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CAPÍTULO 3

El aullido de las sirenas se hizo ensordecedor, rebotando en las paredes de las casas de interés social y en los muros del colegio. El azul y rojo de las torretas empezó a destellar contra los vidrios de los autos estacionados, creando una atmósfera de pesadilla.

Al escuchar el sonido, la cara de Roberto se transformó. El terror absoluto que le tenía a mi padre se convirtió, en un segundo, en una esperanza retorcida y frenética. Una sonrisa desencajada, casi maníaca, apareció en su rostro manchado de lágrimas.

—¡Es él! —gritó Roberto, golpeando el vidrio desde adentro con los puños—. ¡Es Beto! ¡Ya llegaron por ustedes, par de muertos de hambre! ¡Te dije que no sabías con quién te metías, viejo estúpido! ¡Los van a refundir en la cárcel!

Se aferró a la manija de la puerta, tratando de abrirla ahora con una confianza renovada. Me miró a través del cristal con un odio que me heló la sangre.

—A ti te voy a quitar a los niños, Valeria. Voy a declarar que estás loca, que te autolesionaste para culparme. Y a tu padre… a ese me voy a encargar de que lo entierren de verdad esta vez. ¡Beto! ¡Beto, aquí estoy! —empezó a gritar como un loco, bajando la ventanilla apenas unos centímetros.

Yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Si era Beto, estábamos perdidos. Conocía el alcance de su crueldad. Sabía que las patrullas municipales no venían a poner orden, venían a ejecutar las órdenes de la familia. Miré a mi padre con angustia, esperando ver un rastro de duda en su rostro.

Pero Don Arturo no se movió. Ni siquiera parpadeó ante el ruido de las patrullas que se frenaban de golpe detrás de nosotros, bloqueando la calle por el otro extremo. Mi padre metió la mano en el bolsillo de su chamarra de cuero, sacó un cigarro sin encender y se lo puso en los labios, manteniendo la vista fija en el horizonte, donde las luces de emergencia cegaban a cualquiera.

—Tranquila, mija —me dijo en un susurro que solo yo pude escuchar, mientras su mano seguía firme sobre mi hombro—. El mal que se hace en esta vida, siempre regresa. Y hoy, el viento sopla a nuestro favor.

Tres camionetas de la Policía Estatal, no municipales, se detuvieron en seco. De ellas bajaron hombres con uniformes tácticos, chalecos antibalas y armas largas. No eran los policías gordos y descuidados que solían beber café con Beto en la esquina. Estos hombres tenían rostros de piedra y movimientos coordinados.

Roberto, ajeno a la diferencia de uniformes en su desesperación, abrió la puerta de nuestro auto y bajó casi tropezando.

—¡Oficial! ¡Aquí! —gritó Roberto, corriendo hacia el primer policía que vio—. ¡Este hombre está armado! ¡Me secuestró! ¡Golpeó a mi esposa! ¡Es un delincuente que regresó de la muerte! ¡Arréstenlo ya!

El oficial, un hombre joven de mirada afilada, ni siquiera lo miró. Caminó directo hacia donde estábamos mi padre y yo. Roberto se quedó a mitad del camino, con los brazos extendidos, confundido, viendo cómo el oficial pasaba de largo frente a él.

El policía se detuvo frente a mi padre y se cuadró.

—Don Arturo —dijo el oficial con voz firme—. El Comandante Trejo envía sus saludos. La zona está asegurada.

Roberto se quedó petrificado. Sus brazos cayeron lentamente a los costados. El color volvió a abandonar su rostro, esta vez dejando una palidez grisácea, casi ceniza.

—¿Trejo? —susurró Roberto, y su voz sonó como un cristal rompiéndose—. Pero… ¿y mi hermano? ¿Dónde está Beto?

Mi padre escupió el cigarro al suelo y dio un paso hacia Roberto. La multitud de madres de familia, que ahora sumaba más de cincuenta personas, guardaba un silencio sepulcral. Todos querían escuchar la caída del tirano.

—Tu hermano está en la capital, Roberto —dijo mi padre con una frialdad que cortaba el aire—. En una oficina de asuntos internos que no conocía. Resulta que las grabaciones de las cámaras de seguridad que él creía haber borrado hace diez años, tenían una copia de respaldo en una caja fuerte que él olvidó que existía. La caja fuerte que estaba en mi oficina el día que me “accidenté”.

Me quedé sin aliento. Recordé la oficina de mi padre. Roberto la había remodelado por completo apenas dos semanas después de la desaparición, convirtiéndola en su “cuarto de juegos” con bar y televisión gigante. Siempre pensé que lo había hecho por arrogancia, para borrar el rastro de mi padre. Nunca imaginé que había buscado algo que no encontró.

—Ustedes pensaron que yo era un viejo tonto del campo —continuó mi padre, rodeando a Roberto como un cazador rodea a una presa herida—. Pero yo sabía que Beto te estaba lavando el cerebro. Sabía que querían la constructora. Por eso instalé un sistema de circuito cerrado oculto que enviaba todo a un servidor remoto fuera de la ciudad. Durante diez años, mientras yo estaba encerrado en esa pocilga en Michoacán, la evidencia de cómo planearon mi muerte estuvo guardada, esperando a que alguien fuera por ella.

—¡Eso es mentira! —chilló Roberto, intentando retroceder, pero dos policías estatales le cerraron el paso por detrás—. ¡Usted no tiene nada! ¡Beto me protegerá!

