Chapter 6 - La esposa del heredero

Serena Ferrer pidió hablar con Elena tres días después del funeral.
No llamó.
No escribió.
Esperó en el aparcamiento subterráneo de Orbis Global Advisory, sentada dentro de un coche que Elena no reconoció.
Cuando Elena salió del ascensor, Serena bajó la ventanilla.
—Sube.
Elena se detuvo.
—No.
—Por favor.
—Si quieres hablar, aquí.
Serena miró alrededor.
—No sé quién me está siguiendo.
Aquello cambió el tono.
Elena subió al asiento del copiloto, pero dejó la puerta sin cerrar del todo.
Serena llevaba gafas oscuras aunque estaban bajo tierra.
—Julián cree que voy a declarar contra él.
—¿Vas a hacerlo?
—No lo sé.
—Entonces no puedo ayudarte.
Serena se quitó las gafas.
Tenía los ojos hinchados.
—No sabía lo de tu padre al principio.
Elena la observó sin responder.
—Sabía que Julián estaba usando dinero familiar —continuó Serena—, pero él dijo que Ernesto había autorizado inversiones para salvar la empresa.
—¿Y después?
Serena bajó la mirada.
—Después empecé a sospechar.
—¿Cuándo?
—Cuando me pidió que firmara como administradora de una sociedad que nunca había oído nombrar.
Elena sintió un pequeño cambio en el pecho.
—¿Cuál?
—Orion Meridian.
Elena la miró directamente.
—La sociedad está a nombre de un antiguo compañero suyo.
—En los registros públicos, sí.
Serena abrió el bolso y sacó una memoria USB.
—Pero yo aparezco en documentos privados.
Elena no la tomó.
—¿Por qué me lo das ahora?
Serena soltó una risa amarga.
—Porque ayer Julián me dijo que, si la policía preguntaba, todo había sido idea mía.
Elena permaneció inmóvil.
—¿Y te sorprende?
—No debería.
Serena apoyó la cabeza contra el asiento.
—Supongo que durante años pensé que, mientras él mintiera por nosotros, no importaba que también me mintiera a mí.
Elena por fin tomó la memoria.
—Esto no borra lo que hiciste.
—Lo sé.
—Escuché la grabación. Sabías que Julián quería vender la casa del lago.
—Sí.
—Sabías que esperaba que papá muriera.
Serena cerró los ojos.
—Sí.
—Y llevabas joyas compradas con dinero que no era vuestro.
Serena tragó saliva.
—Sí.
Elena dejó que el silencio pesara.
No quería convertir a Serena en víctima solo porque ahora tenía miedo.
Pero tampoco podía ignorar información útil.
—¿Qué hay en el USB?
—Correos. Contratos. Capturas de pantalla. Un audio.
—¿De quién?
—De Julián y Raimundo.
Elena sintió frío.
—¿Mi tío?
Serena asintió.
—Hablan de una empleada del banco.
Elena encendió su portátil en el coche.
Abrió el audio.
La voz de Julián apareció primero.
—Isabel necesita entender que no puede cambiar de opinión ahora.
Después Raimundo.
—Déjamela a mí. Su hermano sigue trabajando en el ayuntamiento, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces encontrará una razón para cooperar.
Elena pausó.
—¿Quién es Isabel?
—No lo sé —dijo Serena—. Julián nunca me lo explicó.
Elena recordó los registros del banco.
Una empleada junior había aprobado varios cambios de contacto.
Isabel Roldán.
—¿Cuándo grabaste esto?
—Hace dos meses.
—¿Por qué?
Serena miró sus manos.
—Porque empecé a tener miedo.
Elena la estudió.
—¿De Julián?
—De lo que haría si su negocio se hundía.
—Nunca te pegó.
Serena negó.
—No. Pero no hace falta que alguien te pegue para que entiendas que puede destruirte.
Elena pensó en el funeral.
En el puño.
En la facilidad con la que Julián había agarrado la muñeca de Serena delante de todos.
—¿Te amenazó?
—Me dijo que, si lo abandonaba, demostraría que yo había organizado las sociedades. Algunas llevan mi firma.
—¿Son auténticas?
—Algunas sí.
—Entonces tienes un problema.
—Lo sé.
—Y si algunas no lo son, necesitamos peritarlas.
Serena la miró.
—¿Me ayudarás?
Elena cerró el portátil.
—Ayudaré a descubrir la verdad.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Y si la verdad me incrimina?
—Entonces tendrás que responder por lo que hiciste.
Serena soltó el aire.
—Entiendo por qué tu padre confió en ti.
Elena no respondió.
Aquella misma tarde entregó la memoria a Clara Montalbán y a Samuel. La policía solicitó una orden para revisar los dispositivos de Serena y verificar la cadena de custodia.
Los correos eran peores de lo esperado.
Julián había utilizado a Serena como administradora nominal en dos sociedades. En algunos mensajes ella preguntaba por los movimientos. En otros aceptaba gastos personales sin cuestionarlos.
No era inocente.
Pero tampoco parecía ser la arquitecta.
Un correo llamó la atención de Elena.
De Julián a Serena:
“Raimundo ya habló con I.R. El cambio de teléfono entra mañana. Papá no verá las alertas”.
I.R.
Isabel Roldán.
Clara pidió citarla.
El banco informó de que Isabel había pedido una baja médica y llevaba dos semanas sin acudir.
Su domicilio estaba vacío.
Elena sintió una alarma conocida.
—Puede haber huido.
Clara negó.
—O alguien la convenció de desaparecer.
Serena, que había aceptado declarar formalmente, añadió una información más.
—Julián mencionó una casa en Toledo.
—¿De quién?
—De Raimundo.
Elena miró a Clara.
La investigación acababa de dejar de ser únicamente sobre un hijo que robaba a su padre.
Había otra persona detrás.
Una persona que llevaba meses diciendo a la familia que Elena manipulaba a Ernesto.
Esa misma noche, Elena recibió un mensaje desde un número desconocido.
“No confíes en Serena. Ella sabe más de lo que dice”.
No había firma.
Cinco minutos después llegó otro.
“Y tampoco confíes en tu tío”.
Elena llamó a Clara.
—Acabo de recibir dos mensajes.
—Envíamelos.
—¿Crees que es Isabel?
—No lo sé.
Elena miró por la ventana de su apartamento.
En la calle había un coche oscuro detenido con las luces apagadas.
—Clara.
—¿Sí?
—Creo que alguien me está observando.
El coche arrancó antes de que pudiera leer la matrícula.
Por primera vez desde el funeral, Elena comprendió que la investigación no solo estaba mirando hacia atrás.
Alguien seguía moviéndose en el presente.
Y quizá el golpe de Julián había sido únicamente la parte más visible de un plan mucho más grande.
Antes de marcharse del aparcamiento, Serena bajó de nuevo la ventanilla.
—Hay otra cosa —dijo.
Elena se detuvo.
—Julián guardaba una carpeta roja que nunca me dejaba tocar. La llevaba a las reuniones con Raimundo y luego desapareció. Después del funeral preguntó tres veces si la policía había registrado la casa del lago.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Serena sostuvo su mirada.
—Porque todavía estaba decidiendo si prefería perder mi vida cómoda o seguir protegiendo a un hombre que ya había decidido sacrificarme.
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Elena cerró la puerta del coche.
—Decídelo rápido. La verdad no espera a que uno se sienta preparado.