fraude.

El préstamo ascendía a casi dos millones de pesos.

La mayor parte del dinero había ido a una “inversión” promovida por Ximena: una empresa llamada Horizonte Dorado, que prometía ganancias absurdas mediante compra y reventa de propiedades.

La empresa había desaparecido dos meses antes.

—¿Y el resto? —pregunté.

Don Arturo evitó mi mirada.

—Coche de Ximena. Ropa. Viajes. Deudas de tarjetas.

Sentí que algo se vaciaba dentro de mí.

Mi padre había trabajado treinta años para comprar esa casa.

Mi madre la había usado para financiar la imagen de lujo de Ximena.

Y ahora querían que Mateo salvara la deuda.

—El Gato escuchó otra cosa —continuó Don Arturo—. Tu madre decía que si conseguían que Mateo se sintiera culpable por algo relacionado con Ximena, quizá tú podrías convencerlo de sacar dinero usando el taller como respaldo.

Miré a Mateo.

Su rostro se endureció.

El intento de seducción no había sido solamente deseo.

También había sido una estrategia.

A mediodía fuimos a casa de Carmen.

Ximena abrió la puerta con gafas oscuras.

—Lárgate.

La empujé suavemente a un lado y entré.

Mi madre estaba en el sofá, rodeada de pañuelos.

—¿Vienes a seguir humillándome?

—Vengo por las escrituras.

Su expresión cambió.

—¿Qué escrituras?

—Las que falsificaste usando mi firma.

Ximena dejó de sonreír.

Carmen intentó negar todo.

Entonces coloqué la copia del préstamo sobre la mesa.

—Mañana voy con un notario.

Mi madre palideció.

—No entiendes.

—Explícame.

—La inversión iba a funcionar.

—¿Y mi firma?

Silencio.

Ximena intervino.

—¡Siempre dramatizas! ¡La casa también es de mamá!

—La mitad no.

—Tú ni siquiera vives aquí.

—Eso no te permite hipotecarla.

Ximena se acercó hasta quedar frente a mí.

—Mateo te va a dejar cuando se canse de jugar al héroe.

La miré.

—¿Eso te dijo cuando intentaste acostarte con él?

Mi madre levantó la cabeza de golpe.

Ximena se quedó blanca.

Carmen me miró.

—¿De qué estás hablando?

Por primera vez comprendí que mi madre no conocía toda la historia.

Ximena había mentido incluso a la mujer que siempre la había protegido.

Antes de que nadie pudiera responder, sonó el teléfono de la casa.

Carmen contestó.

Su rostro se transformó.

—No… por favor… tendremos el dinero.

Colgó temblando.

—¿Quién era? —pregunté.

Mi madre comenzó a llorar de verdad.

—Los hombres del préstamo.

Ximena dio un paso atrás.

—¿Qué dijeron?

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Carmen la miró.

—Que vienen hoy.

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