—Beto no puede protegerse ni a sí mismo —intervino el oficial joven—. El Comandante Alberto “Beto” fue detenido hace dos horas por delincuencia organizada, desaparición forzada y obstrucción de la justicia. Y tú, Roberto, tienes una orden de aprehensión inmediata por los mismos cargos, además de intento de homicidio y violencia doméstica reiterada.

Las esposas tintinearon al salir del cinturón del oficial. El sonido, metálico y definitivo, pareció despertar a Roberto de su delirio.

—¡No! ¡Valeria, diles algo! —se giró hacia mí, cayendo de rodillas en el asfalto—. ¡Diles que es mentira! ¡Hazlo por tus hijos! ¡Si voy a la cárcel, quién les va a dar de comer! ¡Quién va a pagar la escuela! ¡Valeria, perdóname, estaba fuera de mí! ¡Fue el estrés del trabajo!

Me acerqué a él. Sentía el dolor en mi cara, el latido de la sangre en mi nariz rota, pero mi espíritu se sentía más ligero que nunca. Me agaché un poco para quedar a su altura. Doña Carmen y las otras mujeres se acercaron, formando un círculo de protección a mi alrededor.

—Mis hijos van a comer del fruto de mi trabajo y del honor de su abuelo, Roberto —le dije, con una calma que me sorprendió a mí misma—. Y la escuela… prefiero que estudien en la calle a que aprendan de un monstruo como tú. Ya no tienes nada sobre nosotros. Se acabó el miedo. Se acabó el silencio.

—¡Perra! ¡Maldita perra desagradecida! —rugió Roberto, intentando lanzarse contra mí con las manos como garras.

Pero antes de que pudiera tocarme, el oficial lo tacleó contra el pavimento. La cara de Roberto quedó aplastada contra el mismo asfalto caliente donde hace un momento él me había humillado. Los policías le doblaron los brazos hacia atrás y el “clic” de las esposas cerrándose fue la música más hermosa que escuché en toda mi vida.

La multitud estalló. No hubo aplausos, hubo algo más profundo: un murmullo de indignación liberada. Algunas madres empezaron a gritarle “¡Cobarde!”, “¡Maldito!”, mientras los policías lo arrastraban hacia la patrulla.

—¡Llévenselo! —gritó Doña Carmen, lanzándole una de las toallitas húmedas manchadas con mi sangre—. ¡Que pague por cada golpe!

Mientras subían a Roberto a la unidad, mi padre se acercó a mí. Me tomó las manos y me miró a los ojos. Vi que sus propios ojos estaban húmedos.

—Hija… perdóname —me dijo con la voz quebrada—. Perdóname por haber tardado tanto en regresar. Cada noche en ese hoyo, lo único que me mantenía vivo era pensar que tenía que volver para sacarte de las manos de ese animal. No sabía que tenías hijos… no sabía cuánto habías sufrido.

—Estás aquí ahora, papá —le contesté, abrazándolo con todas mis fuerzas, sin importarme el dolor físico—. Eso es lo único que importa.

Pero la calma duró poco.

De pronto, uno de los hombres que estaba en la camioneta Lobo negra de mi padre bajó corriendo. Tenía un radio en la mano y el rostro desencajado. Se acercó a mi padre y le susurró algo al oído.

La expresión de mi padre cambió de la ternura al pánico absoluto. Giró la cabeza hacia donde estaban mis hijos, en la acera, bajo el resguardo de las otras madres.

—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un nuevo frío recorrer mi espalda.

—El segundo coche —dijo mi padre, con la voz llena de terror—. Roberto no vino solo.

Giré la cabeza hacia la acera. Vi a Leo. Vi a las señoras. Pero Mía no estaba.

En la confusión de la llegada de las patrullas y la detención de Roberto, alguien se había aprovechado del caos. Un sedán gris con vidrios oscuros, que nadie había notado, arrancó a toda velocidad desde una calle lateral, subiéndose a la banqueta y llevándose por delante un puesto de dulces.

—¡Mía! —grité con un alarido que me desgarró la garganta.

—¡Se llevaron a la niña! —gritó Susana, señalando el auto que se alejaba—. ¡Un hombre bajó del carro gris y la subió a la fuerza!

Mi padre no perdió un segundo. Corrió hacia su camioneta Lobo mientras le gritaba órdenes a sus hombres.

—¡Es la gente de Beto! —rugió mi padre—. ¡Es su última carta! ¡Quieren usar a la niña para negociar su salida!

El mundo volvió a volverse borroso. La victoria que sentíamos hace un momento se convirtió en cenizas. Los policías estatales subieron a sus unidades y activaron las sirenas nuevamente, pero el sedán gris ya les llevaba cuadras de ventaja, perdiéndose en el laberinto de callejones del barrio bajo.

Me subí a la camioneta de mi padre antes de que arrancara.

—¡Bájate, Valeria! ¡Es peligroso! —me gritó él mientras metía la primera velocidad.

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—¡Es mi hija, papá! —le respondí, con los ojos inyectados en sangre y una determinación que nunca supe que poseía—. ¡Si ellos quieren guerra, les voy a dar el infierno!

La camioneta negra rugió y salió disparada tras el rastro de los secuestradores, dejando atrás una nube de humo y el eco de los gritos de una madre que ya no tenía nada que perder.

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